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TEMAS DE LA SEMANA

Alejandro Tantanian: El señor de las tablas

Director, actor y cantante, dice que su vocación siempre fue “lo artístico” y ahora quiere ser novelista.

Por Julián López
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Ninguna de las palabras que definen el oficio me gusta, las detesto: ‘¿teatrista?’ –levanta los ojos y mira a este cronista con gesto de “de ninguna manera” y sigue–, ¿teatrero, que es la mezcla de treatrista con ratero? A mí me atrae lo artístico, eso está claro, el arte siempre fue como algo de mucha pertenencia para mí”.

Veamos: Alejandro Tantanian, porteño, casi psicólogo, hijo único y primera generación de argentinos por línea materna es –por lo menos– actor, cantante, director de teatro y dramaturgo. Sin embargo, durante la charla queda claro que Tantanian no puede ser ninguna de esas cosas, porque que la diversidad de roles que despliega podrían perfectamente sintetizarse en la idea de un intelectual. Tantanian piensa al teatro desde casi todas sus aristas y pensar el teatro es pensar la literatura, la plástica, la música y, claro, los discursos que atraviesan a sus contemporáneos.

Trabajaste en los márgenes, en el teatro oficial y, desde hace algunos años, en el teatro comercial de la calle Corrientes. ¿Siempre hiciste teatro?
Empecé a los 13 años en cursos de juegos teatrales; a los 15, me metí a estudiar con Manuel González Gil, que dirigía el grupo Catarsis. Ahí hice mi primer trabajo: una asistencia de dirección en la obra La lección, de Eugene Ionesco. A los 18 empecé mi formación más seria, con Laura Yusem y desde entonces nunca, pero nunca paré de trabajar; la vocación para mí no fue un problema. Yo iba al Nacional Buenos Aires en un momento complicado; ingresé en el 78, cuando terminé en el 84 ya actuaba en la primera versión de El loco de Asís, que la hicimos en cuanto colegio católico de la Argentina existiera y, paralelamente, entré a la UBA para estudiar Psicología.

Sentías atracción por “lo artístico”, ¿cómo fue que se impuso lo teatral?
Porque era lo más sencillo: una familia de clase media, no muy bien posicionada económicamente no podía tener un piano, que me hubiera encantado. El teatro me atraía, eso típico de que en la primaria me enganchaba a actuar en los actos escolares; además, mis viejos que me llevaban mucho al teatro. A los 11 años empecé a pedir ver obras distintas, de texto, para grandes, en el San Martín… Tengo recuerdos muy claros de la sala Martín Coronado desde entonces. Evidentemente, era algo que me fascinaba. Mis viejos me acompañaban, pero tampoco me estimulaban demasiado; no les gustaba tanto la idea de que me metiera en ese mundo, pero con el correr de los años y cuando empezaron a ver ciertos logros estuvieron muy contentos. Mi padre, que murió hace muchos años, me iba a ver siempre, a cada función que podía, y eso ayudó mucho para una relación que era distante.

Sin embargo, también cantás y en tus puestas hay una marca muy potente de la literatura, de Dostoievski y del argentino Carlos Gamerro, por caso.
En realidad, yo quería ser escritor. A los 15 años hacía taller literario con Isidoro Blaistein y después me metí en Psicología porque me habían dicho algo que nunca supe si era verdad o no: “Si querés ser escritor, no hagas la carrera de Letras, porque ahí te van a matar el escritor”. Me parecía que la Psicología podía ayudarme a entender a los personajes, un complemento para entender el teatro; nunca pensé que iba a ser más que eso, y cuando se empezó a cruzar con mi trabajo teatral, se terminó; dejé en cuarto año.

¿Es cierto que en Buenos Aires se hace el mejor teatro del mundo?
Yo no sería tan definitivo; acá se hace buen teatro y creo que tiene que ver con que es una de las pocas ciudades que tiene producción independiente. Porque si pensás en el teatro oficial, es infinitamente superior el alemán y si pensás en el comercial, es infinitamente superior el que se hace en Londres.

Volviendo a la dramaturgia entonces, hiciste la adaptación de Las islas, la novela de Carlos Gamerro sobre la guerra de Malvinas que llega hasta la debacle menemista.

Yo no creo en las adaptaciones, pero en un momento me di cuenta de que mi forma de leer era escribir teatro. El trabajo con Gamerro y el elenco de Las islas fue increíble, muy apasionado. Él iba a todos los ensayos y escribía todo el tiempo, nos hacía probar parlamentos enormes que me parecía que no iban a funcionar y funcionaban. Como te decía, no creo en las adaptaciones, uno tiene que apropiarse de un objeto, deglutirlo y hacer el propio… Si hay algo que me gustaría ser, es novelista; en algún momento me enfrentaré a esos seis o siete comienzos de novela que tengo escritos, pocas páginas cada uno… pero algún día me voy a convertir en novelista.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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