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TEMAS DE LA SEMANA

Alejandro Guyot: Tradición y rebeldías

El cantante de 34 Puñaladas presenta Música de patios, el disco que grabó junto al guitarrista Darío Barozzi.

Por Diego Manso
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guyot web

Una de las grandes re­velaciones de la esce­na del tango de la úl­tima década es, sin duda, 34 Puñaladas, una agrupa­ción que ya cuenta con seis dis­cos y que desde su salida al ruedo combina modernidad y tradición de una forma inédita. Su cantan­te, Alejandro Guyot, es un intér­prete sensibilísimo –muy lejos del estereotipo tanguero que prospe­ró luego de Julio Sosa–, poeta y además un estudioso aplicado a las derivas de un género que lo coptó por completo luego de tra­jinar la gloriosa escena under del rock de los años 90.

Acaba de editar Música de pa­tios, un disco bello, conceptual a su manera, junto al guitarrista Da­río Barozzi, donde transita un re­pertorio de clásicos pocos versio­nados como “Olvido” (Amadori y Rubinstein) y “Arrabal” (Manzi y Lipesker), hasta interpretaciones profundas de piezas más transita­das como “Naranjo en flor” (Her­manos Expósito) y “Bandoneón arrabalero” (Pascual Contursi y Deambroggio), que aquí suenan flamantes.

¿Por qué decidiste iniciar un proyecto solista?

En realidad es un proyecto com­partido entre dos solistas, aunque para Darío no es una novedad. Amí me pone en el lugar de solis­ta por primera vez. Música de pa­tios se trata de un repertorio que por el momento en el que estamos con 34 Puñaladas resulta imposi­ble de interpretar dentro del gru­po. Por la forma en que lo plantea­mos con Darío, el proyecto tiene algo de conversación entre amigos que se quedan mateando en el pa­tio mientras dejan que anochez­ca; después pasan al vino, nunca prenden la luz, y se quedan impro­visando a la luz de la luna. Nuestro encuentro tiene algo de eso: nos conoci­mos en una terraza, que es como un pa­tio de altura. Pega­mos mucha onda desde el princi­pio y nos empezamos a juntar: él sacaba la viola y yo cantaba las co­sas que iban saliendo. Un día di­jimos de hacer lo mismo, pero en un estudio, poner RECy que salga lo que salga.

¿El disco no está ensayado?

Ensayado, no. Hay una búsque­da estética, sí, pero son más bien hallazgos nuestros que surgen de conversaciones musicales. Por ejemplo, Darío toca una introduc­ción y abre un paisaje sonoro al que yo me sumo y aporto y refor­mulo. Era una manera de revisitar un repertorio tanguero que para mí es entrañable, el que habla de patios y parrales. Imágenes que para nuestra generación son de infancia. Como si los patios fue­ran reductos en contra de aque­llo en lo que se han convertido las ciuda­des en este siglo.

¿Son tangos que ya cantabas o que aprendiste para el disco?

Son tangos que canté de manera informal en algún asado o en mi época con la orquesta El Arran­que, como “Bandoneón arrabale­ro”. “Papel picado” (Cátulo Cas­tillo y José González Castillo), por ejemplo, es un tango que siem­pre me llamó la atención y nunca había grabado. O “Mi luna” (Ol­medo y Bayardo), del que me en­canta esa temática de “barrio del infierno”.

El repertorio es atípico para los estándares de los cantan­tes de hoy. ¿Por qué decidiste grabar “Naranjo en flor”, casi un lugar común del género?

Es que sigue siendo una canción perfecta que explica algo del es­píritu tanguero, que evoca un mo­mento idílico perdido o roto, atra­vesado por un presente dramático.

¿Es difícil aportar algo nuevo?

Este disco es consecuencia de mi ingreso como docente en la Es­cuela Popular de Música de Ave­llaneda, empecé a trabajar con ciertos tangos y uno era “Naran­jo en flor”, porque sabía que to­dos los alumnos sabían. Se trata de investigar por dónde le entrás, por dónde te vibra. Algo así como descubrir tu propia voz dentro de un género centenario. Todo can­tor se sigue maravillando y que­riendo reflejarse en Gardel, inven­tor de una matriz de canto, pero a la vez no se puede dejar morir la interpretación en una simple imitación. Yo no sé si se le pue­de aportar algo nuevo a “Naran­jo en flor”, pero sí seguir descu­briendo un montón de matices en ese material. Creo que los músi­cos y cantores de tango tenemos que conocer indefectiblemente la tradición. Asumir el gran peso de una herencia, pero también re­conocer que el artista debe te­ner algo de irreverente y rebelarse contra las reglas del género para ofrecer un producto genuino que tenga consecuencias en la metró­poli de hoy, que no es la misma de Gardel o de Piazzolla, ni siquiera la misma de Eladia Blázquez.

 

Foto: Rocío Sanjurjo Ábalos

 

DZ/nr

Fuente Redacción Z
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