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TEMAS DE LA SEMANA

Barrio x barrio: Sol de Alto Perú

El el sabor de la tradición culinaria boliviana, en el paseo comercial de José León Suárez.

Por Patricio Eleisegui
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Hay algo de aquel rótulo de «ciudad de los contrastes» que Buenos Aires no pierde. Algo del viejo puerto de muelles desvencijados, recorridos centímetro a centímetro por oleadas de inmigrantes recién llegados a la Argentina, que se mantiene en el aire. Aunque ya no es el mar el que trae las esperanzas de miles de hombres y mujeres que arriban a suelo porteño con el anhelo de una vida mejor. Ahora las ilusiones viajan en tren o en colectivo. Y eligen barrios fuera del tradicional mapa de la inmigración para instalarse y pasar a formar parte de la mixtura de Buenos Aires.
Mediodía de un sábado como cualquier otro. Avenida Rivadavia al 11.500. El perfume del jengibre, el laurel, el picante locoto y un conjunto de especias coloridas de nombres apenas legibles circulan a través de las veredas de la calle José León Suárez, a metros del shopping del barrio y la estación de trenes de Liniers.
Ya sobre la calle Ibarrola, muy cerca de la terminal de colectivos, se multiplican las sartenes alimentadas por garrafas en las que se cocinan desde «tripitas» -esto es, el chinchulín de parrillada pero en su versión frita- hasta «salchipapas» -salchichas cortadas en fetas sobre papas fritas- y «anticucho» -corazón de vaca cortado en tiras, también frito-. ¿Los valores? Entre 7 y 10 pesos la porción. El polo comercial viene creciendo a ritmo sostenido en esa área de la ciudad de Buenos Aires. Y excede ampliamente el rubro gastronómico: incluye toda clase de puestos callejeros, agencias de viaje y hasta una radio -104.9 FM Aires del Sur-, pertenecientes a la comunidad boliviana.
«Una parte de Bolivia está en Buenos Aires», comentó Álvaro Lara, uno de los pocos vendedores callejeros que responde a la consulta periodística.
«Soy hijo de bolivianos que llegaron a Liniers hace décadas. Curo infecciones de la piel y de las uñas. Somos muchos y acá se puede comprar todo lo que comemos y veneramos en nuestra tierra de origen», aseguró.
Las palabras de Lara no se despegan de la realidad. De acuerdo con datos de la Asociación de Comerciantes Bolivianos -Acobol, entidad que nuclea a los vendedores de la zona-, sólo sobre las casi tres cuadras de la calle José León Suárez donde se concentra el grueso de la actividad comercial funcionan más de 150 locales. A ese número hay que agregarle la venta en las veredas, que reúne alrededor de 30 puestos cada 100 metros.
A la par de comidas y bebidas, es común toparse con bolsas repletas de quinoa, harinas amarilla, blanca y morada, ajíes verdes, rojos y amarillos de todos los tamaños. Todos pertenecientes a variedades extremadamente picantes.
La venta de estos productos, que en prácticamente todos los casos se realiza a granel, promedia en el caso de las harinas y porotos un precio de 15 pesos el kilo. Igualmente, un vecino de Liniers reconoció que los valores incluso de los productos tradicionales «están más de un 20 por ciento más baratos que en otros lugares de Buenos Aires».
En este espacio porteño, además de los condimentos, también florecen los restaurantes que promocionan menús bolivianos y también peruanos. Los precios guardan notables diferencias con los de otros puntos gastronómicos.
Así, el «pollo Broadster» (1/4 de pollo rebozado, con guarnición de papas fritas y ensalada) cuesta entre 20 y 30 pesos según el lugar. Un valor similar ostenta el «bistec a lo pobre», que integra carne, huevo frito, papas fritas, arroz y banana. El «tallarín saltado de mariscos», por citar otro ejemplo, se ofrece a entre 30 y 40 pesos, e incluye tallarines, morrones, cebolla de verdeo, cebolla común y mariscos.
Más allá de la propuesta gastronómica, el sector de Liniers que comprende las calles José León Suárez, Montiel, Ramón L. Falcón, Ventura Bosch e Ibarrola también se distingue por la aglomeración de locales y puestos de ropa, la abundancia de peluquerías y consultorios odontológicos y las mesas sobre las veredas que comercializan objetos para el culto a la Pachamama. Todo bajo un silencio que se despliega cuando la pregunta se vuelve insistente.
«Nosotros no hablamos. Después tenemos problemas», se disculpó el administrador de un puesto que ofrece desde maní «cancha» -una variedad que, frita y salada, se sirve para acompañar bebidas como la cerveza- hasta Inca Cola, a 25 pesos la botella de dos litros.

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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