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Ana Wortman: “El centro dejó de ser el eje cultural de Buenos Aires”

Doctora en Ciencias Sociales, Wortman señala que el consumo cultural está asociado a otras actividades recreativas, como la gastronomía o escuchar música. Además, dice que el público prefiere ir a espacios similares a un shopping.

Por Eduardo Diana
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Apesar de los vendavales económicos, sociales y políticos de las últimas tres décadas, la cultura sigue ocupando un lugar significativo” en el interés de los porteños, dice la socióloga Ana Wortman. En diálogo con Diario Z, Wortman –doctora en Ciencias Sociales, docente e investigadora– sostiene que en la ciudad de Buenos Aires se produjo un proceso de reorganización de los espacios y la oferta de los bienes culturales. En ese sentido, señala que la avenida Corrientes dejó de ser el epicentro de la cultura porteña, ya que surgieron otros polos culturales, en especial en la zona norte de la ciudad, donde el consumo cultural está asociado a otras actividades recreativas. “Hay sectores sociales que buscan hacer varias cosas en una misma salida. Por eso prefieren estar en un espacio similar a un shopping a cielo abierto”, apunta.

En el libro Mi Buenos Aires querido, editado en 2012, en el que fue compiladora y autora de cuatro capítulos, se sostiene que en la ciudad se registra, al mismo tiempo, una extendida democratización cultural y una fuerte desigualdad en el plano educativo. “No entiendo las políticas culturales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires”, afirma.

Wortman define a Buenos Aires como una de las capitales culturales más importantes de Latinoamérica y señala que la vitalidad de las expresiones artísticas en la ciudad es un fenómeno que se remonta a fines del siglo XIX y principios del XX. “Buenos Aires siempre tuvo una gran diversidad en su oferta cultural”, subraya.

¿En qué se fundaba esa vitalidad cultural de la Buenos Aires de principios del siglo XX?
Tuvo mucha influencia la dinámica de los procesos inmigratorios y las tradiciones culturales que traían de sus países las distintas corrientes de inmigrantes. A principios del siglo XX Buenos Aires ya tenía una gran cantidad de teatros. Las propias colectividades fundaban sus salas de teatro, sus cines y sus centros culturales. También había una importante actividad cultural desarrollada por los anarquistas y socialistas. Todo ese movimiento le dio una gran dinámica artística a la ciudad de Buenos Aires. Siempre hubo un importante consumo cultural por parte de las elites porteñas y también una fuerte participación de las clases medias y de los sectores populares.

Las distintas corrientes inmigratorias instalaron la tradición cultural de la ciudad.
Exacto. Buenos Aires siempre ofreció una gran diversidad en su oferta cultural. La sociedad hoy es diferente a la de hace un siglo, cuando había una fuerte presencia de españoles, italianos, judíos, alemanes. Sin embargo, esas corrientes inmigratorias fueron dejando marcas en Buenos Aires. Esa diversidad, aunque con otros tonos, aún existe. Hay expresiones culturales de esas épocas que se siguen manteniendo con una gran vitalidad.

¿Por ejemplo?
El tango es el ejemplo más claro. Es uno de los negocios culturales más fuertes de la ciudad de Buenos Aires. Mauricio Macri hace unos años dijo que, desde el punto de vista de las ganancias que genera, el tango es la soja de Buenos Aires. El tango tuvo su apogeo entre los años 20 y 50, y después empezó a decaer. Volvió a surgir en la década del 90 y tuvo un crecimiento muy fuerte a partir de 2003, especialmente entre la gente joven, que se identificó con el tango como un punto de anclaje en un momento de crisis cultural muy fuerte del país.

¿El tango se convirtió en un fenómeno “for export”?
Hay un ámbito, sobre todo en la zona del barrio de San Telmo, con entradas y servicios caros, que está pensado para los turistas estadounidenses y europeos que vienen a ver los shows de bailarines de tango e incluso a aprender a bailarlo. Por otro lado hay un muestrario de milongas muy diversas, de consumo mayoritariamente local, con mucha participación de jóvenes, donde se valoriza tanto el baile como las orquestas que allí se presentan.

¿Cambió la forma de consumir cultura en Buenos Aires?
Sí, bastante. Una característica muy significativa de esta época es el impacto de las nuevas tecnologías. Hay un mayor alcance de los bienes culturales a través de internet, sobre todo de la música y de la forma en que circula la música. También hay un consumo muy fuerte de películas en internet, aunque hay un fenómeno llamativo que se está dando con el cine.

¿En qué consiste?
El cine ha reaparecido como salida cultural en Buenos Aires. En los 80 y en los 90 fue entrando en decadencia, y se cerraron muchas salas en el Centro y en los barrios. En esas décadas hubo una caída muy fuerte del cine, causada por las nuevas tecnologías. Hoy, paralelamente al consumo de películas on line, la gente está volviendo al cine, sobre todo a las salas multicine de los shoppings. No es igual que en los 70 en cuanto a la cantidad de espectadores, cuando la clase media y media-baja iba mucho al cine, pero hay una clara recuperación, con estándares similares a los de mediados de los 90. También reaparecieron los cine club, con pequeños emprendimientos que recuperan la tradición del cine de autor.

