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TEMAS DE LA SEMANA

Artesanos: manos que vuelven mágico lo cotidiano

Trabajos que requieren dedicación y mucha paciencia, clientes que saben apreciar un objeto bien terminado, forman parte de un universo que se niega a caer bajo el imperio de lo descartable. 

Por Juan Carlos Antón
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En Pichincha 440 se levanta Creaciones Urbano, “alta costura femenina”. El lugar es atendido desde hace 45 años por Lola, una española de Pontevedra que vino a la Argentina cuando era muy joven. Su hijo David la asiste en el taller. Lola cose y corta, pero su fuerte es la atención al público. “Me encanta la gente”, dice. Una clienta le encarga arreglar dos dobladillos y un cierre y ofrece pagar por adelantado. Hay confianza mutua, tradición, cariño. Es el mundo de los oficios artesanales.

Lola aprendió desde pequeña: “En España te mandaban a coser”, recuerda. Ayudó a su marido en su trabajo de sastre y tras quedar viuda, decidió seguir por su cuenta, junto con su hijo. “El primer sastre era mi papá –dice David mientras Lola atiende–. Él hacía vestidos de novia, de madrina, confeccionaba camisas y sacos, siempre para mujeres. Si bien hice la carrera de Diseño de Indumentaria, es más lo que aprendí trabajando con él”.

En general, la clientela de madre e hijo está compuesta por mujeres de 60 o 70 años que encargan tapados y sacones a buen precio que, se espera, duren más allá de las modas. David advierte que por el barrio, Balvanera, no puede cobrar caro: “Uno se adecua al lugar donde está. Un saco, dependiendo de la tela, puede costar a partir de 800 a 1.000 pesos. El saco que yo puedo cobrar acá a ese precio, en Barrio Norte sale 2.000 pesos o más”.

El trato personal y la calidad son las claves del negocio. “La paciencia que te tiene el cliente es fundamental. A veces estoy sobrepasado y me esperan. Soy meticuloso y me gusta que esté bien. Y sé que los que se enojan y se van, terminan volviendo porque a veces en otros lados les hacen cualquier desastre. Es que podés encontrar un traje sastre a 300 pesos, pero no te dura. Nosotros siempre usamos telas buenas. Con ropa a medida se utiliza cheviot o hilo”, asegura David.

¿Hay mujeres que tengan un casamiento y que se quieran hacer la ropa? “A patadas –dice Lola–. Las mujeres todavía se casan y los hombres también. Y la gente no quiere recortar gastos con la ropa, menos las mujeres. Me encanta este trabajo aunque lleve su tiempo”.

CON BUENA MADERA

Otro de los oficios que implica pasarse horas y horas trabajando con las manos es el de luthier. Ariel Villanueva, músico y compositor, hace guitarras, laúdes y engendros (instrumentos similares a la guitarra con modificaciones). Muestra una de sus “laudarras”, mezcla de laúd y guitarra, la toca y dice: “Para hacer una de éstas, si estuviera trabajando todos los días, calculo que en un mes la terminaría”. Ariel tiene su propio taller desde hace siete años y allí arma instrumentos y da clases a quienes quieran saber su funcionamiento. “Hay gente que encarga guitarras, aunque son más las reparaciones o restauraciones. Lo hago tranqui, no tan masivamente. Es que si me llegaran a encargar cinco guitarras, este lugar no daría abasto.”

Según explica, un luthier con mucha trayectoria puede cobrar hasta 25.000 pesos por una guitarra de diez cuerdas. Él todavía no: “No es por devaluar mi trabajo, yo respeto y estoy seguro de lo que hago, pero tengo mucho de proyectar mis cosas en los demás. No sé si está bien o mal, pero es lo que hago. Si alguien tiene muchísimo dinero, la verdad es que no va a recurrir a mí”.

Ariel tiene sus teorías y actitudes respecto del trabajo del luthier: “El ambiente es complicado. Ya de por sí la información no se comparte. Viene mal parido desde hace cientos de años. Persiste la ortodoxia: las cosas se hacen así porque son así. Esto me parece contraproducente y contrario a lo que hizo la historia con los instrumentos. A lo largo de la historia, los instrumentos se fueron modificando no por decisiones personales, sino por accidentes”. También se diferencia de los métodos de trabajo “más tradicionales”: “Yo uso herramientas eléctricas. A veces algunos tratan de mantener el tipo de herramientas antiguo, en ciertos casos caprichosamente. Yo no hilo tan fino con eso. Apunto más a una cuestión de diseño”.

