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TEMAS DE LA SEMANA

Ana María Picchio: ‘¡Veo a Buenos Aires tan ecléctica y generosa!’

Enamorada como el primer día de la calle Corrientes, dice que a su Ciudad no la cambia por nada.

Por Cecilia Alemano
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Ana María Picchio llega a la cita, en el bar del teatro Apolo, con lentes oscuros y una capelina negra. Aunque el calor sofoca, prefiere sentarse afuera, para evitar el aire acondicionado. Pide un café y enciende un Marlboro Light. «El cigarrillo también me mata, pero no me doy cuenta», dice y ríe.

En poquito más de una hora arranca otra función de Todos eran mis hijos, la obra que protagoniza junto a Lito Cruz y que dirige Claudio Tolcachir. Su papel lo iba a hacer Leonor Manso, pero por un tema personal debió desistir un mes antes del estreno. «Un domingo abrí el diario y leí que se había bajado la Manso. Me dije ‘seguro me van a llamar a mí'», recuerda. Cuando releyó la obra de Arthur Miller, que había estudiado en el conservatorio de arte, volvió a sentirla mágica, y dijo que sí. «El personaje de Kate me calzaba como guante.»

¿Por qué?
Por su edad, su carácter. Tuve una madre que podría haber defendido a su marido de la manera en que Kate defiende al suyo. Son mujeres de aquella generación, donde la familia era prioritaria. Si yo hoy me entero de que mi marido cometió un delito, lo denuncio. No podría taparlo.

¿En su carrera se enfrentó a algún «no»?
Siempre fui una niña mimada. Cuando estaba en el conservatorio, vino Carlos Gorostiza, que era nuestro profesor, y nos dijo que había escrito una obra, Los prójimos, y que necesitaba chicas que gritaran desde atrás del escenario. Nos fuimos a ensayar, y en el momento que voy a gritar pasó una rata enorme, y yo grité como una desquiciada. Así debuté, a los veintialgo. Ahí nomás hice un espectáculo para chicos, empecé a ensayar Breve cielo, la película que me llevó a ganar el premio de Moscú. ¡Entré colocadísima! Nunca tuve que pelear, rogar ni acostarme con nadie… Soy una mujer afortunada.

Ningún no.
Bueno, una vez, una profesora me desalentó. Ella tocaba el piano y nosotros salteábamos la redonda. La corchea, la negra, la redonda… En un momento, con su acento sueco, me dijo «Usted con ese culo no puede ser actriz». ¡Todo el mundo me ponderaba la cola menos ella! Entonces empecé a hacer gimnasia mañana y tarde. Salí del conservatorio con 40 kilos. Un espárrago.

¿Cómo se siente como abuela?

Los mellizos son terribles. Me agarran la cartera, el celular, me sacan los anteojos. Juana tiene 7 y estudia canto. Los voy a ver todos los días, y los fines de semana me los llevo a casa. Les cocino cosas sanas para que crezcan fuertes. Soy mejor abuela de lo que fui como mamá, antes trabajaba demasiado.

Vivió mucho afuera, pero elige Buenos Aires, ¿por qué?
Siempre vuelvo porque me aburro. Más de tres o cuatro meses no aguanto. Extraño cosas como la televisión, aunque la vea poco. Y también salir del teatro y tener a donde ir a comer. En Madrid teníamos que pedirle por favor al dueño del restaurante que nos esperara hasta terminar la función.

Hay quienes dicen que la calle Corrientes ya no es lo que era. ¿Sufrió el mismo desencanto?
Nooo… Y eso que yo la pasaba bien, ¿eh? (pone ojos pícaros). Nosotros, con Lito, Adriana Aisemberg, el Negro Alegre y varios más nos quedábamos hasta las 6 de la mañana en Los 36 Billares, jugando a los dados. Ahora de todos ellos sólo me queda Lito, porque los demás se murieron o siguen en el exilio. Pero para mí la calle Corrientes es como si todavía estuvieran. Siento exactamente lo mismo.

Sigue el idilio porteño…
En este momento estoy como enamorándome de la Ciudad. Y hasta del país te diría. Estoy deseosa de caminar por la calle. Me gusta ver cómo convive la gente grande con los jóvenes, con los perros, con los vendedores ambulantes, los cartoneros. ¡Veo a Buenos Aires tan ecléctica y generosa!

DZ/km

Fuente Redacción Z
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