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TEMAS DE LA SEMANA

Barañao: ‘Están las bases de un cambio para la ciencia argentina’

Reportaje al ministro de Ciencia y Tecnología de la Nación.

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Lino Barañao ostenta va­rios récords a lo largo de su carrera, pero uno se destaca entre el resto: es el primer ministro de la historia ar­gentina con formación en ciencias duras. Acargo del Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, creado por la presiden­ta Cristina Fernández en 2008, si­gue dando clases en la universidad y se enorgullece de ser «tercera ge­neración» de porteños. Algo bajito y muy amable, habla con la rigurosi­dad de un hombre de ciencia y con la destreza propia de quien ocu­pa un alto cargo político. «Toda­vía no me han confirmado nada», dice cauteloso. Son días en los que la Presidenta deja caer con cuenta­gotas algunas palabras que pue­den alegrar o arruinar el día de los miembros del gabinete nacional.

¿Tiene ganas de seguir en este cargo cuatro años más?
Digamos que hemos iniciado una cantidad de acciones que requeri­rían cierta continuidad, pero al mis­mo tiempo creemos que hemos sentado las bases de un cambio irreversible para la ciencia argentina y un poco la idea es que haya una política independiente de quien sea el funcionario de turno. Esa políti­ca es un proceso de fortalecimiento continuo de la base científico tec­nológica y un mayor acoplamiento entre la generación del conocimien­to y las actividades productivas.

Usted habla de «pasteurizar la ciencia». ¿A qué se refiere?
Eso es lo que le dije a la enton­ces candidata a presidenta (Cristi­na Fernández) cuando la conocí en Nueva York. El concepto en reali­dad surge de un libro que se lla­ma El cuadrante de Pasteur de un autor indoamericano que se llama Donald Stokes, y lo que plantea ese libro es el ideal que se corres­ponde a la manera de hacer cien­cia de Pasteur, que era hacer cien­cia básica inspirada en el uso, o sea investigar sobre la base de la reali­dad pero teniendo en mente para qué se puede aplicar eso que se está haciendo, tratando de resol­ver un problema particular.

¿Sigue dando clases?
Sí, en biotecnología y bioética. La ética es una parte indispensable en la formación del investigador. Tener en cuenta las consecuencias de aquello que se analiza.

Se está construyendo un nue­vo reactor nuclear, el Karen 1125, ¿cuál es su posición en re­lación a la energía atómica?
La posición del Ministerio es que hay que diversificar la matriz ener­gética y que no hay ninguna fuente de energía que pueda ser obviada porque ninguna de ellas por sepa­rado es capaz de satisfacer las ne­cesidades que tiene el país. Noso­tros estamos haciendo un esfuerzo particular, el desarrollo de energías renovables, pero la energía nuclear sigue siendo una alternativa. Curio­samente el episodio de Fukushima si bien ha sido interpretado por al­gunos como una muestra del peli­gro de la energía nuclear, muchos otros ven que aun en las peores condiciones imaginables (un terre­moto y un tsunami) no ha ocurrido un desastre de proporciones.

En la misma semana que abríó Atucha II, la Presidenta inaugu­ró el Parque Eólico. Uno tiende a pensar que lo eólico no pre­senta tales riesgos.
Lo eólico también tiene sus riesgos según el lugar. En los centros ur­banos provoca contaminación so­nora, también hay efectos sobre la migración de pájaros, y eso ha sido criticado por organismos con­servacionistas. No existe una fuen­te de energía totalmente libre de efectos negativos en el medio am­biente. Cuando se inunda una zona para hacer una represa hidroeléc­trica hay fermentación del material vegetal que produce gases de efec­to invernadero en proporciones im­portantes. La alteración de cursos de ríos también tiene impactos am­bientales. Tenemos que tener en cuenta que la opción que estamos tomando es que haya nueve mil mi­llones de personas viviendo en este planeta. Eso tiene un costo. Enton­ces, discutamos la mejor manera de hacerlo, sostenible en el tiempo y con menos impacto negativo sobre el medio ambiente.

Hace poco hubo una campaña de Greenpeace por la basura electrónica. Un tema sensible en el que el Congreso no cum­ple con su tarea de legislar.
Es importante no sólo por moti­vos ambientales sino por motivos económicos. La basura electróni­ca tiene elementos que son cada vez más escasos y que son requeri­dos para la propia industria. La me­jor manera de tener una salvaguar­da ambiental es proveer algún tipo de uso que dé rentabilidad al reci­clado, porque no se puede apelar al voluntarismo. Más en sociedades como la argentina, bastante poco proclives a cumplir con normativas. Sería importante que la ley se vote y nosotros podremos contribuir con desarrollo de tecnología.

¿Cómo califica el avance cien­tífico en estos ocho años?
Si uno evalúa la velocidad de cam­bio, diría que estamos muy bien. Entre ocho y diez puntos. Eso no implica que hayamos llegado al máximo posible. Hemos logra­do acelerar el proceso de mejora de las condiciones y de productivi­dad científica. Y algunas variables muestran que algo se ha hecho. En un artículo para la revista Caras y Caretas, Alberto Kornblihtt com­paró cuántas publicaciones argenti­nas hay en las mejores revistas cien­tíficas a nivel mundial en estos diez años y cuantas en los diez ante­riores, y creo que la relación es de 180 a 30. Claramente cuando uno apoya el sistema científico, produ­ce más. Eso es una parte del fenó­meno: tenemos que producir más conocimiento original. La segunda es acoplar esa creación de conoci­miento a la creación de riqueza.

