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TEMAS DE LA SEMANA

Barrio x barrio: La Puerto Rico, testigo de los tiempos viejos

Famosa por la calidad de su café y sus parroquianos ilustres, abrió sus puertas en 1887.

Por Alejandro Guerrero
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Tres siglos de historia en tres cua­dras», dice en su página la Direc­ción General del Casco Histórico de la Ciudad al referirse a esas tres cuadras que van del 300 al 600 de Adolfo Alsina. Ahí, en medio de ese com­plejo que amontona en unas pocas man­zanas al Colegio Nacional de Buenos Ai­res, el Cabildo, la iglesia San Ignacio, la Librería de Ávila (antes Del Colegio), la Manzana de las Luces y el café Gran Vic­toria está, al 400 de Alsina, la confitería La Puerto Rico.
La fundó Gumersindo Cabero en 1887, entonces en la calle Perú entre Alsina y Mo­reno. Cabero había vivido en Puerto Rico y, con el nombre de su local, quiso recor­dar a un país del que admiraba la exquisi­tez de su café.
Andrés Delgado, el encargado del lu­gar, no puede esquivar el fantasma de la Richmond, pero, según parece, no le teme: «Aquí no puede pasar eso. La due­ña, Ester Vázquez, siente demasiado amor por este lugar».
Alrededor de él se amontonan en las me­sas los clientes que degustan un café exclusi­vo, molido a la vista, preparado con una rece­ta que sobrevive desde 1887.
«Y a nuestra panadería artesanal, el pan dulce, la rosca de Pascua y las tartas de vigilia para Semana Santa no hay con qué darles», añade Delgado.
El lugar es, además, paradero de polí­ticos, periodistas y jueces. En las paredes, entre otras, hay una foto de Baltasar Gar­zón mientras toma un café en La Puerto Rico. Escenas de películas notables se fil­maron en ese café, como la segunda parte de Las cosas del querer (1994), dirigida por Jaime Chávarri con Ángela Moli­na y Manuel Bandera, o La señal (2007), dirigida y actuada por Ri­cardo Darín con Diego Peretti y Julieta Díaz.
Enrique Cadícamo, entre otros tantos tangueros, fue habitué del lugar y ahí concedió una de las úl­timas entrevistas periodísticas de su vida. Ante sus mesas conversa­ron también personajes como José Ingenieros, Paul Groussac, Rafael Obligado, Arturo Capdevilla y, por supuesto, los alumnos del Buenos Aires escapados de clases.
La decoración interior ha resistido las oleadas modernistas. La Puerto Rico, como diría Humberto Costantini, no se dejó ja­más amanerar «con esa baba de bar ame­ricano». Ahí siguen sus mesas antiguas, sus espejos con forma de medialuna, sus bal­dosones con negritos dibujados y su tra­galuz de vidrio biselado con motivos tropi­cales, trasladado hace tiempo al frente del local. Por eso, en 1999 la Legislatura de la Ciudad lo declaró «sitio de interés cultural» y «bar notable». Los legisladores recorda­ron entonces que La Puerto Rico es uno de los cuatro cafés más antiguos de la Ciudad, con el Tortoni (1858), Los 36 Billares (1894) y Las Violetas (1894).
Además, La Puerto Rico es un refugio de tango. Los sábados a las diez de la noche y los domingos desde las dos de la tarde, el escenario en el centro del salón se puebla de músicos y bailarines, con la dirección del maestro Jorge Dragone. Entonces suenan los fueyes y el dos por cuatro manda.

 

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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