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Antonio Tarragó Ros: ‘Si no existe el chamamé, yo no existo’

Correntino chamamacero, el autor de «María va» habla de los entresijos del alma litoraleña.

Por Raisa Giussi
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Autor de clásicos de la música popular como «Carito» y «María va», Antonio Tarragó Ros es uno de los referentes más importantes del folklore litoraleño. Y forma parte de un linaje.

Es hijo de Antonio Tarragó Ros, uno de los grandes impulsores del chamamé -ese ritmo que nutre sus raíces en la cultura guaraní y representa como ninguno el alma de los que viven a orillas de los ríos. Y también es el padre de Irupé y Laura, también folkloristas.

Antonio fue criado en Corrientes por abuelos anarquistas y cuando ellos murieron viajó a Rosario a vivir con su papá. Al principio, su música fue considerada demasiado transgresora para un cantor popular que, para más datos, era tan gaucho como seguidor de Konstantin Stanislavsky, el creador del método de actuación de la memoria emotiva.

¿Cómo fue dejar Corrientes?
Yo no conocía nada del país, me crié en la casa de mi abuela hasta los nueve años; ella me enseñó a leer y a escribir. Cuando mis abuelos murieron, salí al mundo. Me hice peón de campo, vareaba yeguas. Tuve una vida muy dura pero esas cosas me la fueron condimentando. Cuando pasaron los años y empezó a morirse gente querida, volví a Curuzú y ya no encontré el pueblo de mi infancia; el Curuzú que yo añoraba no iba a regresar nunca. Mucho dolor es el irse. Pero no quiere decir que el dolor esté mal, sólo del dolor se crece.

¿Y de Buenos Aires que te sorprendió?
Me sorprendió descubrir que el porteño es el tipo más dulce y tierno del mundo, porque es un tano, emocionable, cariñoso, calentón, leche hervida. Cuando vos te ponés a pensar en los malos, siempre son del interior. En la política por ejemplo, Domingo Cavallo era cordobés, Julio Roca era tucumano. Si el porteño fuera tan jodido no sería el dueño del tango, que tiene una poesía de un vuelo impresionante, el dueño del rock, que es una música muy citadina.

¿Por qué creés que tu música fue resistida al principio?
Porque existía. Yo sabía que iba a causar resistencia, porque tenía en la cabeza una música y una estética que no eran la que veía alrededor. Pero eso me hizo crecer mucho, hacer autocrítica, mirar muy bien lo que mostraba. Yo escucho decir a algunos compañeros que muestran sus búsquedas. Yo siempre mostré mis hallazgos. La resistencia está bien, hace crecer al que resiste y al que avanza. Lo que siempre está mal es la permeabilidad fácil.

¿Qué te enamoró del chamamé?
Es como si vos me dijeras qué te enamoró de respirar. Si no existe el chamamé yo no existo. Yo formé toda mi vida, mi psiquis, mis sentimientos, mi lenguaje, con el chamamé. Y lo encontré ideológica y filosóficamente al lado de mi padre. Cuando me fui a verlo a él me di cuenta de que alquilaba una casa en una calle de tierra. Y él venía de una familia que era dueña de tres de los 40 autos que había en Curuzú. Haber renunciado a eso y que esa realidad le pareciera mucho más valiosa me hizo entender. A mí siempre me impresiona cómo el pobrerío lo quiere a papá. Yo tengo el acordeón siempre en el auto, muchas veces me bajo y toco. Y me emociona. Una vez yo le pedí a papá que me pasara los trucos para que se emocione la gente, que eran tipos de campo, parcos. Entonces me miró y me dijo «querele a la gente.» Pero yo insistía: «Sí, yo le quiero pero ¿cómo hago?» y él me dijo de nuevo: «Querele nomás, que ellos saben». Y después leí Stanislavsky, y lo que te pasa, pasa. Por eso yo soy un enamorado de los tipos que tocan pocas notas. La poesía en la música es eso, no escalas, es decir algo, cambiarme la vida, un ratito aunque sea. Eso lo aprendí con Hugo Díaz. Yo sólo hacía escalas y él me cargaba. Un día me lleva a tocar una chacarera con la verdulera, y me dice: «Che Antonio, vos sos cantor, dejá de hacer tantas notas». Y me cargaba siempre «yo no quiero ni subir al ascensor con éste, porque si se pone a practicar, toca todos los botones». Y un día me llevó a ver a Troilo, y ahí entendí todo. Empecé a sacar notas.

¿Cantás en guaraní?
Poco. Me gustaría cantar más. Para cantar un chamamé en guaraní tiene que estar escrito en guaraní, porque suena muy diferente. Es un idioma de una gran complejidad, poético. Hay ejemplos que son extraordinarios. Atardecer en guaraní es embe ara, los labios del sol. Hay algunas otras cosas que quizás a nosotros no nos parezcan tan lindas porque quizás no las entendemos. Es como la canción del Chango Rodríguez «me acuerdo de un ciego, que me habla de un cielo que no puedo ver».

¿Qué hacés cuando no hacés nada relacionado a la música?
Me gustan los bichos, me emociona el relincho de los caballos. Hay un caballo al lado de mi casa y yo le doy de comer mucho, entonces paso y me reconoce. Cuando salgo a trotar, me relincha, me conoce la tos. Nosotros tenemos tres perras y dos gatas. Curamos perros de la calle, llevamos al veterinario a los que están enfermos, de todo. También escribo mucho, hago televisión, hago programas de radio y soy decimista.

 

DZ/sc

Fuente Redacción Z
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