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TEMAS DE LA SEMANA

Arquitectura: El pasado que nos mira desde las alturas

Un libro releva unas dos mil máscaras de edificios. Prevalecen rostros de mujer pero también figuras mitológicas, animales y hasta retratos de los propietarios. 

Por Redacción Z
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No hay barrio de la ciudad de Buenos Aires donde no haya al menos una. Desde el centro porteño hasta los arrabales de casas bajas. Están allí desde hace más de un siglo. Nos rodean. Nos observan. Nos interpelan. Pero no las vemos. O acaso algo peor: no les prestamos atención, concentrados en esquivar veredas rotas y soportar bocinazos. Y así, como anestesiados pasajeros en tránsito, nos perdemos de disfrutar de esas fascinantes máscaras que adornan las fachadas de los edificios. Desde las alturas, entre árboles, cables de luz y pasacalles con felicitaciones y deseos varios, asoman sus rostros pétreos, cargados de muecas de alegría, horror, dulzura, picardía o tristeza.

Durante dos años, el periodista Sergio Kiernan recorrió las calles de “los cien barrios porteños” y registró con su cámara fotográfica ese mágico mundo de dioses, niños mofletudos, amas de casa sonrientes, diablillos y adolescentes deprimidas. Y su minucioso trabajo se plasmó en un delicioso libro, Las máscaras de Buenos Aires, editado por la Comisión para la Preservación del Patrimonio Histórico Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. “La arquitectura tradicional de Buenos Aires es un animal en vías de extinción, entonces hay que registrarla antes de que los especuladores de la construcción demuelan todo y nos dejen rodeados de edificios de departamentos sin ninguna gracia ni arte”, dice Kiernan.

Piezas de arte
En el libro, concebido como un catálogo de máscaras porteñas, se exhiben como si fuesen fotos carné un millar de ejemplares. “Quise mostrar la máscara como una pieza de arte individual. Por eso, las fotos son retratos de rostros”, apunta el autor. Luego de dos ensayos sobre el tema, las imágenes de máscaras se suceden una al lado de la otra –en su mayoría nueve por página–, sin espacios en blanco ni texto. La variedad y belleza de esos rostros que no miramos, impacta, conmueve, cautiva.

En total, se distinguen nueve categorías para el material relevado: Máscaras tempranas; Retratos; Máscaras clásicas; Máscaras victorianas; Máscaras Art Noveau; Máscaras en puertas; Máscaras Art Déco; Máscaras del Cementerio de Recoleta y Bestiario porteño. El autor incluyó al final del libro de 200 páginas un índice con las direcciones de todas las piezas. Se las puede encontrar en casas particulares, comercios, hoteles, garajes y oficinas, bancos, correos, palacetes y hospitales. “La máscara es uno de los más bellos elementos de lo que fue un arte, la arquitectura, que se daba el lujo de pensar en belleza y poética hasta en sus desarrollos comerciales”, afirma el autor.

Kiernan estima que en la ciudad se conservan alrededor de dos mil máscaras. Muchas de las que figuran en el libro ya no están en los edificios en las que fueron fotografiadas. “Espero que hayan sido vendidas a un anticuario y no tiradas en un volquete junto con los escombros”, se esperanza. Y afirma que su libro es “un catálogo de sobrevivientes, de las máscaras que quedaron”.

Estos rostros aparecieron en Buenos Aires alrededor de 1860, coincidiendo con una primera inmigración italiana, que llega a esta lejana parte del mundo con sus oficios, gustos y estilos. La sobriedad de las construcciones coloniales dio paso a edificios que adoptaron una variedad de elementos decorativos, entre ellos las máscaras. El auge ornamental de la arquitectura porteña se registró a principios del siglo XX, cuando se construye estilo francés e italiano, y comienza el art noveau. Hacia fines de la década del veinte del siglo pasado, la arquitectura se modernizó y la moda de ornamentar edificios terminó. “Los arquitectos dejan de ser artistas para ser meros constructores”.

Un camino de luces y sombras
En sus “largas pero placenteras” caminatas por la ciudad, Kiernan identifica, no sin sorpresa, que la calle con mayor concentración de máscaras es Estados Unidos. “Hay más de 70; un promedio de dos por cuadra”. Luego siguen México, Uruguay y Rodríguez Peña. “En la calle Uruguay, donde hay una pieza por cuadra, tal vez estén las mejores. Hay más de 40, algunas de una gran belleza”. También la avenida Rivadavia engalana con magníficas piezas art déco los barrios de Flores, Caballito y Once.

Las zonas donde sobreviven más máscaras son, naturalmente, las que registran la mayor concentración de edificios antiguos: el norte, el sur y el centro. “Esto explica, por ejemplo, por qué hay más ejemplares en la calle Estados Unidos que en todo Belgrano”, apunta Kiernan. Otra conclusión del relevamiento es que las avenidas mantienen una importante concentración de máscaras en la zona céntrica, pero a las 20 o 30 cuadras esa densidad disminuye debido a que las casas de los barrios fueron reemplazadas por edificios. Éste es el caso de las avenidas Corrientes, Córdoba y Belgrano.

