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TEMAS DE LA SEMANA

Bosques de Palermo, entre Rosas y Sarmiento

El diseño y las estatuas son eco de las luchas de federales y unitarios.

Por Diego Sasturain
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Rollers, skaters, bikers, runners y otros deportistas extremos o alternativos fuera de todo riesgo o acrobacia imponen su régimen a las veredas. Pero los verdaderos dueños son los autos. La avenida Sarmiento, entre Plaza Italia y Figueroa Alcorta debería llevar carteles que digan: zona hostil al peatón. Fin de semana por la tarde, Palermo convoca. Verdor y tradición de zona de esparcimiento, centenares de visitantes acuden al parque, a pasar la tarde a la orilla de los pequeños lagos urbanos. Espacio de disfrute, relajación, juego e historia.
Con prestar un poco de atención se puede comprobar que, por encima de toda esa gente que disfruta, hay un espacio donde no dejan de sonar los ecos de viejos combates. La política argentina del siglo XIX se refleja en la estatuaria y en el nombre mismo: 3 de Febrero, fecha de la batalla de Caseros. Desde el día de la caída de Rosas, que tenía aquí su residencia de descanso, capas y capas de sentido se acumularon en los alrededores. La traza de la avenida, de hecho, es la de un canal navegable hasta el río que mandó construir el brigadier.
Quien se adueñó de la zona es Sarmiento, que mandó hacer el parque. La avenida lleva su nombre y fue abierta bajo su presidencia, a modo de tapa sobre el viejo canal, con el nombre de Avenida de las Palmeras (es conocida la pasión que el sanjuanino tenía por esas plantas). Algunas todavía están allí, pero han perdido protagonismo frente a jacarandáes y tipas, llegados más tarde. Y Sarmiento tiene su estatua: pequeña pero prestigiosa. Esta obra de Auguste Rodin, en la esquina con Libertador, muestra desde 1911 un Sarmiento extraño, sin la frente característica y turbulenta. Se dice que justo detrás de donde está se sentaba Rosas a tomar mate.
En la intersección aparecen otros actores. Un George Washington donado por Estados Unidos con motivo del Centenario y el gigante -neutro por la solemnidad pomposa- Monumento de los Españoles. Pero hay otra presencia. En diagonal al padre del aula se alza, desde 1999, Rosas. En la obra de Ricardo Dalla Lasta se lo ve vestido de gaucho y flanqueado por bajorrelieves que conmemoran la Vuelta de Obligado y la Campaña al Desierto. Al frente, el sable de las guerras de la independencia que el General San Martín le regalara y un texto del Libertador que explica por qué. Las tensiones no están saldadas, no lo están. Su vencedor, Urquiza, llegó un poco después que Sarmiento. Tiene un monumento enorme en la intersección con Figueroa Alcorta. Un poco grande para su caballo, el entrerriano se alza altivo flanqueado por bajorrelieves que recuerdan la Convención Constituyente de 1853 y Caseros.
En lo que fuera un paseo elegante -tenía portones cuando se inauguró, en 1875- un nene de unos cuatro años trata de atrapar la forma de la nube de humo de los puestos de choripán. La infancia -de nuevo Sarmiento- tiene su lugar también. La Caperucita Roja del francés Jean Carlus (1937) la muestra en el momento de ser sorprendida por el lobo. Pero el lobo es poco terrible, más bien amistoso. Cerca, una calesita sigue girando. Pocos metros más allá hay un partido de fútbol, los malabaristas hacen sus rutinas y promotores de ONG recolectan donaciones. Los autos pasan a toda velocidad. Apurados por llegar a destino, los conductores esquivan a Urquiza, pasan frente a Sarmiento, a Rosas, a Caperucita. Los monumentos, como los peatones y los rollers, son obstáculos que sortear un fin de semana a full.

DZ/LR

 

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