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TEMAS DE LA SEMANA

Almagro Boxing Club, larga historia de bolsas aporreadas

Cientos de chicos y chicas que entrenan no aspiran al profesionalismo.

Por Alejandro Guerrero
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La adolescente rubia, muy delgada, se para como le dicen. El pie izquierdo adelante, con la planta bien apoyada en el piso. El derecho detrás, sostenido sólo en los dedos, talón suelto para que gire. El brazo izquierdo arriba, tapando la cara. El derecho, recogido, protege el mentón. Adelanta el pie izquierdo y el derecho se arrastra detrás. El movimiento inverso para retroceder. Cuando el pie izquierdo avanza, la mano de ese lado sale disparada, recta, en busca de la cara de un rival imaginario. Alguien le dice a la adolescente rubia: «Cerrá bien el puño; si no, cuando pegues te vas a lastimar la mano».

Resuenan los golpes a las bolsas y a los punching, y el ruido de las sogas saltarinas que latiguean el piso de madera. Entre las cuerdas del ring, dos muchachos hacen guantes, livianito, como marcando los golpes. Es el viejo gimnasio del Almagro Boxing Club, Díaz Vélez casi Yatay. Ahí, por las tardes, un centenar de chicos y una veintena de chicas practican boxeo recreativo. Algunos mayores, también. «Saca el estrés, te mantiene en forma y ayuda a no fumar», dice un oficinista cuando para de aporrear la bolsa.

A la mañana es otra cosa. A la mañana, unos quince muchachos y un puñadito de muchachas practican para competir. Casi todos ellos (y ellas) ya han estado entre las cuerdas en una pelea, aunque son aún aficionados. Pero saben, o empiezan a saber, de ese intercambio de dolor por dolor. Si llegan al profesionalismo, conocerán entonces de la sangre y los gritos, del amargor que produce en la garganta la bilis que un momento antes residía en el hígado, de la sensación de que la muerte mira con los ojos del rival. Alguna vez, también, escucharán, entre las brumas de la inconciencia, el griterío que festeja la victoria del otro o de la otra. Empiezan a ser boxeadores, máquinas de pelea, esos seres tan especiales como la actividad que practican.

Estos chicos y chicas, además, no entrenan en cualquier lado. Entre las paredes cuidadas y limpias de ese gimnasio lo hicieron enormidades como Pascual Pérez, campeón mundial de los moscas en 1954. El pobre Pascual, que en el final de su vida hablaba en tercera persona de sus tiempos de gloria, como si hablara de otro, y tal vez no se equivocaba. O el olímpico Alberto Barenghi, también mosca; el pluma Manuel Torrado, el gallo Oscar Sostaita y Alfredo Prada, aquél de los duelos míticos con José María Gatica, «el Tigre», que odiaba que le dijeran «Mono».

Tiempos viejos

El Almagro se fundó en 1923, año en que tuvo su pico la primera campaña norteamericana de Luis Ángel Firpo, con la mítica pelea contra Jack Dempsey. Hasta poco antes, el boxeo había vivido clandestinamente, en clubes aristocráticos, practicado por señoritos como Jorge Newbery o el barón Antonio de Marchi, que organizó pogromos contra periódicos obreros y barrios judíos cuando las huelgas del Centenario en 1910.

Firpo cambió todo. Solo de toda soledad, un día embarcó hacia Nueva York y ahí se abrió camino, a trompadas. Pronto era un hombre rico y, por él, el boxeo se hizo popular. Mostró la posibilidad de salir de pobre por la propia, encerrado en una jaula de cuerdas con otro que te quiere romper la crisma y el único modo de evitarlo es rompérsela a él. Todos querían, en los barrios de trabajadores, practicar boxeo cuando Firpo empezó a ganarse tapas de los diarios norteamericanos. Y surgieron por todas partes clubes de boxeo. Entre ellos, el Almagro Boxing Club.

Fue el 30 de abril de aquel año, en la calle Bogado, casi Yatay, donde vivía Santiago Bozzano. Allí, con Pedro Giacobone, instalaron como pudieron un recinto para enseñar a «tirar al box», como se decía entonces… Almagro era un barrio laburante y malevo. Guapos y compadritos, casi siempre matones de algún caudillejo político, hacían esas cuadras difíciles. El centro del barrio, como ahora, era la esquina de Rivadavia y Medrano o Rivadavia y Castro Barros. En ella, en 1884, se había fundado la confitería Las Violetas. Poco después, cuando más muchachos llegaron a entrenarse y la casa de Bozzano quedó chica, se mudaron a la calle Cangallo, entre Pringles y Yatay. Hasta 1945, cuando el club se instaló donde sigue hasta hoy, en Díaz Vélez.

El gimnasio se llama Prudencio Melero, cuya foto vigila desde una de las paredes. Ese personaje sintetiza el espíritu de una época y de un club. El ya fallecido Juan Crescente, uno de los presidentes históricos del Almagro, le contó alguna vez al autor de esta nota que una noche, tal vez en 1960, se hacía en el club una comida de agasajo a Pascual Pérez. En ella estaba Melero. En un momento, llegó Alfredo Prada, ex pupilo de Prudencio, ya retirado. A Prada lo habían tentado del Luna Park con una oferta dineraria importante, para que volviera a pelear. Prada nunca había subido a un ring sin tener a Melero en el rincón y fue a buscarlo para pedirle que volviera a entrenarlo: «No. Usted no puede volver. Si quiere hacerlo, busque a otro», le contestó Melero. El ex boxeador se fue enojadísimo y durante cinco años no le dirigió la palabra. Hasta que una tarde regresó al gimnasio del Almagro y le dio las gracias «porque gracias a usted soy un hombre sano».

El propio Crescente había sido pupilo de Melero. Y contaba que en una ocasión peleó contra otro muchacho a cuatro rounds. Crescente ganó fácilmente los tres primeros y pensó que en el cuarto podía noquear.
-Usted no noquea nada -le dijo Melero en el rincón-. Ahora va a trabajar de afuera, tranquilo, contenga el ataque de él y nada más. Usted va a ganar por puntos.
Cuando, medio enojado, le preguntó: «¿Por qué no me dejó noquearlo?», el otro contestó: «Usted ya tenía la pelea ganada ¿Por qué humillar a ese chico? Ya ve, en el último round él atacó, la gente lo aplaudió también a él y se fue contento».

Seguramente, los chicos que practican boxeo recreativo por las tardes, y los que en las mañanas se entrenan para combatir, no conocen esas historias del viejo club. Tal vez no lo necesiten, son cosas de otros tiempos.
Mientras tanto, la adolescente rubia intenta cerrar bien el puño para no lastimarse la mano cuando ese brazo salga disparado, en directo, en busca del rostro que tenga enfrente. Sigue el boxeo…

 

Fuente Redacción Z
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