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TEMAS DE LA SEMANA

Alexander: «Coleccionar fotos antiguas es recuperar la historia»

Fotógrafo e historiador de la fotografía, Abel Alexander dice que nunca se han sacado tantas fotos ni duplicado tantas fotos antiguas, pero que seguramente ésta es la época de menor preservación.

Por Juan Pablo Csipka
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Había una vez un alemán de Hamburgo, llamado Adolf Alexander, que se inició en la técnica del daguerrotipo en 1847. Viajó a América del Sur, fue un pionero de la fotografía en Chile y terminó estableciéndose en Buenos Aires, con un estudio que a su muerte, en 1881, continuaron sus hijos, entre ellos el mayor, también llamado Adolf. Hasta ahí llegó el vínculo de la familia con la fotografía, hasta que otro Alexander, tataranieto y bisnieto de los dos Adolf, se apasionó en los años 60 sin saber de la historia de sus antepasados.

“El día de mi casamiento le comenté a un vecino que me iba de luna de miel a Mar del Plata y me preguntó si tenía cámara de fotos. Le dije que no y me respondió que no podía no sacar fotos en mi luna de miel. Era marino mercante y vivía sacando fotos, fue a su casa y me prestó una cámara. Yo hasta entonces no tenía ni idea de fotografía. Saqué fotos en el viaje, y un día que fui a ver al fotógrafo de mi casamiento, que me reveló las fotos de la luna de miel, llego y estaba con unos amigos en su laboratorio. Me mira, me señala y les dice a los otros: ‘Éste es el genio que sacó esas fotos que les mostré’. Me terminé entusiasmando y viví como fotógrafo por diez años”, rememora Abel Alexander, uno de los mayores investigadores de la historia de la fotografía en la Argentina.

A mediados de los 70 comenzó a indagar en la historia y se encontró con el tatarabuelo Adolf. “Comencé a investigar la buhardilla de mi padre, en San Miguel, y aparecen mis antepasados. Tuve un clic, me apasioné, no sabía nada de la historia de la fotografía, y mis mayores me enfrentaban a esa historia. Me contacté con gente que buscaba por su lado, algunos ubicaban a Alexander, otros no, y surgió la idea loca de juntarlos a todos, porque cada uno investigaba un tema específico, y así armamos un centro de investigación en Quilmes en 1985. Duró cinco años y fue reemplazado por los congresos de Historia de la Foto. Desde el 92, ya van once congresos y tenemos diez libros editados. Y ahora está la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía, que presido.”

¿Cómo llegó la fotografía al Río de la Plata?
Louis Daguerre creó el daguerrotipo en 1839, y al poco tiempo el gobierno francés se lo compró y liberó la patente. En esa época, cuando el invento se difundió por Europa, ocurrió que un grupo de franceses y belgas muy ricos acondicionaron un barco y los mandaron a los hijos, bastante revoltosos, a dar la vuelta al mundo, a ver si en ese buque escuela sentaban cabeza. El capellán de a bordo se llamaba Louis Comte y había sido discípulo de Daguerre. El barco para en Montevideo en 1840, y no en Buenos Aires, por el bloqueo francés, y los uruguayos conocieron el daguerrotipo gracias al abate Comte. Dos exiliados porteños, como el general Tomás de Iriarte y el jurista Florencio Varela, escribieron sobre eso. Varela incluso llegó a viajar a Francia para comprar equipos.

¿Se sabe cuál es la foto más antigua fechada en el país?
Sí, se sabe gracias a Julio Felipe Riobó, un médico de Chascomús que fue el primer historiador de la fotografía. Su colección la donó al museo pampeano y al Museo Histórico Nacional. Al primer centro de investigación le pusimos su nombre, en homenaje. Dentro de los daguerrotipos que donó al Histórico Nacional hay uno de Miguel Otero, gobernador federal de Salta, posando con la divisa punzó. Ese daguerrotipo tiene adjunto un texto de puño y letra del propio Otero, diciendo que posó en 1845. No hay a la fecha una imagen conservada en el país que sea más antigua.

¿Cómo impactó la novedad en Buenos Aires?
Tuvo un auge de unos veinte años hasta que llegó el sistema sobre papel albuminado, de positivo-negativo, mucho más económico, que terminó liquidando al daguerrotipo. Técnicamente, el primer daguerrotipista del país fue el norteamericano John Elliott, que arribó en 1843. Mariquita Sánchez de Thompson, de quien se conservan fotografías, le escribió fascinada a su hijo. Por lo caro del sistema, sólo podían acceder a él las familias acaudaladas. De ahí que sólo haya daguerrotipos de comerciantes, estancieros, militares, obispos.

¿Y cuándo se masifica la fotografía?
Alrededor de 1860 hubo un salto tecnológico. Llegó la cámara de cuatro objetivos, muy económica, que permitía tener las llamadas “tarjetas de visita”. Eran 12 fotos, de 6 por 9, con distintas poses. Se masificó tanto, que la gente las vivía intercambiando y eso llevó a que aparecieran los álbumes de fotos. Con el fin del daguerrotipo se multiplicaron los estudios y había más demanda que oferta.

