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Bertonatti: «Buenos Aires arrasó con la diversidad de su flora y fauna»

Claudio Bertonatti, experto en conservación de especies, sostiene que la pérdida de contacto con la naturaleza impide entender la identidad de un lugar.

Por Juan Manuel Bordon
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bertonatti claudio bertonatti

Bajo el concreto, los bocinazos y edificios que son el marco actual de la Ciudad de Buenos Aires, quedó sepultado algo que hoy suena a escenario mítico. El territorio donde está la ciudad más grande de la Argentina alguna vez fue un mar de pastos verdes, manchado por lagunas y bañados, con arroyos donde abrevaban pumas o venados de las pampas y pequeños bosques de talares. “Hoy eso parece ciencia ficción; un chico que nació en la ciudad no tiene recursos para ver cómo era antes ni se le ocurre que esto era un escenario natural. Para ese chico el ambiente es esto y siempre fue así; Pedro de Mendoza llegó al puerto y se encontró con la 9 de Julio y el Obelisco”, bromea Claudio Bertonatti, uno de los naturalistas y expertos en conservación más importantes del país, al que se le dibuja una enorme sonrisa cuando describe aquella ciudad primitiva.

A los 51 años, Bertonatti puede presumir de haber pasado por la dirección de instituciones como la Reserva Ecológica y el zoológico porteño, sus experiencias breves y agridulces en la gestión pública. También se ha ganado fama como uno de los principales divulgadores sobre ecología y naturaleza del país, con un enfoque que plantea la pérdida de contacto con la flora y la fauna como un problema cultural que impide entender la historia, la música y hasta la personalidad de un país. Por último, Bertonatti ha sido lo que él denomina “un trabajador de las grietas del sistema”, promoviendo campañas de lo más variadas: desde un proyecto para que una orquídea hallada entre los escombros del Parque Roca se convierta en la flor oficial de la Ciudad a un plan para que los vecinos vuelvan a sembrar plantas autóctonas en sus jardines, patios y balcones.

¿Cuáles son los riesgos de perder contacto con la naturaleza?
Bueno, yo creo que la pérdida de ese contacto directo es una de las grandes causas de los problemas ambientales. Una ciudad como ésta, donde se ha arrasado con sus ambientes naturales, es un artificio que, por una mezcla de ingenuidad y arrogancia, genera la idea de que somos autosuficientes. Pero lo cierto es que nuestras necesidades son similares a las de los primeros humanos que pisaron esta tierra: para tener esta medialuna que me estoy comiendo, necesito suelos fértiles, agua. En la ciudad a veces nos olvidamos de eso y pensamos que el agua es algo que viene de la canilla o del supermercado y esa disociación la pagamos cara. La verdad es que la naturaleza nos vive subvencionando. Todos los alimentos, incluso la producción de oxígeno, en una gran ciudad viene de lo que un economista llamaría las “externalidades”. Ahí hay un gran desafío que es comprender que la conservación de la naturaleza esta íntimamente ligada a nuestra vida y también a la calidad de vida.

¿Dónde persisten las huellas de esa flora y fauna autóctonas?
Los paisajes que ocupaban lo que hoy es la ciudad eran bien distintos: muchos pastizales con lagunas, pero también, en zonas altas como Parque Lezama o las Barrancas de Belgrano, pequeños bosques de talares que para mí son uno de los paisajes más amenazados de la Argentina. En los márgenes del río estaba el ambiente más diverso, similar al que hoy vemos en Tigre. Esa diversidad la ciudad la arrasó, pero se ven huellas. En Parque Lezama cada tanto sale un tala o alguna palmera pingó. En Costanera Norte, por Ciudad Universitaria, se ve algo. Otro sector que estoy alentando a que protejan es el lago Lugano, ahí en Parque Roca. Parece que hubieran tirado diez neutrónicas en la zona, pero hay un pequeño sector que recorrimos hace unos meses, donde encontramos especies autóctonas y te aseguro que nadie las plantó, porque ni siquiera se sabe que existen. Una es la orquídea del Talar, una modesta orquídea que apareció ahí y revela que ese lugar se ha conservado durante siglos pese a los movimientos de tierra, la construcción de la autopista y la cercanía al riachuelo.

¿Por qué plantea que conservar la naturaleza es conservar el patrimonio cultural?
Porque detrás de la naturaleza está la identidad. Y nuestro paisaje no sólo son calles y avenidas, también es la gran llanura que permite entender muchas cosas. La calandria, por ejemplo, tiene, como muchas aves de llanura, un canto largo y melodioso. Si vas a la selva misionera, los cantos no son ni largos ni melodiosos: son voces chiquitas, de contacto, porque en esa maraña verde el sonido no se va a propagar y es ineficiente tener una voz melodiosa. Bueno, esa diversidad de voces la encontrás también en la música folclórica. La gran llanura tiene milonga, el tipo que dice cosas, al que hay que escucharle la letra, mientras que en lugares más exuberantes encontrás algo como el chamamé, que también dice cosas pero donde domina la adrenalina del ritmo. Por eso creo que si perdemos el paisaje, perdemos la identidad.

