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Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Atención: no tomar decisiones importantes después de un buen revolcón

Vera Killer advierte sobre el peligro que puede llevarlos a, por ejemplo, casarse con un desconocido y otras anécdotas que recopila por el bien de ustedes. Lean.

Por Vera Killer
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Es complicado, amigas y amigos, tomar cualquier tipo de decisión recién fornicados. ¿Lo saben, no? Sobre todo si el revolcón fue bueno. ¿Cuántas ideas hubieran sido sólo hermosas fantasías pero terminaron convertidas en anécdotas trash por habernos puesto en acción subidos al tren de la endorfina sexual? Si alguien está libre de ese pecado, que arroje la primera piedra. Y no, no veo piedras por acá.

Me confieso, entonces. Mi más profundo error, la historia que preferiría no tener que contar. Hace no tanto tiempo (no me salva del pecado la juventud) decidí casarme una mañana con un chico que había conocido en un bar la noche anterior. Oh, qué bien la pasamos, desde la primera mirada hasta el beso y después, cómo se nos cayó la ropa como por arte de magia, qué forma de sentir que estábamos hechos uno para el otro. Cómo sabe qué tiene que tocarme acá, de qué forma supe que si hacía eso él iba a explotar. Fue pum.

Fuimos transpirados, recién revolcados incontables veces, casi corriendo al registro civil, dispuestos a firmar el acta en el momento. De verdad. Ahí nos enteramos de que por ley es imposible, resulta que hay que pedir turno con un mes de antelación. Parece que algún legista pensó en la droga sexópata que puede llevar a varios a hacer tremenda pavada, quiero creer.

Tuvimos tanta buena mala suerte que conseguimos fecha para dentro de los próximos 28 días hábiles, y salimos convencidos de que estaríamos ahí, los dos, con la misma certeza que ese día en el que aún nos chorreaba por el cuerpo el jugo del otro. No le dijimos a nade. Aún sin dormir, un mes nos parecía demasiado y necesitábamos (ese era el verbo) casarnos ya mismo, eso dijimos. Así que decidimos hacer un pacto de sangre. Un peligro en pleno siglo XXI, con un desconocido y sin un solo análisis previo.

Pero no pensé eso en el momento. Sólo me detuvo un segundo el espanto que me dan las navajas, y el dolor, y el miedo que me generaba la idea de cortarme un poco la yema del meñique. Al final usamos unas hojas A4, se le ocurrió a él, y a mí me pareció que eso era signo de que me conocía tanto, de que el matrimonio con ese extraño era lo mejor que podía hacer. Entonces todo me pareció menos demencial, nos cortamos un dedo cada uno y mezclamos el enchastre.

Estuvimos casados “de sangre” los 28 hábiles, encerrados en su casa, fornicando de lo lindo. No hablamos casi nada, apenas comimos, dormimos lo mínimo y la feromona sexy siguió trabajando. No me detuve a pensar, claro que no, y fuimos a buscar nuestra libreta. No puedo decir que formemos parte del 30 por ciento de los casamientos que se suspende a último momento, según los datos que aporta el Registro Civil de Capital Federal. Nosotros nos casamos. El final feliz es que después de un tiempo pudimos divorciarnos fácil, sin odios ni rencores, y que yo aprendí a tomar decisiones con la mente (y otras partes) más en frío.

“Ay, no sé, tengo miedo de lastimarlo”, me dice L. sobre un chico con el que acaba de probar posturas amatorias por primera vez y nota “demasiado entusiasmado”. Su voz suena angustiada en el audio de whatsapp, cuando debería estar chocha, ya que viene de una noche fabulosa, con cojinche, cariño y risas. Así que le di un consejo, porque desde mi aventura matrimonial ando con ánimo de reverenda (digna de reverencia, digo, eh).

“No se puede evaluar nada recién revolcada. Hasta que no duermas bien y profundo, te pegues al menos dos duchas y pongas una mínima distancia, no hay ningún tipo de valoración certera, buena o mala, que puedas hacer. Menos aún, en ese estado, tomar una decisión correcta, porque todo lo que pensás en realidad lo dicta la endorfina, que te tiene teñida de un sentimiento sexual  que no es propicio para pensar, sólo sirve para fornicar”. Grabo ese audio mientras espero en la caja del supermercado y mis compañeros de fila asienten en silencio, como dándome la razón.

Que gracias, y que soy re genia, me dice antes de ir a dormir la mona del súper sexo. Yo ahora camino a casa, con las ecobolsas repletas de botellas de whisky, condones y antiparras, siendo dueña de dos certezas: ante todo, que me alegra que L. se tome un tiempo para pensar qué hacer antes de hacerlo y, segundo, que como cualquier consejera a la que tildan de sabia soy la primera en cometer las faltas sobre las que advierto.

Abro la puerta de casa, donde me espera Henry (oh, sí, ha vuelto) con la mochila lista para irnos en auto a buscar un pueblo de nombre raro que nos tiente y tenga alguna pileta con poco público. Es que anoche en pleno revolcón se nos ocurrió que sería re divertido probar hacer cositas bajo el agua, y sí, qué buena idea, dije, vamos. Y allá vamos.

DZ/dp

Fuente Redacción Z
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