¿Hay otros nombres importantes de esa época, aparte de los Alexander?
Yo nombraría al italiano Antonio Pozzo, que conoció a mi tatarabuelo. Era masón, lo echaron de la masonería por rebelde y fotografió a La Porteña, el primer ferrocarril, y todas las estaciones del Ferrocarril Oeste. Tenía el estudio en la actual calle Bartolomé Mitre. Lo más impresionante son sus fotos de la Conquista del Desierto en 1879, porque acompañó a Roca con un carromato que servía de laboratorio. Las imágenes que hay de esa campaña se las debemos a él y están en el Museo Roca. Después está el francés Esteban Gonnet, el primero en fotografiar el paisaje de la ciudad. Sacó 20 fotos en 1864 y las publicó en un álbum llamado Recuerdos de Buenos Aires, que pudimos reeditar. No era fácil fotografiar exteriores, había que tener un laboratorio móvil, por eso no hay tantas panorámicas de la ciudad. Y agrego al gran retratista de la época, el portugués Christiano Junior, para quien posó Sarmiento como presidente. Después le vendió su estudio de la calle Florida a Alejandro Witcomb, y éste se convirtió en el gran fotógrafo de la clase alta porteña a fines del siglo XIX.

¿A los fotógrafos habría que sumar más adelante a los aficionados?
Sí, sin duda. La fotografía antigua es como una pirámide invertida: pocos profesionales y pocas fotos; pasa el tiempo y aumentan los fotógrafos y el material, y se van sumando aficionados avanzados. Encima llega la placa seca a comienzos del siglo XX, lo que permite copiar los negativos y eso multiplica el material. La Sociedad Argentina de Fotoaficionados nace en 1889 y organiza salidas a lugares a los que no iban los profesionales, hacían exposiciones, incluso colaboraban con el gobierno en cuestiones limítrofes, internándose en puntos fronterizos.

¿Por qué Buenos Aires se convirtió en un epicentro de la fotografía?
Porque era la principal plaza comercial del país. La actividad económica permitía que florecieran los estudios, sobre todo al comienzo, cuando al daguerrotipo sólo podía acceder la clase acomodada.

Buena parte de la historia argentina del último siglo y medio gira en torno a la fotografía o es posible graficarla a través de ella, ¿no?
Tal cual. Por ejemplo en la guerra contra Paraguay, que el alto mando autorizó a una empresa norteamericana asentada en Montevideo a fotografiar el conflicto. Fue impactante, se editó La guerra ilustrada, con imágenes desgarradoras de pilas de cadáveres paraguayos. Hasta entonces sólo se había fotografiado la guerra de Crimea y la de Secesión en los Estados Unidos. Pero también ha sido útil desde lo arquitectónico: conocemos la vieja Recova que dividía la Plaza de Mayo, demolida en 1884, por las fotos. Y fotos antiguas sirvieron como modelo para las refacciones del Cabildo y la Casa de Tucumán. De esta última hay una foto de la fachada de 1816, sacada en 1868 por el italiano Ángel Paganelli, que permitió tener una idea para reconstruir la casa. Ni hablar de la nevada de 1918, sin fotos no se creería en eso. Está la imagen famosa sacada desde la Casa de Gobierno, pero ese día miles de aficionados captaron imágenes.

¿Cómo se da la cuestión de la preservación?
Las fotos son frágiles, pero si aguantan un siglo, ya están estabilizadas. Les hace mal la luz intensa, la humedad y la grasa, de la que se alimentan muchos bichitos que carcomen a las fotos.

¿Qué se puede decir del archivo fotográfico de los diarios antiguos?
La Prensa se funda en 1869 y La Nación al año siguiente. No tuvieron un sistema de impresión de fotos hasta fines del siglo XIX, con lo que sus primeras tres décadas de vida son sin imágenes. El primer medio que incorpora archivo fotográfico es Caras y Caretas. Yo diría que a nivel periodístico no hay mucha conciencia sobre el valor de los archivos, que es inmenso, eso hay que alertarlo. Siempre digo que coleccionar fotos antiguas es recuperar fragmentos irrepetibles de nuestra historia. Hace poco me contaron de una casa antigua de Carmen de Areco, que no podían dilucidar una cuestión arquitectónica hasta que encontraron una foto antigua, previa a una refacción y eso despejó las dudas. Hoy las ciudades recopilan las fotos antiguas.

¿Y cómo estamos respecto de la preservación y la difusión?
La fototeca de la Biblioteca Nacional se creó hace diez años y tiene treinta mil imágenes, en una institución que nació en 1810. El Archivo General de la Nación tiene un millón de fotos. Se conservó mucho y se tiró demasiado. Ahora estamos en la era digital. Yo no sé si eso es fotografía, como no hay proceso químico… Hoy más que nada se almacenan fotos. Nunca en la historia se han sacado tantas fotos como ahora, y seguramente ésta es la época con menos preservación.

¿Internet ayuda?
Fue una bendición para el sistema analógico, porque resurgieron los archivos, ya sea con scanner o cámara digital, duplicando fotos antiguas para mandar a parientes en otra parte del mundo. Los blogs sirvieron mucho en ese sentido. Así y todo, aun con el cambio tecnológico, el principal archivo no está en la web ni en ninguna institución. ¿Sabe dónde está? En mi casa, y también en la suya, en la del fotógrafo y en las de los que lean esto. En cajas guardadas en algún rincón, en cualquier hogar, hay auténticos tesoros.

Perfil: Nació en Buenos Aires, en 1943. Trabajó como fotógrafo y se dedica a investigar, preservar y difundir. Especialista en fotografía del siglo XIX. Preside la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía.

Fotos: Guille Llamos.

DZ/ah

Fuente Redacción Z
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