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TEMAS DE LA SEMANA

Barrio x Barrio Facultad de Ingeniería: Paraísos verdes ocultos

El gran predio y sus arboledas, refugio de amantes de la naturaleza.

Por Federico Raggio
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Por el portón que da a avenida San Martín y Nogoyá entran a paso rápido veinteañeros con mochilas y cuadernos debajo del brazo. Unos van a la sede del CBC y otros a los pabellones de la Facultad de Agronomía (UBA), fundada en 1904. Lo notable es que, a diferencia de las otras dependencias de la UBA, en esta facultad, al mismo tiempo que los estudiantes, entran personas de todas las edades en bicicleta o trotando, e incluso alguna que otra familia con la inocultable canasta para el picnic.
Los vecinos no se intimidan en este caso por la solemnidad de una casa de altos estudios, y pasean o van a relajarse a la sombra de los eucaliptos. Luis hace la friolera de 60 años que convirtió a Agronomía en un lugar propio: «Esperá que me peino para la foto -bromea y cuenta-: Hace unos 60 años que vengo. Tenía doce o trece años, era un pibe que jugaba al ‘fulbo’ con amigos». Y añade: «Hay mucha gente del barrio que no sabe disfrutar esto. Pero yo sí. No tenés muchos lugares como éste en la Capital».
Las calles internas de los terrenos de Agronomía tienen nombres de arbustos, flores, frutos o árboles. La más conocida es la Avenida de las Casuarinas, que se extiende desde la entrada de la calle San Martín y llega hasta la vecina Facultad de Veterinaria. Las plantó hace ya un siglo el fundador de la Facultad, el médico químico Pedro Arata.
Paula, que también es del barrio, coincide: «Que no se entere nadie que está este lugar por favor -ruega mientras sonríe-; igualmente, sábados y domingos se llena de familias, chicos, perros, gente que toma mate o anda en bicicletas. Hay gente que viene a hacer circo y acrobacias en tela. Yo trato de venir todos los días una hora a caminar. Me gusta estar en contacto con la naturaleza, tomar aire y hacer ejercicios». Su amiga Fernanda coincide: «Hacés actividad en un lugar lleno de verde y lejos de los ruidos, un privilegio».
A unos cincuenta metros de la vereda está el enorme vivero de la Facultad donde se dan cursos de jardinería y floricultura. En la mano de enfrente hay una escuela secundaria que depende de la Facultad de Ciencias Veterinarias, que forma especialistas en producción agropecuaria y agroalimentaria.
Otro vecino anda en bicicleta con su hija y frenan ante la escuela. «Siempre paseamos por acá, pero hoy vinimos para averiguar cómo es el curso de ingreso a la escuela secundaria. Se inauguró hace cinco años y hubo que hacer una cola impresionante porque sólo hay 200 vacantes y éramos más de 500», explica el padre, y pone una manaza en el hombro de su hija.
Bordeando las vías se encuentra el Camino de los Granados. Algunas familias, parejas y grupos de amigos. Unas señoras disfrutan tomando sol en reposeras. Lidia de Villa Urquiza y María Alicia de Villa del Parque cuentan que eligen la facultad porque están bien lejos de los ruidos de las calzadas porteñas. Debajo de un pino, y mientras toca la guitarra y toma mate con amigos, Emanuel comenta que descubrió hace poco el lugar aunque vive apenas a dos cuadras: «Es un lugar muy lindo, se siente como una energía diferente a la del resto de la ciudad, te sentís como desconectado. Había pasado con el tren pero nunca le había dado bola. Además, viene gente de todas partes. Es más como un boca en boca, un amigo que te invita y te encontrás con esta tranquilidad que es impagable».
En medio del silencio se escuchan las voces de Solange y Candelaria que caminan hacia el Pasaje de los Eucaliptus y el Camino del Ombú. Pasean su belleza entre los rayos del sol que se filtran entre las copas de un pino y un sauce llorón. Solange dice que en el lugar «hay mucha paz» y no logra atenuarla el bochinche que proviene de la vecina barrera del Urquiza: Candelaria la interrumpe. «Es un espacio que, además, te permite ‘salir’ de la Ciudad y sus ruidos. Es hermoso -coinciden ambas- porque está escondido de todo.»
Son las cinco de la tarde de un viernes soleado de febrero, y mientras las chicas se internan por el Camino de las Magnolias continúa el desfile de privilegiados que viven cerca de este paraíso oculto en la intimidad de Buenos Aires.

DZ/LR

 

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