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TEMAS DE LA SEMANA

Alumnas madres: estudiantes con bebé a upa

Sólo ocho de las 150 escuelas medias tienen jardínes maternales.

Por paula-soler
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Del pizarrón a la car­peta, de la carpeta al profesor. Laura tie­ne 16 años y su aten­ción describe esa trayectoria por­que sabe que es su oportunidad. Anota rápido, no quiere perder­se nada. «Eh! Tiene un capuchón en la boca!», grita desde atrás un compañero. Del pizarrón a la car­peta, de la carpeta a su bebé. No tiene más de 14 meses y deambu­la sonriente por el aula junto con otros chiquitos. Hasta nuevo aviso, la clase retoma la clase. La escena, ocurrida en el Escuela Educación Media Nº 1, de Liniers, es una de las que se repiten en las escuelas secundarias, donde el embarazo adolescente describe un aumento sostenido de más del 15% en los últimos cinco años. Con ese sólo indicador, si se pretende que acce­dan a su derecho a la educación, es indiscutible la necesidad de jar­dines maternales que cuiden a los bebés de alumnas y alumnos.

De las casi 150 secundarias por­teñas, sólo ocho tienen jardines maternales. Apesar de ese prome­dio, el Ministerio de de­cidió no acondicionar las salas que habían sido adjudicadas en tres co­legios de alta vulnerabilidad social. Esto, a pesar de que los proyectos y los recursos estaban aprobados, y de que la ley de Educación Nacio­nal 26.206 (art. 81) exige que las autoridades garanticen «el acceso y la permanencia en la escuela de las alumnas en estado de gravidez, así como la continuidad de sus es­tudios luego de la maternidad, evi­tando cualquier forma de discrimi­nación que las afecte. Las escuelas contarán con salas de lactancia». Las escuelas que siguen esperan­do son la EMEM N°1 D.E. 18, de Liniers; la EMEM N° 4 D. E. 19, de Pompeya y la º 6 21, de Villa Lugano.

«Tenemos unos 12 niños, entre deambulantes y bebés, de alum­nos y alumnas que no encontraron vacantes en los jardines materna­les de la zona. Por eso es impor­tante que se haga la sala. Las ma­más asisten a clase con sus hijos si no pueden dejarlos con familiares o faltan. Que vengan con los chi­cos habla de que quieren terminar la secundaria», dice Jorge Schiavi, director de la EMEM N° 4 de Pom­peya. La construcción del jardín maternal sólo exigía adecuar la ex vivienda del portero.

La lista de espera de la º 4 se duplicaría entre este año y el que viene. El 90% de los alum­nos proviene de las villas cercanas, como la 1-11.14, Villa Soldati, Vi­lla Jardín, la ex Villa Cartón. Según la resolución 1729/06 del Gobierno de la Ciudad, los hijos de los alum­nos padres tienen prioridad para las vacantes en escuelas infantiles y jar­dines maternales entre los 45 días y los cinco años. Pero la carencia de jardines maternales es grave y más aún en la zona sur. Hace un mes, en la Legislatura porteña se denun­ció que cerca de 1.500 chicos ha­bían quedado sin vacantes en Pom­peya, Villa Lugano, Ciudad Oculta, Mataderos y Liniers. Según la Unión de Trabajadores de la Educación, los chicos sin vacantes serían entre 6.000 y 7.000 en toda la Ciudad.

El pedido de jardines materna­les no se limita a encontrar un lugar cercano al colegio o acondicionar una sala en el establecimiento. Se le suma el material pedagógico, consi­derar la división de sala entre niños deambulantes y bebés, provisión de cunas, mesas y sillas y, claro está, personal. «Los jardines maternales no son guarderías. Los primeros son manejados por maestras jardineras que asisten en educación inicial a los niños. Los segundos suelen ser grupos de padres o personas espe­cializadas que atienden a los niños mientras los papás no están», expli­ca a Diario Z Nora Miraka, vicedi­rectora del Jardín Maternal N°5 del EMEM 2 de Villa Lugano. En ese jar­dín hay unos 54 niños, entre bebés y deambulantes, y desde hace más de un año piden que se haga una extensión porque a esa escuela asis­ten las chicas de otros colegios de la zona. «Tenemos desde chicos de las villas cercanas, como la 15, hasta chicas que vienen de Flores, Mon­tecastro e incluso de escuelas pri­vadas. Nos prometieron que la am­pliación se hacía este año, y hasta trajeron bolsas con materiales, pero luego dijeron que eran para otros colegios», explica Beatriz Clemente, referente y coordinadora del pro­grama en la escuela de Lugano.

«Adaptamos un lugar en la mis­ma escuela, un aula cercana a un baño a la que le pusimos un cam­biador, ya compramos lo que sería el piso de goma eva… sólo faltan algunas cosas y que nombren a las maestras que se encargarían de los chicos», dice Sergio de León, de la EMEM Nº 6, también de Villa Luga­no, otra de las tres escuelas en las que se frustró la construcción del jardín maternal. Lo pagaron de su bolsillo: «No deberíamos hacerlo… pero confío en que Educación va a empezar las obras y por otra parte entiendo que los tiempos del Esta­do no son los mismos que los nues­tros». En la EMEM Nº 6 unos 46 ne­nes van a clase con su mamá o su papá; es una escuela de reingreso, para facilitarles el retorno al sistema escolar a chicos de entre 16 y 18 años. En la ciudad hay ocho escue­las de este tipo. Cuando comenzó el programa, en 2004, se inscribie­ron 400 chicos. Hoy ya son 1.700.

