Tiempo en Capital Federal

22° Max 19° Min
Cubierto
Cubierto

Humedad: 81%
Viento: Sureste 16km/h
  • Domingo 18 de Abril
    Cubierto19°   23°
  • Lunes 19 de Abril
    Despejado18°   23°
  • Martes 20 de Abril
    Despejado17°   22°
Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
Tránsito
Trenes
Vuelos
Cargando ...

TEMAS DE LA SEMANA

Barrio x barrio: Simón Bolívar, vivir mecido por eucaliptos

Los monoblocks son un modelo de la vivienda social de los años cincuenta.

Por sebastian-hacher
Email This Page

Desde lejos y fuera quizá parez­ca un complejo de monoblocks más: otro de los tantos planes de vivienda social de mediados del siglo pasado. Pero el Barrio Simón Bolí­var es distinto. Está formado por media do­cena de moles de diez y doce pisos, con más de 600 departamentos y otras tantas venta­nas que parecen lugares desde donde el visi­tante es mirado sin saber por quién. El barrio ocupa una manzana enorme en Eva Perón y Curapaligüe, pleno Parque Chacabuco. Los edificios están construidos en círculo alrede­dor de un parque central lleno de pasto, ár­boles enormes y protegido del viento.
Cuando Ana descubrió que el Simón Bolívar existía, decidió que tenía que vivir ahí. Los vecinos le dijeron que lo mejor era hablar con los encargados: en toda la man­zana había más de veinte, uno por entrada. Ana aprendió enseguida que ellos lo sabían todo. Uno de los más viejos le dijo dónde había departamentos vacíos, quiénes eran los dueños y cómo estaba la cotización de los alquileres.
El barrio tiene asimetrías. Los edifi­cios más modernos fueron construidos en 1963. Los más antiguos son los que termi­nó la presidencia de Perón en el 47.
Los palieres enormes, los ascensores donde entra una familia completa y los de­partamentos de ambientes amplios y muy luminosos todavía hoy son visitados por es­tudiantes de arquitectura que quieren sa­ber cómo se hacen las viviendas populares.
La estructura es un calco de mono­blocks de Villa Celina, y los que conocen Europa del Este sienten que visitar el barrio es volver a esa tierra lejana.
En el Simón Bolívar, lo único que lle­ga a ser casi tan grande como los edificios son los árboles. Entre todos, los que más se destacan son dos eucaliptos centenarios.
«Son el mito barrial. Algunos dicen que los plantó Rosas. Hay dos que llegan hasta arriba del piso diez. Aése -Ana señala al más alto- le digo el abuelo del parque. El tercero cayó en la última tormenta», cuenta Ana.
El parque es el corazón del barrio. Los chi­cos juegan y cuando empieza a caer el sol las madres de los pisos infe­riores gritan desde la ven­tana para que suban a to­mar la merienda. Los más chicos suelen tirarse con el skate en las veredas in­teriores del barrio. Es uno de los pocos motivos por el que protestan las veci­nas más viejas del barrio.
Jorge S. dice que cada uno se apropia de ese espacio verde de for­mas particulares.
«Allá -cuenta- plantamos una palta cuando nació mi hijo, hace diez años. Re­cién ahora está dando frutos. Y allá -dice mientras su mirada se vuelve un poco tris­te- enterramos a nuestro gato. Estuvo quin­ce años con nosotros.»
Alo largo de los años, los recambios generacionales le fueron dando otra fiso­nomía al barrio. Los balcones tienen siete metros y medio de largo. Varios vecinos di­vidieron el suyo por la mitad, dejando una parte al aire libre y armando un nuevo am­biente en la otra. Otros unieron el lavadero con la cocina o voltearon paredes para unir una de las habitaciones con el living.
Ana, por ejemplo, llegó a su actual casa y descubrió que se había mudado a una es­pecie de museo kitsch. Las primeras sema­nas las pasó luchando por desterrar una sel­va tropical hecha de apliques pegados en la ventana de la cocina, una marquesina de kiosco em­potrada en la bañera y cis­nes instalados en cada uno de los azulejos.
Lo más difícil de todo fue­ron los pisos. Los dueños an­teriores habían decidido po­ner flexiplast, unas planchas de plástico con forma de da­mero. Ana y su familia lucha­ron contra esos últimos vesti­gios ochentosos durante días. Lo peor fue sacar los restos de pegamento, una capa exagerada que re­sistió hasta el final.
El premio fue grande. Debajo de ese es­pantajo plástico estaba el parqué: intacto, hermoso, como nuevo. Un símbolo más de la vivienda peronista.

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
Email This Page
0 Comentarios
Sé el primero en dejar un comentario!

Deja tu comentario