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TEMAS DE LA SEMANA

Inmigrantes llegan a Buenos Aires en busca de una vida mejor

Latinoamericanos de países no limítrofes, senegaleses y nigerianos, indios y paquistaníes. Las nuevas migraciones cambian la fisonomía de los barrios del sur. Por qué la Ciudad?

 

 

Por Valentina Herraz Viglieca
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Muchachas fornidas que ofrecen sombreros en Once con un español cantarín. Para protegerse del sol, dicen, como si aún estuvieran en el Caribe. Senegaleses altos con cajas de relojes y pulseras que, cuando la tarde cae, visten túnicas de colores rumbo a su congregación. Una pareja de morenos que discute en un idioma incomprensible, ¿creole? Varios pibes con gorras de beisbolista. Una mujer de enormes ojos negros juega con sus hijos en la plaza: un pañuelo le cubre la cabeza y el cuello. Vino de la India y no tiene ganas de hablar. Pero extraña, sí.

El regreso de los morenos
La fisonomía porteña –sobre todo en los barrios del sur– sufrió un cambio radical en los últimos años por la llegada de miles de inmigrantes de toda Latinoamérica y de países remotos. No es la primera vez. Cuando Buenos Aires era apenas una pequeña-ciudad puerto recibió grandes barcos –los de las fotos en blanco y negro– cargados de campesinos y obreros europeos, que buscaban a veces un futuro mejor y veces sólo comer más seguido. A fines del siglo XIX los porteños eran tan pocos que cualquier oleada importante cambiaba el paisaje. En los patios de los conventillos se mezclaban gritos y canciones de cuna en muchas lenguas. Y las sociedades de socorros mutuos y los primeros sindicatos hacían el doble trabajo de mantener la cultura natal y enseñar la nueva.
Esas primeras migraciones convirtieron a la ciudad en “la Europa de Latinoamérica” con enormes edificios de arquitectura francesa o española, también en el rincón del fin del mundo que recibía desesperados en busca de horizontes más amables. Por más de setenta años, a partir de 1880, el 60% de la población de Buenos Aires –y casi el 30% en las provincias de Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe– fueron inmigrantes. Recién en el Censo de 1947 los extranjeros descendieron a 27,5 y la migración “interna” de las provincias representaba el 31,7 de los habitantes.
La Buenos Aires actual refleja esas primeras migraciones y se nutre de las nuevas. En los 90, después de la caída del Muro de Berlín, llegan familias rubias –rusas o ucranianas–. En general, tienen altos niveles de educación, pero la barrera del idioma y la dificultad para validar los títulos es cruel: terminan manejando autos o pintando uñas. “Aún hoy es muy complicado validar títulos del exterior”, aclara Julio Croci, director de Colectividades del gobierno porteño. Otra migración importante son los chinos y otras comunidades asiáticas, que trabajan en supermercados, lavanderías, fábricas de ropa y rotiserías.
También en los 90 comenzaron a llegar las mujeres dominicanas y afrodescendientes de distintos países de Latinoamérica. Es casi una reparación histórica: le devuelven a la Ciudad la presencia negra borrada con la Guerra de la Triple Alianza y la epidemia de fiebre amarilla. En el gobierno de Rosas, los morenos eran tres de cada diez habitantes. Hoy, afrolatinoamericanos se mezclan en los barrios del centro y sur, los mismos donde, en la colonia, vivieron sus abuelos. Finalmente, llegaron los senegaleses.
La ventaja para los hispanohablantes es obvia: que te entiendan y entender allana el camino. “Cuando vi Baires por primera vez me encantó, era como ir a Europa –que no conozco–, pero estaba acá”, dice Juan, sentado en una de las mesas del bar que atiende sobre la Avenida de Mayo. Juan, 30, es colombiano, rubio y de ojos color de mar. Llegó con la ayuda de un amigo y ya tiene un DNI provisorio. Mientras trabaja, estudia permacultura para mudarse al campo con su mujer.
El colombiano se reúne los fines de semana a practicar un deporte –Ultimate Frisbee– en Ciudad Universitaria: “Somos como 250, pero casi no hay argentinos”, se lamenta Juan. Él todavía no volvió a su patria. Extraña claro, pero apuesta a una vida en la Argentina.
