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TEMAS DE LA SEMANA

Análisis Político: De los espasmos del pasado a Venezuela

El reclamo de los gendarmes y perfectos. Chávez. El caso Ferreryra. Por Eduardo Blaustein.

Por Eduardo Blaustein
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La semana pasada dos hechos inquietantes se impusieron en la actualidad inmediata. Ambos tienen raíces profundas en lo peor del pasado político y por unos días se proyectaron de modo sombrío sobre lo que pueda  venir, aunque más no sea por vía de la susceptibilidad social e individual, es decir por las marcas traumáticas que ese pasado dejó en nosotros. Se trata, como el lector puede suponer, de los reclamos de prefectos y gendarmes y de la desaparición por un día de Alfonso Severo, testigo importante en la causa por el asesinato del militante del Partido Obrero Mariano Ferreyra. Alfonso no sólo tiene cosas por decir acerca de ese asesinato. También sabe de los entramados de corrupción, violencia, explotación laboral y desmanejos que perduran en la conducción de algunas empresas ferroviarias.
Aun cuando se encarrilen ya sea las negociaciones por los reclamos salariales en las fuerzas de seguridad como la causa por el asesinato de Ferreyra, lo sucedido es preocupante. A la vez, de cara al siempre nervioso clima político nacional, ambas fotografías quedaron de algún modo contrastadas con el triunfo electoral de Hugo Chávez en Venezuela, en un proceso que fue seguido intensamente en toda la región. Es como si en el cotejo de dos procesos -nuestros espasmos locales y las elecciones venezolanas- quedaran expuestas las tensiones que se dan en el día tras día en los ciclos largos de transformación. La lección venezolana es sencilla: hay procesos de fondo que deben dirimirse institucionalmente, mediante el voto de las mayorías, otros en la gestión y discusión cotidiana, pero no exclusivamente en la convulsión de los gritos, la construcción del miedo, los titulares periodísticos.
A la hora en que se escriben estas líneas se espera la respuesta oficial al reclamo de gendarmes y prefectos, un reclamo que tiene aspectos más que legítimos pero cuyos modos, para lo que es la cultura jerárquica de las fuerzas de seguridad, raya en la insubordinación. Desde el viernes pasado amenguó la presencia de uniformados en los edificios Centinela y Guardacostas y la decisión de pasar a disponibilidad a algunos integrantes de las fuerzas al parecer no encontró resistencia. En el origen del reclamo parece haber mediado un error oficial importante: o se redactó mal el decreto o se dejó que éste fuera perversamente aplicado por las cúpulas, en un clásico ejercicio de autogobierno de las fuerzas de seguridad desde esas cúpulas.
Avances y silencios 
Desde la asunción de Nilda Garré en el Ministerio de Seguridad se vienen haciendo esfuerzos importantes, audaces y valorables para evitar ese autogobierno que deriva estructuralmente en problemas de corrupción, ineficacia y a menudo en mayor violencia. Es tal la complejidad de esos entramados que posiblemente resulte arduo desarmarlos ya no en meses sino en años. El Gobierno obró rápido y bien al suspender el decreto y al remover a las cúpulas. Quizás haya un exceso de silencio a la hora comunicar qué es lo que sucedió y qué se está haciendo. Desde el primer anuncio del jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, se sugirió que pudo haber una acción deliberada y mal intencionada de las cúpulas para aplicar el decreto. Pero esa línea argumental se abandonó o quedó expresada apenas a través de periodistas que manejan muy buena información oficial pero llegan sólo a minorías de lectores entrenados. Según esa información, desde hace demasiados años las grillas salariales de las fuerzas armadas y seguridad fueron deformadas por el accionar de redes de abogados y jueces sospechados que concentran la presentación de «cautelares fáciles». Una enorme proporción de prefectos y gendarmes obtuvieron beneficios merced a esos juicios; las mejores ganancias fueron para los superiores, cuyos ingresos multiplican sideralmente los de las escalas inferiores. El Gobierno había amagado con desarmar esas redes pero faltó continuidad en la acción y la comunicación pública.
Referentes kirchneristas hablaron de conductas destituyentes bastante verosímiles. Es un tipo de retórica que renguea por falta de mejor información y hace que el discurso de lo destituyente les parezca a algunos sobreactuada o que «el Gobierno se victimiza».
Democracia o alaridos 
La mejor noticia fue el comunicado emitido por todos los bloques parlamentarios, pidiendo a gendarmes y prefectos que respeten la normalidad institucional. Fue rápido el oficialismo para articular ese comunicado y fue generosa y sensata la oposición, incluyendo al jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, quien aprovechó el cuadro de situación para mostrarse una vez más como presidenciable. El ala más conservadora del radicalismo, en el Senado, intentó resistir ese respaldo implícito a las autoridades constitucionales. Referentes de ese misma sector de la UCR son a la vez los que, desde el Consejo de la Magistratura, intentan manejar la designación de jueces ligados a la conservación del statu quo, incluyendo la aplicación de la Ley de Medios. Aunque en términos de representación electoral o de interés periodístico esas pujas internas en las fuerzas opositoras parezcan menores, es importante seguir esos procesos, desde las declaraciones reiteradas de los radicales que dicen que jamás se aliarán al PRO, a los problemas del FAP, o los intentos de posicionamiento de peronistas disidentes que necesitan evocar a José Ignacio Rucci para sacarse juntos una fotografía.
Fotos de lo inmediato versus ciclos largos; la esperanza que abrigaron las derechas latinoamericanas en torno de una derrota de Chávez versus la persistencia de grandes consensos populares. Entre ambos polos, se agrava la falta de una mejor discusión inter e intrapartidaria sobre los problemas del corto, mediano y largo plazo.
Para el kirchnerismo, acaso como pista posible, queda el saldo a favor de que las estrategias largas de inclusión, como las implementadas en Venezuela («con todos los medios en contra», según decía Perón), generan carradas de votos. Aun así, sea por los ruidos del presente, los de la gestión o los derivados de una polarización extrema, hay otras lecciones a tener en cuenta. Entre ellas, el 44 por ciento de votos obtenido por Henrique Capriles, liderando ese sueño de unidad opositora con el que sueña el establishment mediático argentino.

DZ/LR

 

Fuente Especial para Diario Z
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