¿Cuáles son las ventajas de la producción científica local?
La posibilidad de encontrar solucio­nes transgresoras a los problemas, lo que se llama tecnologías disrupti­vas. Es decir, no ser fabricantes ma­sivos, porque no tenemos capaci­dad. Tampoco es un ideal positivo. A raíz de la muerte de Steve Jobs, unos artículos decían que la empre­sa que él fundó empleaba a 50 mil personas en Estados Unidos y a un millón en China. Pero la calidad del trabajo era muy distinta.

Con denuncias serias, además, de explotación.
Exactamente. Lo que queremos es generar trabajo de calidad. Porque no somos mil millones de perso­nas a los cuales hay que conseguir­les trabajo de algún tipo. Somos un país donde podemos educar y dar educación universitaria a un gran porcentaje de la población. Cosa que ni China, ni la India, ni Brasil, pueden hacer. Entonces nosotros tenemos que apuntar a la calidad de los recursos humanos y a merca­dos peculiares. Hay una cantidad de hallazgos que se están producien­do ahora, que tienen enorme po­tencial desde el punto de vista eco­nómico y que en muchos casos se basan en soluciones alternativas.

Es algo más cualitativo y de in­ventiva que de trabajo masivo.
Totalmente. Nosotros estamos apuntando a proveer base tecnoló­gica a empresas. Lo que queremos son diseñadores de circuito, gente que piense. No que arme un nuevo teléfono sino que piense un nuevo teléfono o que haga juegos para los teléfonos, que de hecho ocurre.

¿Hay que repatriar científicos para obtener eso?
La repatriación ha pasado por dis­tintas etapas. No es un fenóme­no sencillo. Hubo científicos que se fueron por motivos políticos, otros por motivos económicos, pero esos dos tipos ya volvieron al país o no van a volver. Los que se fueron en la Noche de los Bastones Largos ya es­tán jubilados. Los que se fueron en el período neoliberal, ya volvieron a principios de esta década. Y los que se fueron en 2001 si no volvie­ron ahora, ya están instalados. Lo­gramos restablecer un círculo que es normal en la ciencia, que es que la gente se vaya al exterior, se for­me, y vuelva y traiga nueva tecno­logía. Lo que hemos logrado ahora es que se pueda trabajar acá como se trabaja en cualquier país. La gen­te no siente que se inmola cuando vuelve al país ni piensa que resigna su carrera científica porque quiere estar con su familia. Muchos de los que volvieron en los últimos tiem­pos lo hicieron porque compramos equipamiento que necesitaban.

¿Qué ventajas comparativas le da su formación científica?
Varias. Yo estudié Química por­que en ese momento era la carre­ra menos especializada de mi facul­tad. Siempre tuve una tendencia a la dispersión, importante. No ha­bía nada en particular que me gus­tara como para apasionarme total­mente. Y tuve la rara posibilidad de estudiar desde química, biología, física, matemática, hasta mecáni­ca cuántica o anatomía con cadá­veres humanos. Lo cual me ayuda ahora porque para ejercer esta fun­ción uno tiene que saber un poco de todo. Y por otra parte creo que la química es útil en la política. Yo suelo decir con un poco de sar­casmo que la química nos enseña a manipular sustancias potencial­mente nocivas con fines útiles. Está lejos de la visión maniqueísta en la que las cosas son malas o buenas sino que uno aprende a manejar las cosas con rigurosidad y con los cui­dados respectivos.


Porteño de ley

Un día en la vida de Lino Barañao (58) empieza en el gimnasio tratando de bajar los 20 kilos que, según dice, subió desde que llegó al Ministerio. «Era muy flaco pero esta vida sedentaria de almuerzos y cenas protocolares hizo estragos en mi metabolismo», cuenta. Vive en Coghlan, en un departa­mento en Congreso y Estomba.

«Después escucho la radio, desayuno, leo el resumen de medios mientras subo al auto, contesto e-mails», sigue. Tiene un Iphone y un Ipad («que me regalaron porque así me mantienen conectado», asegura). «Luego trabajo aquí todo el día y termino volviendo a casa a las 8 o 9 de la noche. Estoy separado, tengo dos hijos, de 21 y 19 años, mi hija estudia Diseño Gráfico en la UBAy mi hijo estudia computación en la UBAy piano. Él quiere estudiar sólo piano pero yo le he manifestado que no voy a mantenerlo toda su vida», agrega entre risas. «Le trato de transmitir este concepto de que cuando uno estudia en una universidad pública no tiene que pensar solamente en su vocación sino en dar un servicio a la comunidad que le está pagando su carrera. Hay una responsabilidad social. La universi­dad no es gratuita, está subvencionada por gente que paga para que uno esté ahí.»

Tercera generación de porteños, se muestra incómodo con la pregunta sobre sus preferencias futboleras. «Por el lado materno mis abuelos nacieron en Boedo, así que soy hincha de San Lorenzo por proximidad, pero de chico siempre me molestaba que me preguntaran de qué cuadro era porque no lo tenía decidido, entonces cambiaba sistemáticamente, cosa que ponía muy nerviosos a mis amigos. No me apasiona. Como suelo decir: ‘si hubiera teni­do un físico me hubiera dedicado al deporte’. Pero no es el caso.»

 

DZ/km

Fuente Redacción Z
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