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TEMAS DE LA SEMANA

Angélica, mujer de dos centenarios

La religiosa, nacida en 1904, recuerda la Buenos Aires de su infancia y cuenta sus esperanzas.

Por Ignacio Guebara
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Anuncian «ahí viene», y una figura avanza des­de el fondo del pasi­llo de la parroquia del Corazón Eucarístico de Jesús, en Montevideo al 1300. Es una an­ciana afable y pequeña, de cami­nar firme aunque se ayude con un andador. Nacida el 4 de febre­ro de 1904, María Angélica Nan Ovejero es una de las pocas ar­gentinas que aguarda al Bicente­nario con 106 años de vida.

Nació en Buenos Ai­res, al poco tiempo su familia se mudó a Coronel Moldes, un pue­blito que acababa de fundarse en Córdoba. El regreso a Buenos Ai­res ocurrió recién cuando los diez hermanos llegaron a edad escolar. «Mi padre no quería que nos que­dáramos sin instrucción, y por eso compraron una casa en un pueblo que se llamaba San Martín, que ahora es una gran ciudad», recuer­da. «¿Vos sos de San Martín?», pre­gunta Angélica. En aquel «puebli­to» del Centenario hoy viven casi medio millón de personas.

Algunos años después, los Nan se mudaron a Villa Devoto, y la monja recuerda imágenes de su juventud: «Lo que más me llama­ba la atención era el farolero que prendía las luces de la vereda con una mecha encendida. Otro era el aguatero, que traía en unas bote­llas enormes el agua para consu­mo personal, porque no se podía tomar agua de pozo». En el institu­to María Auxiliadora, de Almagro cursó el magisterio. «Viajábamos en cupés, unos coches a caballo; íbamos en la parte de atrás y el co­chero adelante solo», sonríe.

Ya veinteañera, ingre­só en la congregación de las Es­clavas del de Jesús. Tras dos años y medio de noviciado en Roma, regresó a la Ciudad para dar clases en el Instituto Manuel Belgra­no, sobre la calle Cuba. «Muchas de las maestras eran españolas, y no iban a poner a una española a dar Instrucción Cívica, Historia Ar­gentina o Literatura Hispanoame­ricana, así que me dieron todo lo relacionado con la Argentina o La­tinoamérica», señala. Belgrano «era un lindo barrio, distinguido», y re­pleto de casas bajas. Una década después, la orden la envió a fundar colegios y casas de ejercicios en Bo­livia, Panamá y Estados Unidos.

En 1980 volvió al país y se en­contró con una Buenos Aires bien diferente. «Progresó muchísimo en estos años», recuerda y agre­ga: «general, Buenos ha crecido y ha mejorado, y ahora es una gran ciudad».
ctualmente, la rutina de Ma­ría no parece la de una mujer de su edad. «Se levanta a las 7 de la mañana y lee el diario completo», relata la hermana Zule­ma, una de sus compañeras. «Me gusta estar informada, me entero de lo que pasa y rezo por el mun­do, para que no haya tanta pelea», analiza la monja. Además de orar, Angélica aprovecha el tiempo para mantenerse al día con las activida­des de la parroquia, que alimenta y capacita a un centenar de per­sonas de bajos recursos, y contac­tarse con ex alumnas del Belgrano, que se acercan a visitarla, y con sus compañeros de trabajo de los via­jes por América.

La clave, para ella, está en el trato. «Siempre he es­tado contenta y tratando de ha­cer feliz a los que han estado con­migo. Si tenés lazos afectivos, los afectos duran. Si tenés lazos ejecu­tivos, se olvidan de una».
Mientras espera participar de los festejos del 25 de Mayo, María se anima a soñar con la Argentina del Tricentenario. «Yo no voy a estar, pero espero que todos los niños tengan instruc­ción, que no haya más chicos va­gando por la calle, sin techo, sin nada.» Ojalá se cumpla.

 

Fuente Redacción Z
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