Afirma que comenzó a fabricar instrumentos “sobre todo por inquieto”: “Llegó un momento en que me resultaba mejor aprender a construir cosas que mandarlas a arreglar. Fue investigación pura, intentar prueba y error, y lo que hice fue leer a algún luthier que haya tenido la voluntad de compartir su información. Hoy en día cada vez son más. Internet es una herramienta milagrosa”.

¿Qué se siente al armar un instrumento, durante el proceso de días y días de trabajo? Sin dudarlo, Ariel dice “autodeterminación”. “Sobre todo eso. No relax, no descarga o terapia. Nos enseñaron a que si no es tu función, no lo hagas, a que no estás capacitado para hacerlo si no te aprobaron o habilitaron. Y esto no es así. Hay un proceso de aprendizaje. Es un desafío personal. Lo hago y lo logro”. Explica que hay cosas que le resultan tediosas como lijar una madera muy dura pero que lo hace igual: “La cuestión es no dejarte vencer. Hay mucha gente que podrá decir que no soy luthier como en su momento me han dicho tantas cosas, pero lo que siento es que a pesar de la mirada o de las restricciones ajenas, lo intento igual”.

 

ENTRE MUÑECAS Y OVILLOS

“Soy artesana de alma y manualista de corazón”, dice Iris, que enseña los secretos de hacer muñecas, hadas y cuadros de arte francés en el Taller de Artesanos de Colombres al 800, en Boedo. Iris recuerda que comenzó su trabajo poniendo una manta en una feria de San Justo, de donde es oriunda. “Yo nunca había aprendido formalmente. Hacía muñequería y fui feriante muchos años, tirando paño desde muy abajo. Con el tiempo fui mejorando la técnica, tomé cursos y al final nos dieron puestos y me gané el respeto de los artesanos”.

Iris dejó las ferias y ahora enseña su oficio y vende sus trabajos a través de internet. “Siento un gran placer con el trabajo manual. Antes me encantaba ver la cara de las criaturas cuando les compraban mis hadas. Ahora, que estoy en la etapa de enseñar, también siento gran placer”.

Especializada en tejidos, Laura Gauther, la directora del Taller, explica que siempre empuja a sus alumnos “a que si quieren, vendan sus trabajos, como una ayuda para mejorar los ingresos”. Algo que ella misma hizo cuando, hace más de 10 años, comenzó a comercializar algo de lo que fabricaba como hobby: “Tejo desde chiquita –recuerda Laura–. En la crisis de 2001 empecé a aprender telar y me encantó. Con el telar se puede hacer de todo: bufandas, carteras, tapices. Empecé solita con una amiga que me prestó una habitación y siempre tuve el sueño de hacer un taller propio. Con el tiempo lo logré”. Si bien sigue manteniendo su trabajo en una oficina, asegura que su lugar está en el taller: “Mis compañeros me decían: haceme un pulóver para mí. Yo tenía miedo de que algo saliera mal, pero les gustaba lo que hacía. Empecé a crecer. Invertí. De la habitación de mi amiga, me alquilé una casa. Y de a poco fui armando el taller”. En los salones se ven bufandas, pulóveres y sacos hechos por Laura. “Los trabajos artesanales argentinos, en general, están muy bien considerados en el exterior. De hecho recibimos consultas por talleres todo el tiempo. Lo que yo hago es un trabajo de diseño propio. Yo lo inventé”, dice orgullosa.

Específicamente, los tejidos de Laura son mezcla de manualidades –los realizados con dos agujas– y artesanías –telar y crochet–, pero ella no ve distinción entre unos y otros. “Finalmente hay creatividad en todo. Y es mi terapia. Además amo enseñar. Después del trabajo estresante que una a veces tiene que aguantar, hago esto y disfruto. Trabajar con las manos me hace feliz”.

DZ/km

Fuente Redacción Z
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