No todas son respuestas definitivas en el mundo de las máscaras porteñas. Por ejemplo, aunque eran patrimonio de todas las clases sociales y de todos los barrios, no parece que haya habido reglas rígidas para su adopción. “Hay ejemplares en fachadas inesperables y faltan en edificios que parecen incompletos sin ellas”, afirma el autor.

Tampoco parecen haber sido un símbolo para dar una señal de prestigio social. En cambio, la elección en el estilo de las máscaras marcaba una diferencia social. En los barrios de clase media se optaba por piezas art noveau, con rostros muy expresivos, y en las zonas más exclusivas se elegían piezas de estética clásica. “Es excepcional encontrar una máscara art noveau en Recoleta, mientras que de Congreso a Once es el estilo predominante”, explica. Lo que parece seguro es que la máscara no era una ornamentación de gusto masivo.

Chicas neuróticas, dioses y leones
En su estudio, Kiernan descubre que prevalecen los rostros femeninos, tanto de personajes míticos como de adolescentes y señoras reales. Hay mujeres sonrientes, dulces, tiernas, pero también una mayoritaria cantidad de rostros de adolescentes melancólicas, alarmadas y deprimidas. Un muestrario de angustiados rostros femeninos que obsesiona a Kiernan: ¿por qué tantas máscaras art noveau parecen casos de depresión mal medicada?, se plantea.

La variedad de motivos de las máscaras lleva a preguntarse por sus técnicas y su origen. En cemento o terracota, había ejemplares que se importaban de Italia, otros se elegían entre una serie de moldes, algunas se creaban como piezas únicas y había además una sorprendente cantidad de talleres de escultores. Muchas son retratos de mujeres de la familia dueña de la propiedad. En una casa de la calle Deán Funes, arriba de la puerta principal se destaca una máscara de una señora gorda y sonriente, mientras que a su lado hay un retrato de un niño con boina, muy parecido a la mujer. En otra ventana, un agujero denota la ausencia del retrato de otro miembro de la familia. Un caso similar: en un jardín de infantes de la calle Yerbal, dos máscaras de jovencitas, una sonriente y la otra muy triste, hace sospechar que son los retratos de las hijas de quien encargó la construcción. En el Palacio Ortiz Basualdo, un rostro femenino llamó la atención de Kiernan. “Le mostré la foto a un familiar de la señora Ortiz Basualdo y me confirmó que era ella”, cuenta.

También hay máscaras masculinas: dioses, guerreros y diablillos. Casi siempre son rostros de personajes míticos y no de hombres reales. Aunque suele haber excepciones, como el caso del arquitecto Enrique Lemmonier, que aplicó en el frente de un edificio céntrico que construyó una máscara muy sonriente de sí mismo. Y no falta en las fachadas de los edificios un completo bestiario, que incluye águilas romanas, vacas y una abrumadora mayoría de melenudos leones. Más: rostros de animales fantásticos, monstruos y ogros.

Registro de épocas más poéticas y menos metálicas, las máscaras se asoman desde las alturas porteñas, a pocos metros de la marea de transeúntes que recorre la ciudad a diario. Basta alzar un poco la vista y empezar a develar el secreto de esos rostros casi humanos.

 

Caras que espían desde arriba
Entre el millar de máscaras que Sergio Kiernan fotografió para el libro, algunas tienen una posición de privilegio en sus preferencias. Entre ellas, figuran las de dos edificios públicos. En realidad, se trata de dos colecciones. “Son tal vez las mejores de toda la ciudad”, apunta. Una de esas colecciones está en el edificio del Palacio de Tribunales. “Son ejemplares preciosos. Están medio escondidos, en la parte más alta del edificio y no es fácil verlos. Se encuentran sobre las entradas de Lavalle y Tucumán”. Hay una gran mezcla de motivos en esas colecciones. En un sector de la fachada del Palacio hay piezas de personajes celtas, “parecidos a los dibujos de Asterix”, y en otra parte del edificio se distribuyen varias máscaras art noveau de rostros de mujeres. “Es una elección difícil de explicar”, acota. En tanto, su otra colección de máscaras predilecta es la del edificio de la Legislatura porteña. Son cuatro piezas que se repiten. “Es un edificio minuciosamente planeado, de estilo inglés con elementos franceses, y en medio de la fachada hay una colección de máscaras muy bonita de rostros clásicos. Son piezas de una calidad notable.”  Entre los hallazgos que más simpatía le provocaron a Kiernan figuran las máscaras de un comercio de Alsina y Entre Ríos. “Están en un mercado y en la fachada de esa vivienda de dos pisos hay una máscara de una vaca y otra de un chancho. Es la única máscara de chancho que hay en el libro. Me encantó encontrar ese ejemplar.” Otra perlita: la única iglesia que tiene una máscara en la ciudad es la Basílica San Francisco, en Alsina y Defensa. Allí se puede ver un querubín con alas. “No hay máscaras en las iglesias porque las máscaras son paganas y remiten a los dioses romanos”, puntualiza.

dz/lr

Fuente Redacción Z
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