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TEMAS DE LA SEMANA

Barrio x barrio: Boedo, el banquito para los pobres

El Museo del Banco Ciudad muestra el devenir de la institución fundada como casa de empeño.

Por Fernando Molero
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Discretas, apenas una foto sepia de un grupo de trabajadores y una placa nos informan que, enclavado en el corazón del ba­rrio de Boedo, está el Museo del Banco Ciu­dad. Detrás de la bella fachada art déco, construida en 1932, el museo convive con una sucursal en pleno funcionamiento.
La historia comienza en 1878, cuando fue fundado como Monte de Piedad o Ban­co Municipal de Préstamos. Los «montes de piedad» o «montepíos» proliferaron en Europa a partir del siglo XIV con una fun­ción cuasi social: dar préstamos a cambio de tomar algún bien como garantía a muy bajo interés. Pero con el correr del tiempo esa función de los «montepíos» privados se fue desnaturalizando, en beneficio de la usura y en desmedro de la piedad.
En nuestro país, los montepíos privados conocieron su apogeo a mediados del siglo XIX, con las primeras oleadas de trabajado­res inmigrantes. Los prestamistas y usure­ros abarajaban directamente en el puerto a las pobrísimas familias que llegaban con la esperanza de «hacerse la América». Y mu­chos empeñaban el vestido de novia, algún anillo, el samovar y hasta las maletas antes de entrar siquiera a la ciudad. Las altas ta­sas de interés hacían que difícilmente logra­ran recuperarlos.
Tras algunas tentativas fracasadas por regular la actividad de los prestamistas, en 1877 el Senado aprobó un proyecto para fundar un Monte de Piedad estatal y clau­suró los montepíos privados, amenazando con grandes multas a los contraventores.
Entre los defensores de la nueva institu­ción figuró el entonces diputado José Her­nández. El autor del Martín Fierro intervi­no apasionadamente en la sesión del 26 de mayo de 1880, en la que se discutía el pre­supuesto del flamante montepío estatal. En una discusión acalorada, en que algunos discutían ese uso de los dineros públicos, Hernández sostuvo que, aunque el mon­te de piedad estaba «entre la frontera del crédito y la de la beneficencia», era necesa­rio sostenerlo «aun cuando haya que gastar algo de rentas generales», porque «hay fa­milias que en el día de la necesidad no en­cuentran pan sino en el monte de piedad».
Estos debates reflejaban la preocupa­ción gubernamental por la rápida duplica­ción de la población urbana y por su mise­ria, que amenazaba con precipitar una crisis social. El Monte de Piedad estatal abrió sus puertas en 1878 y, dos semanas más tar­de, el Consejo de Administración proclamó su objetivo de «servir a la clase proletaria, que es precisamente la que más necesita aprovechar de los beneficios de esta insti­tución» (Libro I, página 12. 1878).
El arte popular refleja de muchas formas el papel de las casas de empeño. Frecuen­temente, como recurso de los caídos en desgracia, pero también como re­trato del bohemio, como aquel burrero que los lu­nes empeñaba sus pris­máticos luego de haber pifiado alguna fija en el hipó­dromo durante el fin de semana, para pasar a rescatarlos al viernes siguiente.
En la década de 1930, un indicador de la crisis económica fue el empeño en masa de máquinas de coser, que en aquel enton­ces eran el recurso último de las familias trabajadoras para «pa­rar la olla». Llegaron a acumular­se más de 10 mil de las célebres Singer, al punto que motivaron la creación del crédito prendario por razones humanitarias y tam­bién por falta de espacio en los depósitos.
Otros fenómenos motivaron medidas extraordinarias. Por caso, a mediados de la década de 1920, u n a circular del banco declaró que ya no aceptaría el empeño de «restos humanos». Es que los estudiantes de Medicina se ha­cían de unos pesos con las osamentas que les servían en sus clases de anatomía.

 

De tangos y manifiestos

Antes de ser un banco, el solar del 868 de la avenida Boedo es­tuvo ocupado por el café Biarritz, uno de los pocos que se animaba a sacar mesas y sillas a la vereda en esa barriada que, a fines del siglo XIX, era uno de los límites de la ciudad. Abundaban tambos, moli­nos panaderos, hornos de ladrillos, pulperías y almacenes. Alrededor de 1928, el Biarritz cedió su terraza a un grupo de jóvenes artistas e intelectuales encabezados por José González Castillo -periodista, dramaturgo, guionista, letrista de tango y padre del inolvidable Cá­tulo-, decididos a fundar una peña.
Las peñas eran importantes centros de actividad artística y cultu­ral, pero la mayor parte se encontraba en el centro, sobre la Avenida de Mayo. Castillo se propuso organizar una distinta, intelectual y arrabalera, que apoyara «todo movimiento que tienda al progreso de las artes en el barrio y a la independencia moral y económica del artista». Su nombre, Pacha Camac, significa «genio animador del mundo» o «supremo creador» en lengua incaica y bien representa­ba el espíritu americanista y nativo que animaba al grupo. Por allí pasaron Roberto Arlt, Alfonsina Storni, el escultor Francisco Reyes, el socialista Alfredo Palacios, Homero Manzi, Sebastián Piana y el propio Cátulo.
Pacha Camac combinaba docencia, polémica y espectáculo. Se dictaban cursos y se exhibían obras; por su auditorio desfilaron pues­tas teatrales, conferencias y conciertos. Allí se nucleó el grupo de Boedo, de ideas de izquierda y que propugnaba vincularse con el pueblo y en especial con el movimiento obrero. El grupo de Boe­do fue el contrincante de los «niños bien del grupo de Florida» y lo integraron escritores y poetas: César Tiempo, Elías Castelnuevo, Álvaro Yunque, Julián Centeya, Raúl González Tuñón, Roberto Arlt y Leónidas Barletta. También los pintores «sociales» Adolfo Bellocq, Guillermo Hebécquer y Abraham Vigo.
En 1938, la comuna compró el predio de la Biarritz para construir el banco. La peña, después de varias mudanzas, cerró en 1957.

 

DZ/LR

 

Fuente Redacción Z
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