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TEMAS DE LA SEMANA

Arte callejero, lo que se expresa desde las paredes

Numerosos artistas urbanos han transformado las calles de Buenos Aires en un colorido manifiesto.

Por Cecilia Alemano
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La guerra es un buen negocio, invierta un hijo.» «El Congreso sirve para algo» (Las palomas).» «Volveré y seré remeras» (El Che Guevara). Un buen día, alguna mano de pintura borró estas y otras frases ingeniosas -herederas de la tradición de las pintadas del Mayo Francés- de las paredes de la ciudad de Buenos Aires. Hoy sólo quedan alusiones a bandas de música, a clubes de fútbol y algún que otro grafiti romántico. Pero, ¿se fue con ellas la ironía? ¿Qué ocupó su lugar?

«Hasta mediados de los 90, en nuestro país, el grafiti siempre había sido mucho más verbal que icónico», explica Claudia Kozak, investigadora de la UBA y autora de Contra la pared, un exhaustivo análisis sobre el grafiti porteño. «Pero debido en gran parte a la audiovisualización de la cultura y a la globalización, ese fin lúdico-político cedió espacio a otras formas que privilegian la imagen.»

Se lo conoce como street art, o arte callejero, sin más. En Inglaterra, un misterioso artista de identidad aún desconocida que se hace llamar Banksy se hizo tan popular con su talento y mirada ácida que hay libros, muestras y merchandising dedicados a su obra. En la misma Londres, en Berlín, París, Nueva York, Melbourne y San Pablo hay tours para conocer los principales exponentes del fenómeno. Y desde hace un año, Buenos Aires tiene el suyo (ver aparte).

En la Ciudad se distribuyen sobre todo por Colegiales, Palermo y Villa Crespo, aunque también se pueden ver en Flores y otros barrios de zona oeste. Los hay de estilo hip hop, que consisten en el seudónimo de sus autores u otras palabras deformadas; stencil, que se hace con una plantilla y aerosoles; y lo que se conoce como «muñequismo», que son más grandes, se pintan con látex y por lo general remiten al imaginario infantil del artista. También hay, y no son pocas, auténticas obras murales regaladas al paseante en una terminal de colectivos o una esquina abandonada.

Incluso con leyes que la restringen, esta actividad urbana se intensifica día tras día. Mientras que el grafiti es uno de los delitos de daños tipificados en el Código Penal de la Nación; y el artículo 80 del Código Contravencional porteño castiga con uno a quince días de trabajo comunitario y multas de $200 a $3.000 al que «manche o ensucie bienes de propiedad pública o privada», en general es una figura legal de tan difícil aplicación que el Gobierno de la Ciudad se limita a gastar grandes sumas anuales en repintar paredes. En ocasiones, los artistas se ponen de acuerdo con el dueño de casa; o pintan en tiempo récord, antes de que los encuentren.
La mayoría de estos artistas urbanos son diseñadores gráficos, como Leo Liberti, de 35 años, quien no pidió permiso para convertir el tanque de agua de su edificio en un muñeco rojo. «El consorcio había hecho pintar la fachada y dejaron el tanque gris y sucio como estaba», explica. «Cuando lo miré, me sugería una cara de videojuego: con ojitos cuadrados y chimeneas como orejas». Hoy su creación, en las esquinas de Culpina y Bonifacio, en el barrio de Flores, se puede ver desde la autopista y hasta tiene un nombre: «Eddy Ficio», en honor a un personaje de las figuritas «Basuritas» que Liberti coleccionaba de chico. Hoy, aspira a hacer de la «customización» de tanques una movida mundial.

Aunque la mayoría sigue pintando por amor al arte -invirtiendo entre $60 para un grafiti, a $400 para un mural de látex- hay quienes advierten una domesticación del fenómeno, cada vez más cooptado por empresas que lo ven como un modo cool de publicitarse. En julio de 2009, por ejemplo, la marca de ropa deportiva Puma -junto a otros sponsors- organizó en Recoleta el Festival Puma Urban Art, en el que se presentaron artistas urbanos de todo el mundo. También Nike instaló un local en la galería Bond Street donde exhibe zapatillas intervenidas por artistas callejeros.

Francisco -alias «Bes»- grafitea hace siete años y no ve una moda en esto. Para él es un modo de expresarse: «Aunque algunos estilos puedan ser similares, cada uno representa a su autor», afirma. En cambio, Gustavo Gagliardo -alias Defi-famoso por los dibujos inspirados en sus gatos de la niñez, sí ve el auge del street art: «Hasta mi mamá reconoce algún mural mío cuando alguna agencia de publicidad ‘chorea’ la imagen», asegura. Frente a los que usan la pared para promocionarse, él no firma los trabajos: «La idea es que la gente reconozca tu obra por lo que dice».

Los stencileros también trabajan de forma anónima, aunque el grupo Buenos Aires Stencil ya ganó una fama considerable en la Ciudad: «En gran medida son los que concentran la crítica social, al menos a los que proliferaron entre 2001 y 2003 o 2004», sostiene Kozak, y recuerda uno de las imágenes más famosas (que hasta Maradona lució en una remera): Bush con orejas de Mickey y la leyenda «Disney War». Según Kozak, «el stencil logra con un juego de imagen y palabras el mismo tipo de ironía que en los 80 había sido propio del grafiti verbal».

 

Fuente Redacción Z
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