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Ampliar el campo del debate ¿de qué problema se trata?

 

 

Por Pablo Cifelli
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web "plan termina la secundaria" educación

 

Más allá de la opinión que nos puedan merecer los programas “para terminar el secundario”, no deja de sorprender que las propuestas en torno al mejoramiento de la escuela –además de la incorporación de equipamiento informático, por marketinera no menos loable– ronden casi exclusivamente en torno a los problemas de acceso o terminalidad del nivel.

Las discusiones suelen quedar entrampadas en lugares comunes –exigencia vs. facilismo, calidad vs. contención– que pueden enriquecer la agenda mediática, pero estrechan los márgenes del análisis y obturan perspectivas. El modo de plantear un problema ya incuba la apertura de la alternativa o el camino de la aporía.

Nadie pone en discusión que hay un problema de “formato” de la escuela secundaria. Se monta en la organización curricular-disciplinar de los espacios del conocimiento; en una trayectoria académica homogénea signada por la presencialidad obligatoria y la invariante espacio-temporal; en el personal docente asignado en base a materia/hora cátedra.

Este verdadero “núcleo duro” resiste a los embates de medidas innovadoras, casi desde que Miguel Cané puso en marcha la leyenda de Juvenilia en el siglo XIX.

No menos conocido es que ese formato responde a una determinada época histórica, un modelo político-social que necesitaba formar su elite dirigente y poner en marcha la utopía civilizadora de una ciudadanía común.

Hace falta pasar de esta constatación y el reconocimiento del desfase cultural que evidencia, a la ampliación de nuestro marco de análisis y propuestas.

Una escena de ficción. Un alumno cursa entre 12/14 materias en un año escolar, por medio de un sistema de evaluación numérico, al cabo de varias pruebas escritas y lecciones orales que apelan a su capacidad de repetición memorística, obtiene en tres de ellas un promedio menor a seis; al finalizar el ciclo lectivo se dictamina que “no aprobó” y debe recursar. Pero vuelve al año siguiente a la escuela a “repetir” no sólo lo que no aprendió, sino las 12/14 materias.

No hace falta acceder al análisis de Gilles Deleuze sobre la crisis de las instituciones de encierro que signa nuestra contemporaneidad cultural para advertir que la escena no resiste el mínimo análisis racional.

Sin embargo, el dispositivo de la “repitencia”, uno de los principales organizadores de la disposición de los sujetos en la escuela, permanece indiscutible custodiando “el nivel y la exigencia.

Sólo un ejemplo, pero puede servir para ampliar los márgenes del debate, y así procurar tal vez, que el sinsentido y el absurdo no sigan ganando terreno en la experiencia de escolaridad de los adolescentes, frente al futuro ineludible de una nueva escuela secundaria.

DZ/sc

Fuente Especial para Diario Z
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Por Pablo Cifelli Docente FFyL- UBA. Asesor Comisión Educación, Ciencia y Tecnología. Legislatura (CABA).