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TEMAS DE LA SEMANA

Bachilleratos populares

Un formato inclusivo, que permite terminar el secundario y, a veces, rearmar un proyecto de vida.

Por maria-florencia-alcaraz
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Johana tiene 21 años y dejó la escuela porque quedó embarazada, ahora está terminando el secundario acompañada por su bebé en el aula. Ezequiel no pudo terminar simplemente por «vago», cuando a los 20 quiso anotarse en adultos le pusieron tantas trabas burocráticas que estuvo a punto de resignarse. A Antonella la echaron de un colegio por «mala conducta» y ninguna escuela aceptó inscribirla porque tenía 17 años, hoy está en segundo año del bachillerato. Nadia iba a un colegio de monjas y la mandaron al psicólogo por no ir a misa, ahora le queda sólo un año para egresar. Desde los 16, Gustavo trabaja en una fábrica para ayudar en su casa, el secundario era una tarea pendiente pero no podía terminarlo porque le resultaba imposible sostener una cursada semanal. Ahora estudia de lunes a jueves sin descuidar el trabajo.

Todas estas historias comparten dos variables: exclusión e inclusión. Jóvenes y adultos expulsados de la escuela tradicional por diversos factores encuentran su lugar en la educación popular. Ése es el primer mérito que tienen los 12 bachilleratos populares que funcionan hoy en la Ciudad de Buenos Aires: IMPA, Maderera Córdoba, Miguelito Pepe, Germán Abdala, Chilavert, 20 Flores, Villa 21/24, Paulo Freire, Darío Santillán, Barracas, son algunos de espacios que brindan una educación pública, popular y gratuita. Lograron en su corto pero intenso recorrido de seis años mantener a un millar de estudiantes activos y casi 200 egresados.

Todo comenzó en la empresa recuperada IMPA (Industrias Metalúrgicas y Plásticas de Argentina) del barrio de Almagro. En 1998 fue una de las primeras fábricas tomadas por los trabajadores, que lograron echarla a andar y formaron una cooperativa de trabajo. En 2004 comenzó a funcionar allí el Bachillerato Popular de Jóvenes y Adultos IMPA, un proyecto que integra lo educativo y lo social, partiendo de una concepción diferente de la escuela como institución.

El proyecto surgió por iniciativa de un grupo de profesores, estudiantes, trabajadores de la educación y militantes que observaban que la educación de adultos no estaba siendo contemplada por las políticas públicas.
«Todavía hoy no hay material de estudios para adultos ni una estructura curricular acorde con sus características. Tampoco hay jornadas de capacitación, ni formadores de formadores de adultos», explica Ezequiel Alfieri, profesor de Historia, integrante de la Cooperativa de Educadores e Investigadores Populares y Coordinador del Bachillerato de Jóvenes Adultos Maderera Córdoba.

Pero, ¿por qué pasaba esto? Fernando Lázaro, profesor de Letras y también coordinador de Maderera Córdoba, reflexiona: «No es un espacio que se pueda mercantilizar. Es el espacio olvidado del turno noche de las escuelas. Ahí está la resaca, lo marginal. Cualquier cosa que pasa en la escuela se dice ‘Fue la gente del turno noche'».

Los bachilleratos populares surgieron del compromiso de las organizaciones sociales pero también de la voluntad de aprender de los trabajadores de las empresas recuperadas. Su forma de trabajo y funcionamiento retoma, desde la práctica, las teorías de educación popular enunciadas por el pedagogo brasileño Paulo Freire e implementadas por el Movimiento Sin Tierra de Brasil, entre otros. «Nosotros decíamos que las organizaciones sociales tienen que tener el derecho de tomar la educación y su problemática en sus manos», explica Alfieri.

Otras prácticas

Con relación a su vinculación con el Estado, Alfieri dice: «Somos escuelas formales pero no tradicionales, damos títulos oficiales, hay un programa que tomamos del Ministerio de Educación, emitimos pase de colegio a colegio como cualquier escuela. Sin embargo, nuestra relación no es la misma que la escuela tradicional, que es pasiva con respecto al Estado. Nosotros lo interpelamos en sus diferentes resquicios abriendo la discusión. Acá todos los saberes entran en juego. Hay saberes académicos, como también hay saberes que traen los estudiantes de su propia vida, de la lucha, porque vienen de espacios que están resistiendo, hay quienes viven en la calle. Eso también se pone en juego en el aula».

Antonella, una estudiante de segundo año de Maderera Córdoba, explica: «Es muy diferente de la escuela común. Por ejemplo, acá yo puedo ir y decirle al profesor que lo que está dando es muy aburrido y él te escucha y lo discutís. Vos vas a un colegio común y el profesor te dice que te jodas.» «Acá, prácticamente, se arma el programa junto a nosotros. El primer cuatrimestre te explican cómo se va a encarar la materia y discutimos qué se puede agregar para que sea más interesante», aporta otra estudiante.

Estas diferencias entre los bachilleratos populares y la escuela tradicional explican los bajísimos índices de deserción de los estudiantes que cursan en el primer formato. El carácter inclusivo hace que se trabaje con compromiso y entusiasmo los tres años que dura el bachillerato. Por ejemplo, en Maderera Córdoba en el primer año se hace hincapié en la incentivación. No hay exámenes escritos porque se considera que las pruebas desmoralizan e intimidan a las personas que hace muchos años que no estudian. Eso no significa que no haya evaluaciones pero los docentes las realizan a través de trabajos prácticos individuales y grupales, la participación en clase, el presentismo, la aplicación de los contenidos, etcétera.

En el segundo año se trabaja más fuertemente sobre los contenidos y, finalmente, en el último año la meta es la preparación para encontrar empleo, la facultad o un terciario.

En los bachilleratos populares no hay sanciones y los días de clase se piensan en función de los estudiantes: se cursa de lunes a jueves y los viernes se destina a clases de apoyo o de trabajo con asignaturas previas. No hay un profesor, hay equipos docentes para que se pueda abordar la heterogeneidad del grupo de estudiantes. La asistencia no opera como dispositivo de control sino para saber por qué el estudiante está faltando. «Hay mucho apoyo psicológico, si tenés algún problema tratan de solucionarlo», explica Antonella.

Los resultados están a la vista. La continuidad de estos espacios autogestionados es un logro y también el sentido de pertenencia que generan en los estudiantes. Los de Maderera Córdoba decidieron usar las vacaciones de invierno para pintar y arreglar la escuela.

Los logros también se miden en la cantidad de graduados que siguen estudiando un profesorado o la universidad. «Muchos de los estudiantes que terminaron de cursar siguen relacionados con el espacio, ayudan en la administración, en las actividades que hacemos y nos sorprende que muchos eligen carreras docentes para poder trabajar acá», dice Fernando Santana, coordinador del Bachillerato IMPA.

Jóvenes de entre 16 y 18 años con años de repitencia, madres adolescentes, gente que no estudia hace 40 años, jóvenes en situación de calle, hijos de los trabajadores de las fábricas recuperadas, adolescentes de barrios y asentamientos. Todos encuentran en los Bachilleratos Populares una oportunidad.

Dónde ir

• IMPA: Querandíes 4290. Almagro.
• Cooperativa de Artes Gráficas: Chilavert 1136. Pompeya.
• Maderera Córdoba: Córdoba 3165. Abasto.
• Villa 21/24. Barracas.
• La Dignidad. Mariano Acosta 3650. Villa Soldati.

 

Fuente Redacción Z
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