¿Y los porteños conocen su paisaje?
La mayoría, no. Por ahí pido que me nombren cinco especies de flora y fauna autóctonas y la gente se queda culo para arriba. Te contaba de esta orquídea que encontraron. Yo me dije: “Tiene que ser declarada flor de la Ciudad”. Primero, porque es una sobreviviente. Segundo, porque encima es como una flor de lis, espectacular; y tercero, es blanca y negra, los colores de la bandera de Buenos Aires. Pero bueno, yo hice la propuesta y me llegó informalmente una respuesta de alguien que planteaba que no, que la flor de la ciudad debía ser el jacarandá, ¡que es una flor propia de las yungas, de Salta, Tucumán o Jujuy! Hay mucho desconocimiento, consideramos autóctonas cosas que no lo son. Lo mismo con el gomero de Recoleta. Está buenísimo, es uno de los árboles más viejos, me encanta, pero como símbolo no va: es un árbol asiático; es como si en Estados Unidos declararan la yerba mate como flor del estado de Texas.

Más allá de lo simbólico, ¿recuperar esa flora autóctona influye en la salud de una ciudad?
Mirá, yo siempre hago una analogía con la mecánica. Si uno ve un motor, sabe que funciona gracias a que hay piezas grandes ensambladas con otras más chiquitas. La naturaleza, cuando tiene todas sus piezas, funciona como regulador climático, como regulador hídrico que evita inundaciones, sostiene producción de oxígeno. Hoy la Ciudad tiene un gran déficit de espacios verdes y eso influye en la calidad del oxígeno que respiramos y tiene que ver con las enfermedades respiratorias. La presencia de árboles que no son de la región lo agravan, porque es como si a un motor Mercedes Benz le pusieras piezas de Citroën; yo no sé si van a servir.

¿Puede poner un ejemplo?
Sí. En Buenos Aires hay mucha gente alérgica a los pompones que los plátanos tiran en la primavera. Y no voy a decir que que no haya especies autóctonas que provocan alergia, pero sí que haber plantado plátanos en la ciudad fue un error. Quizás cuando se plantaron no se conocía esa relación con las alergias, pero hoy sí y se podría plantear su reemplazo gradual por árboles autóctonos por dos motivos: mejorar la calidad de vida en salud y recuperar elementos del paisaje original.

¿Hay proyectos en ese sentido?
Hay una institución, de la que soy miembro, que se llama Aves Argentinas. Debe ser una de las ONG más antiguas del país, se fundó en 1916, así que pronto va a cumplir un siglo. Una cosa que hace esta entidad es regalar plantas autóctonas y promover su cultivo en jardines, patios y balcones, porque en la ciudad ya casi no hay aves. Si en vez de rosas y alegrías del hogar plantás enredaderas, como la pasionaria, herbáceas, como la sangre de toro, o árboles, como el tala, el espinillo o el ceibo, indirectamente les ofrecés refugio y comida a las aves, y también a muchos insectos que comen esas aves. Quizás las plantas autóctonas no sean espectaculares como una rosa. Quizás no sean tan vistosas como esas plantas de viveros genéticamente modificadas o seleccionadas como las razas de los perros. Pero nuestra flora, en algunos puntos más modesta, tiene todo esto que la vuelve interesante.

¿Se arma un pequeño sistema, no?
Claro. Mis vecinos siempre me preguntan cómo hago para tener tantas mariposas y yo les digo que es fácil, que se puede hacer hasta en un pulmoncito de manzana: basta con plantar una enredadera autóctona, como la pasionaria, que curiosamente está dibujada en las venecitas del piso de la Catedral de Buenos Aires. Bueno, las mariposas tienen una especie de radar que hace que detecten a esas enredaderas en cuanto florecen. Son unas mariposas anaranjadas con manchas plateadas a las que les decimos mariposas de los espejitos y que desovan ahí porque sus orugas comen sólo esas hojas. Después aparecen unos honguitos violeta, con un olor dulce imperceptible para los humanos, que atraen hormigas coloradas, que comen orugas. Y a su vez atrae al zorzal, que come orugas pero también come una jalea que da el fruto. Ahí, a partir de una sola especie, ves como la naturaleza está llena de relaciones y ese conjunto de relaciones hace que funcione sin necesidad de tirarle porquerías.

Usted trabajó tanto en la Reserva como en el Zoológico. ¿Hay sensibilidad a estas cosas desde el gobierno porteño?
A un gran profesor, Roberto Crowder, una vez le pregunté cómo se podía hacer para cambiar las cosas y él me dijo que aprenda a trabajar desde las fisuras del sistema; es decir, desde la marginalidad. Y eso vengo haciendo desde hace treinta años. Yo intenté con el Scania a contramano, pero me estrolé dentro de las instituciones. Y aprendí que para cambiar ciertas realidades que son muy duras y están muy cosificadas o petrificadas hay que entrar por las fisuras. En toda estructura humana hay gente buena a la que se la puede contagiar con estas cosas. Y yo doy clases por eso, porque creo que la gente puede cambiar y ves cosas que rozan el milagro, personas que entran sin ningún interés y salen fascinadas por estas cosas.

La última, ¿usted se identifica con algún animal?
No, pero siempre intento buscar al desdichado. El primer libro que escribí en mi vida era sobre los murciélagos. Acá nadie los quiere, en general. Es algo cultural, porque en Asia son sagrados y en China son un símbolo de felicidad. Yo siempre les digo a mis alumnos: “Che, todo bien con la ballena, pero busquemos el bicho que nadie quiere, porque si no lo cuidamos nosotros, ¿quién lo va a hacer?”

DZ/sc

Fuente Redacción Z
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