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TEMAS DE LA SEMANA

Feria de Pompeya, criaturas de plumas y escamas

Peces, pájaros, gallinas de departamento y viejos feriantes al lado de las vías de tren.

Por Diego Sasturain
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No hay grandes desarrollos inmobiliarios, el paisaje urbano se mantiene invariable desde hace décadas: casas bajas, galpones, un centro de transferencia y comercial en la avenida Sáenz. De fondo, la iglesia y las puertas del Puente Alsina. Pero los domingos, de 8 a 17, el barrio se activa. Al costado de las vías del ferrocarril Belgrano Sur una pequeña multitud pugna por entrar o salir de la Feria de Pájaros de Nueva Pompeya, que funciona desde hace 40 años en el terreno lindero a la estación. Gente que viene y va con jaulas, peceras, nenes con cajitas de cartón con alguna criatura peluda o plumosa dentro.
Si toda feria implica un traslado de aquello que se vende, armar y desarmar los puestos, los feriantes de Pompeya baten todos los récords de resistencia. Pocas cosas suenan menos atrayentes que levantarse un domingo a las 5 de la mañana para cargar una camioneta con jaulas llenas de pájaros o cajas de telgopor con peces. El agua pesa: un kilo el litro. Y son cientos de litros, cientos de peces. Todo para que a las 8, en invierno o verano, ya esté abierto.
El público es heterogéneo. Hobbystas, paseantes, familias con niños, parejas jóvenes, curiosos, gente mayor. Eduardo llega al puesto de Miriam a comprar comida para peces. Comida viva: camarones de río y unos gusanos llamados tubifex. Hoy no hay mojarras. «Es el único lugar donde se consigue», explica, y dice que tiene peces grandes, de río. Los domingos va a la feria, pasea un rato, almuerza, hace el mantenimiento de la pecera y tiene el día hecho. Miriam está en la feria desde que se casó.
No se lo ve detrás de las jaulas con gallinas, codornices, patos y conejos. «Me compran para reproducción. Para tener una gallina para comer el huevo casero para los chicos. Con más calcio y proteínas». Lo de Miguel es de familia: abuelo, padre, él mismo, los hermanos. «Una gallina ponedora está en los 100 pesos. Codornices, 40. Los conejos, 70. Son una variedad de un kilo veinte para departamento», dice.
El rubro de Roberto son las plantas acuáticas para peceras. Las cultiva él mismo, y depende de la estación tiene algunas variedades y otras no. Lleva 36 años en la feria. Dice que con lo que gana no le alcanza para vivir. Hace los puestos de la feria y cuida el lugar. Cuando se le pregunta dónde vive, responde que ahí. Ante la repregunta, insiste: «Acá». Dentro del puesto, hay una cocina. Antes venía más gente: diez mil personas contra cuatro o cinco mil ahora. Y que los acuaristas se van muriendo: «Algunos al cielo y otros al cajón».
Miguel vende cotorras, codornices chinas y otras aves. Dice que desde que no se pueden vender animales silvestres, el negocio no anda tan bien. Está de acuerdo con la ley, pero objeta: «Es un desastre lo que están haciendo. Fumigan y matan todo. Vas al campo y no hay ni una liebre, ni una perdiz. Después agarran a un pibito que atrapó un pajarito para comprarse zapatillas y paga por los otros que matan por miles». Y defiende el gremio: «Es una pasión. Fijate que el que tiene algún hobby, no cae en la droga, los vicios… mi pasión era ir al campo y mirar el pajarito, oírlo cantar… son cosas que se sienten, que otra persona que no lo siente no lo puede interpretar».
A la salida, sobre Sáenz, en la feria paralela, se ofrecen reptiles, tarántulas, algún loro, perros… Pero también salame y quesos caseros, ropa nueva y usada, materiales de electricidad y hasta un mago ofrece sus trucos. La línea de edificación separa el hobby del comercio, la pasión del interés, el orden del caos, la virtud del vicio. Entre el ruido del tránsito y el canto de los pájaros.

Avenida Sáenz 790. Domingos de 8 a 17.

DZ/LR

 

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