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TEMAS DE LA SEMANA

América Medita: un ejército de Budas

Cerca de 20 mil personas conectadas por la espiritualidad.

Por Natalia Gelos
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Al costado del Planeta­rio, una serie de car­pas blancas en las que se dan charlas, se ofrecen juegos para chicos y se venden Budas, forma un enorme círculo que se completa con un escenario con pantalla gigante. En el centro, cerca de veinte mil per­sonas. Mantas de diversas textu­ras, colchonetas para hacer yoga, un mar de telas multicolores don­de descansan familias, grupos de amigos, gente de todas las eda­des, vestidos en remeras blancas, naranjas, o bambulas. Javi, de die­ciséis años, les habla desde el mi­crófono: «Mi mamá y mi hermana hicieron el curso. No me interesa­ba hasta que lo hice yo. Entonces, entendí que estaban pasando co­sas a mi alrededor. Me dio más autoestima. Empecé a criticar me­nos». El público lo ovaciona. Po­dría ser un Justin Bieber, pero es un chico que realizó el curso Yes, para menores de treinta años, de la Fundación Arte de Vivir. Cada vez son más quienes hacen el curso de respiración y medita­ción que, aseguran, mejora la ca­lidad de vida, lejos del estrés y la violencia.

Bajo el sol del sábado pasado, desde las dos de la tarde, la fun­dación creada por el líder espiri­tual Sri Sri Ravi Shankar en 1981 organizó una jornada de medita­ción masiva que se llamó Améri­ca Medita. Fue el tercer año con­secutivo del evento y se realizó en simultáneo con otras ciudades de la Argentina y del resto del con­tinente. Sus organizadores dicen que buscan producir un cambio a nivel global. «Tu meditación es más profunda cuando estás con más gente. Se potencia el resulta­do. Hay algo que se genera a nivel general», explica Pablo Faga, uno de los instructores.

Pero antes de que llegue la meditación colectiva, pasan ban­das en sintonía paz y amor, vi­deos. a ratos, miles de manos se elevan. «Saquen todo afuera y griten», propone alguien desde el escenario. Y todos gritan, y las manos, arriba, se sacuden; pare­ce una galaxia de pequeños pe­ces agitados. Mientras tanto, al­rededor, en las carpas, también pasan cosas: en una, rodeados de libros de Ravi Shankar (ADios le encanta divertirse, a $35), una decena de hombres y mujeres forma un círculo. De repente, abrazados, empiezan a saltar con un grito: «Abrazo popular, abrazo popu­lar». Cerca de ahí, una clase de yoga. Un poco más allá, masajes gratis: camillas bajo los árboles, cuerpos en reposo, mujeres que estiran brazos, piernas, que aco­modan espaldas. Entre la gente, unas promotoras entregan des­de edulcorante y agua saborizada hasta folletos de pañales ecológi­cos o tours de viajes místicos.

Sobre una manta andina, Sil­vana le da la teta a Mora, su beba de ocho meses. Luis, su espo­so, juega con Miranda, la nena de cinco. Ella, que es profesora de geografía y conoció el traba­jo de la fundación hace tres años, cuenta que empezó por una ami­ga que hizo el curso de respira­ción: «La verdad, me cambió la vida. Yo venía a mil y acá empe­cé a ver las cosas de otra manera. Aprendí a respirar, a conocerme, a relacionarme mejor con la fami­lia», cuenta.

«Yo primero me burlaba, pero vine porque me insistió, y acá es­tamos», dice él, que tiene 45 años y es comerciante.

Hay de todo: señoras sesento­nas que conservan su buen esta­do físico, jóvenes con ropa hindú, familias. La presencia es variada en edades, estilos, actitudes.

Dilma ronda los cuarenta. Bronceada, de brazos firmes y ro­pas claras: «Yo todavía no hice los cursos. Siempre hice yoga en mi barrio y me acerqué para ver de qué se trata todo esto», con­fiesa. Y Silvia, con un libro de Ravi Shankar bajo el brazo, dice: «Quiero convencerla. Yo tuve hasta ataques de pánico. Tenía que parar y empecé a hacer un cambio».

Cerca de las cuatro y media comenzó la meditación colecti­va en Palermo. Cientos de per­sonas con las piernas cruzadas, las manos a un lado, los ojos ce­rrados: un ejército de Budas co­loridos.

DZ/km

 

Fuente Redacción Z
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