¿Los cambios sociales y urbanísticos de Buenos Aires incidieron en la oferta cultural?
Sí, claro, hay una relación entre el consumo cultural y los usos de la ciudad. La fragmentación de la sociedad construyó una nueva escena social que se plasmó en la reorganización de los espacios y la oferta de los bienes culturales. Hace varias décadas Lavalle era la calle de los cines y la avenida Corrientes, la de los teatros. Por sus librearías y sus salas de teatro y de cine eran el epicentro de la cultura porteña. Pero surgieron nuevos polos culturales y el Centro, aunque sigue siendo convocante y manteniendo su carácter cosmopolita, dejó de ser el eje cultural de la ciudad.

¿Por qué?
Lo que sucede es que, desde el punto de vista urbanístico, el Centro está un poco devaluado, y eso hace que determinados sectores sociales prefieran consumir cultura en la zona norte de la ciudad, sobre todo en Palermo o en Belgrano. También incide el prejuicio de que en el Centro hay sectores marginales dando vueltas por las calles y está el fantasma de sufrir una situación de inseguridad.

¿Cuál es el atractivo distintivo que ofrece la zona norte de Buenos Aires?
Hay sectores sociales que buscan la posibilidad de hacer varias cosas en una misma salida. Algunos antropólogos señalan –correctamente– que el consumo cultural está asociado a otros consumos, como el gastronómico o el de indumentaria. Por eso, prefieren estar en un espacio similar a un shopping a cielo abierto. Hacen hace una salida cultural, van a comprar un libro, pero también quieren estar en un lugar “ennoblecido”; un espacio más estético, con un mayor desarrollo arquitectónico y donde no se ven tanto los pobres. La zona norte, aunque no hay una homogeneidad absoluta, atrae a los nuevos sectores medios y altos. En un período de algo más de una década Palermo tuvo una gran transformación, como polo económico y espacio de paseo, con bares, restaurantes, casas de diseño, galerías de arte, indumentaria, música, librerías, cines y teatros.

La salida cultural en la zona norte ya no se concibe como un hecho en sí mismo.
Exacto. Y en ese sentido, el Centro, por lo menos para los sectores de alto poder económico, no ofrecería esa combinación distintiva en la salida. Quizá también haya una búsqueda de un lugar de encuentro, que en Buenos Aires es algo que ha crecido mucho y responde a una necesidad social. Se buscan lugares que tengan un plus. Es decir, que sean lindos y se pueda ir a tomar un café pero que además ofrezcan la opción de escuchar música, por ejemplo. Esto no es un fenómeno local, se puede ver en otras grandes ciudades del mundo. En general, estos polos culturales surgen en lugares que fueron degradados en un momento y que luego fueron estetizados por artistas y se terminaron mercantilizando.

¿Qué evaluación hace de las políticas culturales del gobierno porteño?
No entiendo la política cultural de este Gobierno. Hay propuestas que son muy buenas, como La Noche de los Museos o La Noche de las Librerías. Esos programas generan una dinámica social interesante, son convocatorias que tienen mucha aceptación de la gente. Muy distinto es lo que ocurre con la enseñanza artística. Por ejemplo, el Instituto Universitario de Arte se viene abajo, con frecuencia tienen que suspender las clases por los problemas edilicios que tienen. La gente joven que tiene interés en estudiar arte tiene que ir a hacerlo en ámbitos privados. En la oferta cultural hay buenas acciones por parte del Gobierno pero en la formación artística o en los secundarios de arte hay muchos problemas, que no son muy distintos a los que atraviesa la educación pública en la ciudad.

En el libro Mi Buenos Aires querido, coordinado por usted, se afirma que la ciudad muestra una extendida democratización cultural y, a la vez, una creciente desigualdad educativa. ¿Cómo explica ese fenómeno?

Es una situación paradójica. En el campo cultural, hay muchas posibilidades de acceso al consumo de bienes y espectáculos. Han surgido ofertas culturales en distintos lugares de la ciudad, incluso en los barrios más alejados del Centro, y además está la apropiación que hace la gente de las nuevas tecnologías. También hay propuestas gratuitas del Gobierno y muchas iniciativas mixtas. Además, después de la crisis de 2001 se multiplicaron los espacios autogestivos. Ha habido una fuerte democratización de la cultura en la ciudad. Pero en el plano de la educación hay una evidente fragmentación. Buenos Aires tiene una deuda muy grande con la escuela pública. Nunca hubo tanta diferencia entre una escuela y otra. Me parece que eso está relacionado con la dualidad de Buenos Aires, con zonas de extrema pobreza y zonas de extrema riqueza que han surgido.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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