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TEMAS DE LA SEMANA

Argentinos campeón: el barrio que no durmió

La Paternal vivió su noche inolvidable con el quinto título en la historia de Argentinos Juniors.

Por fernando-casas
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Pasadas las seis de la tarde, ya consumado el triunfo ante Huracán por 2 a 1 en Parque Patricios, las calles aledañas al Estadio Diego Armando Maradona comenzaron a tapizarse de banderas rojas y blancas. La espera se había terminado, 25 años después del triunfo en el Torneo Nacional de 1985, «el semillero del mundo» volvió a ser el epicentro de los festejos. Antes hubo un partido en el que hubo que sufrir.

En uno de los codos de la popular que ocuparon los hinchas del «Bicho», se ubicaron dirigentes, familiares de jugadores y reconocidos simpatizantes de Argentinos Juniors. Juan Pablo Sorín llegó a la cancha a los diez minutos del comienzo del juego, acompañado de un amigo. Fue uno de los más saludados en la tribuna, firmó autógrafos y posó para cuanta foto le pidieron. Sonrisa amplia, algo nervioso, nos confesó: «Me vine volando desde Brasil para estar, hacía muchísimo que no vivía un partido parado, desde la popular, y con tanto sufrimiento».

Gabriel Schultz, conductor de TVR y ladero de Matías Martin en Radio Metro, estuvo junto a su hijo, tal cual había prometido en la televisión la noche anterior. Lo descubrimos durante el entretiempo, Argentinos ya ganaba 1 a 0. «Quiero que hagan otro gol, nos perdimos muchos, o que termine ya, basta ¡esto es un sufrimiento!».

También el ex jefe de gabinete Alberto Fernández, estoico ante el frío, estuvo en esa especie de popular vip. Dijo «estar ilusionado y confiado, pero preferiría hablar después, no vaya a ser cosa que…». Pero fue imposible ubicarlo porque tras el pitazo final, ingresó al campo de juego junto al presidente Luis Segura y la cúpula dirigencial a festejar con los jugadores. Diario Z intentó seguir sus pasos, pero le cerraron el portón pese a la identificación de prensa que llevaba colgada en el pecho. Tras unos minutos de incertidumbre, nuestro enviado recordó la persecución del Secreto de sus ojos. Fue grabada en esos pasillos, y si los cálculos no le fallaban, para ingresar al mismísimo campo de juego debía seguir el periplo de Darín y Francella en la película. Dio resultado. «Salí recién, vuelvo a entrar», le dijo cuando tuvo cara a cara al hombre de seguridad y entró al césped. La masa roja y blanca de la popular era imponente vista desde el campo. El arquero chileno Nicolas Peric lo comprobó cuando recibió la ovación. «La verdad que nunca imaginé ser campeón cuando llegué… ni este reconocimiento», nos confesó aún con los guantes puestos. «Chileeeno, chileeeno», tronaba la noche roja y blanca desde la tribuna. Claudio Borghi se abrazaba con su hijo Filipo, al que le regaló la medalla de campeón. «Todo esto es muy lindo», graficó «El Bichi». Y buscaba con la mirada, alambrado de por medio, a su mujer, Mariana, y a su suegra.

José Luis Calderón era uno de los más buscados por los medios radiales y televisivos. A cada uno repetía: «Pude despedirme del fútbol en una cancha, y además como campeón, agradezco a Claudio Borghi que confió en un jugador retirado». Juan Mercier, autor del primer gol, declaraba a los periodistas. Un gorro de lana color rojo le cubría la pelada. «Este título está dedicado íntegramente a nuestras familias y a los hinchas claro». El hombre surgido del fútbol de ascenso y convocado por Maradona a la selección, coronó un semestre impecable como baluarte del mediocampo. Su compañero en el mediocampo, Néstor Ortigoza, también convocado pero a la selección paraguaya, fue junto con Gustavo Oberman el primero en treparse al travesaño, quitarse la remera para revolearla y gritar «dale campeón, dale campeón» de cara a los hinchas de Argentinos.

Luego de alzar el trofeo en el escenario montado por la A.F.A, de cantar y saltar para los flashes, los jugadores ensayaron el chapuzón en el pasto con la copa como referencia. Se acercaron por última vez a la tribuna, recibieron el respetuoso aplauso de los pocos que quedaban en la platea de Huracán y continuaron con los festejos en el vestuario hasta una hora y media después de finalizado el juego. A esa altura de la noche, siete y media, los jugadores estaban avisados de que las calles de La Paternal se habían convertido en peatonales. Y hacía allí fuimos.

El barrio lucía exultante, como cada carnaval. Integrantes de la murga Cachengue y Sudor y otras aportaron sus bombos al bullicio. Color, emoción, griterío al ver aparecer por Boyacá y Juan Agustín García el micro descapotable y ploteado para la ocasión. Los jugadores cantando, la copa de mano en mano, de Ismael Sosa a Matías Caruzzo, de Facundo Coria a Federico Domínguez.

La cancha al fin abrió sus puertas para recibir a los héroes de Borghi. Un estadio colmado explotó al verlos emprender la carrera loca por el césped hacia los cuatro costados. Ahora sí la vuelta olímpica, máximo anhelo de cualquier club, de cualquier jugador, de todo hincha. Y la fiesta fue total, hasta la madrugada, hasta qué importa del después. Alvarez Jonte, Camarones, y hasta avenida San Martín, no quedó esquina donde no se juntaran los hinchas a festejar, a hacerse ver y escuchar. No hubo estandarte sin colgar de los balcones. No hubo otro color, no habrá ninguno igual, tan distintivo por estos días, que el rojo. Gorro, bandera y vincha en medio del frío. Corazón rojo y blanco, de barrio y equipo campeón.

 

Fuente Redacción Z
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