«La cantidad de alumnas ma­dres en las escuelas de reingreso es muy alta. El programa refuerza el proyecto de retención escolar, pero se hace más difícil porque la mayo­ría vive en villas o directamente en situación de calle, lo que implica obstáculos y problemáticas sociales muy delicadas», dice Patricia Peña, directora del EMEM Nº 1 de Liniers, otro establecimiento de reingreso.

DE CERO A 18, ¡A CLASE!

«Deseo terminar la secunda­ria para poder trabajar y comprar­le una casa a mi mamá», «Deseo jugar en primera y que me vea mi abuela». Son algunas de las le­yendas que pegan los alumnos de la escuela de Pompeya en la cartelera de los deseos. La mitad de las mujeres-madres no com­pletaron la escolaridad obligato­ria (48,8%). El 6,5% no terminó la primaria y el resto tiene el se­cundario incompleto. Los datos, del Observatorio de la Materni­dad, si bien nacionales, rematan: sólo el 30% de las madres pasó por la universidad.

El Programa de Retención Es­colar de alumnas/nos madres/pa­dres comenzó a implementarse en 2001. Ese año, la Ley 709 estable­ció un régimen especial de 45 ina­sistencias para embarazadas y cin­co para alumnos padres. También determinó que tienen derecho a re­cibir apoyo, recuperación y evalua­ción de los contenidos para promo­cionar como alumnos regulares. El programa tiene una red de referen­tes en las escuelas, en general pro­fesores capacitados en la proble­mática de los padres adolescentes. Son la conexión de los alumnos con los profesores y los centros de sa­lud, tanto para atención de los pa­dres como del bebé.

Los referentes los ayudan a compatibilizar las obligaciones esco­lares con los turnos para la atención de la salud propia y la de sus hijos, y muchas veces ofrecen contención emocional: «También somos una contención emocional, muchas ve­ces confidentes, y mediamos entre ellos y sus familias, si así lo quieren», cuenta Jezabel Mirra Buonomano, del Liceo Nº 11 de Villa Urquiza. Es el caso de una pareja de adolescen­tes que al tener su segundo hijo pi­dió ayuda. «Nos pidieron que los asesoremos para hacer terapia de pareja. Muchas veces nos piden que los ayudemos a contarles a los pa­dres que están esperando un bebé. En ese caso la escuela les aconseja que lo hagan, no los obliga, y lue­go es el espacio en donde se pue­de dar una reunión entre los chicos y los papás para contar la noticia… ponemos el lugar a disposición y es­pecialistas si así lo quieren».

«Cuando me quedé embaraza­da me puse contenta, pero me pre­ocupé por terminar el cole. Por suer­te acá la referente del programa me ayuda a coordinar los días de exá­menes, porque entre que llevo a la nena al médico o me voy a trabajar los miércoles a La Salada, tengo que faltar bastante», cuenta Lara, de 16 años, en uno de los pasillos de la es­cuela de Pompeya con la preciosa Iara a cuestas. Vive con sus papás y una hermana, que tiene cuatro hi­jos. «Mi vieja nos tuvo de adoles­cente también, así que está acos­tumbrada», dice con una sonrisa.

«No todas las chicas pueden dejar a los hijos con su familia, por eso hay un grado importante de deserción cuando son madres. Pero el programa ayuda», afirma Schiavi. Comenzaron en 2001 con 265 alumnos y en 10 años hay 1.740 y una tasa de retención de un 79%.

Las tarifas de los jardines mater­nales privados, según el barrio, ron­dan entre los 500 y los 2.500 pesos si se trata de jornadas de más de cinco horas, almuerzo incluido. Si la jornada es de tres horas, oscilan en­tre los 200 pesos y los 600 pesos. Impagable para los adolescentes con hijos. El Gobierno de la Ciudad no tiene asignada ninguna ayuda económica especial, más allá de la que brinda el sistema educativo al común del alumnado: dos asigna­ciones por ciclo de 700 pesos.

«Me embaracé a los 17 años, estaba en cuarto año. Tuve mu­cho miedo porque mi novio me ha­bía dejado en banda, él quería que me lo saque pero yo no… pero a la vez no entendía nada y no te­nía un mango para comprarme una cuna. Tener un bebé te da muchas alegrías, pero después te das cuen­ta de lo que perdés. Y si no hubie­se sido por mi familia y el progra­ma… quizás hubiese perdido más», recuerda Maia Alzugaray, de 20 años, que trabaja en una empre­sa de atención telefónica extranjera y está rindiendo dos materias para terminar la secundaria.

«Lo que sí me dificultó las co­sas es no tener vacantes en un jar­dín maternal cercana al cole. Así que mi mamá tuvo que pagar una privada y todos los días me camina­ba cinco cuadras para darle la teta a la beba. Hoy pago 1.000 pesos por cinco horas, pero si no, no trabajo y no estudio», se lamenta.

No todos los adolescentes pa­dres y madres cuentan con las mis­mas condiciones, todos tienen el mismo derecho a estudiar.

 

Fuente Redacción Z
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