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Astor Piazzolla, el último transformador del tango

Los ortodoxos lo acusaron de «matar» al género, pero su obra amplió los horizontes de la música ciudadana.  A un cuarto de siglo de su fallecimiento, ya nadie escribe tango sin su referencia.

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piazzolla

Por Mariano Suárez

Con la ambición de cruzar el lenguaje de lo popular y lo culto, emergió del mejor linaje de la tradición tanguera -la orquesta de Aníbal Troilo-, a la que luego desafió para, finalmente, instalarse en el canon que hoy ocupa. Su legado trasciende un género (las bateas universales de Amazon lo ubican simultáneamente en las categorías del tango, el jazz, música clásica y world music), pero la pericia compositiva y la amplitud de su enfoque prevalecieron por afirmarse en ese lenguaje popular y local que tan bien conocía a pesar de su crianza neoyorquina.

Formado en la música erudita y entrenado en el discurso musical del jazz, impregnó al tango de una estética más rica y compleja, con un estilo singular y poderoso que combinó elementos nuevos con el pulso natural del género. Fue un derrotero árido y, por momentos, errático. Astor Pantaleón Piazzolla nació el 11 de marzo de 1921 en Mar del Plata y murió el 4 de julio de 1992 en la Ciudad de Buenos Aires, afectado por una trombosis cerebral. En sus 71 años de vida, modeló una obra con alrededor de 1.000 composiciones originales.

Cuando tenía ocho años, su padre le regaló un bandoneón y comenzó su relación con la música. Sus estudios tuvieron una etapa esencial en Nueva York, donde su familia se radicó entre 1925 y 1936, bajo las enseñanzas del pianista húngaro Bela Wilda, discípulo de Serguéi Rachmaminov.

La historiografía oficial del tango se complace en destacar su temprano encuentro con Carlos Gardel en Manhattan, en 1934. Fue durante la filmación de la película El día que me quieras, donde Piazzolla interpretó a un canillita. Detrás de escena, el joven Astor le mostró al zorzal criollo su pericia con el bandoneón. «Vas a ser grande, pibe, pero el tango lo tocás como un gallego», sentenció el cantor. La biografía novelada de su vida que escribió su hija, Diana Piazzolla, completa el diálogo mítico así:  «Al tango todavía no lo entiendo», confesó el novel músico y el consagrado, retrucó: «Cuando lo entiendas, no lo vas a dejar».

De vuelta en la Argentina, Piazzolla inició en 1941 una etapa de estudio decisiva: teórica con Alberto Ginastera y práctica con la orquesta de Aníbal Troilo, donde fue bandoneonista primero y arreglador después. A menudo, Pichuco tenía que moderar sus composiciones para no espantar a la ortodoxia tanguera y, sobre todo, para aplacar las quejas de sus propios músicos, que necesitaban horas de estudio para llevar al escenario las partituras del bandoneonista.

En 1944, el compositor abandonó la orquesta de Troilo y formó la suya propia, que acompañó al cantor Francisco Fiorentino, pero la experiencia terminó a los cinco años. Piazzolla estaba decidido a investigar nuevos horizontes artísticos, era 1949 cuando dejó el tango y el bandoneón y se puso a estudiar otras sonoridades. Tenía 28 años. En París, mientras estudiaba con la prestigiosa pedagoga Nadia Boulanger, la misma que le enseñó a Miguel Angel Estrella, encontró su estilo personal y se reconcilió con el género.

Volvió a la Argentina en 1955 y formó el Octeto Buenos Aires. Dos bandoneones, dos violines, un contrabajo, un cello, un piano y una guitarra eléctrica fueron entonces su motor de innovaciones compositivas y entonces sí, rompió para siempre con el formato tradicional del tango. La experiencia fue revulsiva, y Piazzolla disolvió su orquesta para ir a Nueva York, donde trabajó como arreglador. En esa etapa escribió el célebre Adiós Nonino, a raíz de la muerte de su padre.

De nuevo en Buenos Aires, ya en la década del 60, Piazzolla conformó el Quinteto que fue, acaso, la formación que mejor expresó sus ambiciosas ideas musicales, con un bandoneón, un violín, un bajo, un piano y una guitarra eléctrica. En 1966 se separó de su primera esposa, Dedé Wolff. Inauguró un nuevo ciclo musical en 1968, asociado al tango canción, en conjunto con el poeta Horacio Ferrer y la cantante Amelita Baltar, su nueva pareja por ese entonces.

En 1972 Piazzolla se radicó en Italia e inició una serie de grabaciones, entre ellas Libertango, con las que se ganó la admiración del público europeo. Su registro, dicen sus detractores, era menos tanguero y con mayor arraigo comercial. En sus últimos años, acaso los de mayor difusión de su música, intensificó su exploración en lo sinfónica. Su obra, inmensa, encontró inspiración en las innovaciones de Osvaldo Pugliese en piezas como Negracha o La Yumba, pero sobre todo con aportes extraños al género, como los del pianista y compositor de jazz estadoundiense George Gershwin.

Piazzolla incorporó al tango sonoridades hasta entonces consideradas disonantes, cadencias armónicas propias de otros géneros e impuso una célula rítmica diferente de la tradicional. Fue, tal vez por eso, un gran polemista. Desde las trincheras de la palabra enfatizó contradicciones que, en más de un sentido, señalaban una distancia discursiva que su música no trazaba de forma tan categórica.

 

Fuente Télam
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