Detrás de un puesto de ropa hindú hay una mujer alegre por donde se la mire. Está parada en mitad de la avenida Corrientes y, aunque el sol esa tarde no asomó, ella irradia calor venezolano. Invita a probarse unos vestidos, enseña a usarlos de distintas formas. “La comida de acá es rica y ya me acostumbré, porque me casé con un chaqueño. Pero tuve que reinventar la receta de las arepas para que no me falten”, dice Katy.
La comida es importante. Aunque en Buenos Aires se encuentra casi cualquier producto y hay restaurantes de todas las comunidades, los sabores y las texturas añoradas están presentes en cada testimonio. Katy vendió su casa en Isla Margarita y se compró una en Monserrat. Tiene “los papeles”, pero no consiguió trabajo formal y se dedica a vender, contenta y cantarina, con frío o calor. “Venezuela se puso muy difícil, eso nos trajo. Extraño mi mar y el calor, pero sé que ahora es mejor la Argentina”, dice Katy en el único momento en que la alegría se le escapa para otros rumbos.
En los últimos años aparecieron muchas peluquerías que ofrecen trenzas para mujeres o cortes masculinos con dibujos rapados a cero. Suelen tener un letrero: “Peluquería Dominicana”. En Entre Ríos e Independencia está la peluquería de Eduardo, 35, pintada de naranja por él mismo, con frases que aluden a Jesús en los espejos y atendida por cuatro dominicanos que poco a poco empiezan a contar cómo es mudarse a Buenos Aires.
Sentado en el sillón de su peluquería, levantada con esfuerzo y con amor, Eduardo explica: “Los dominicanos somos curiosos y viajamos a buscar algo mejor. Además: nadie es profeta en su tierra”.
En su relato todo es color de rosa, y Mariela y Lourdes, de tez mucho más oscura lo interrumpen: “Por ser dominicanas y negras siempre piensan que sos puta. Aunque esté embarazada, me tratan distinto, sé que es por mi color de piel”, dice Mariela que tiene una panza enorme. Cuando se publique esta nota, su hijo ya habrá nacido en un hospital público.
Eduardo es un agradecido a Cristo y le sorprende que, acá, mucha gente no crea. “En mi país la gente cree en Dios, de la manera que sea. Acá te dicen que no”, se sorprende. Eduardo y las peluqueras participan de una congregación evangelista y no tienen vergüenza para invitarte: saca un folleto, lo dobla y lo entrega sonriente.
En 2001 en la Ciudad vivían 196.676 latinoamericanos. Menos de 50 mil eran de países no limítrofes, como Venezuela, Colombia o República Dominicana. Diez años después, de los cien mil que llegaron, 40.000 eran no limítrofes. Según el director de Colectividades porteño, Julio Croci, “su presencia es más notoria porque retrocedieron otros flujos, como el de europeos o el de rusos y ucranianos de los años 90”.
De Dakar a Buenos Aires
-¿Derecho?
-Sí, derecho por Jujuy.
-¿De dónde sos?
-De Dakar, Senegal.
Alé Thiam maneja un taxi, vino al país por un amigo. Cuando su negocio –importación de autos usados desde Europa– cayó en desgracia, vendió lo que tenía y se subió a un avión con su pareja. Destino: Brasil. “La Argentina no tiene embajada en Senegal; por eso el camino de llegada es Brasil”, explica el taxista, que se promociona con una tarjeta con el logo del Rally Dakar.
Alé llegó en 2007 y aprendió el idioma en la calle. Consiguió el DNI cuando nació su primer hijo y tiene por punto de encuentro con su comunidad La Casa de África, una asociación civil al estilo de las mutuales de principios del siglo XX. “Nosotros comemos mucho arroz con pescado y acá el pescado rico no se consigue”, dice Thiam, que extraña los platos natales, pero celebra el asado. Sus hijos van a una escuela pública a tres cuadras de la casa, en Corrientes y Pueyrredón.
Para esa familia no es importante que los hijos retengan el idioma paterno, wolof, porque “ya son argentinos”, pero sí que respeten la religión. Los viernes van a una mezquita en Parque Patricios: “Queda cerca y muchos van desde Once”, dice Thiam. Antes trabajó vendiendo en la calle al igual que Tamsir, de 43 años, un senegalés que vende carteras de colores y es señalado por los otros puesteros como “quien sabe hablar castellano”.
Tamsir está almorzando carne y papas fritas, y comenta resignado: “El pescado nuestro es más carnoso, más rico”. Es de River y vive en un departamento con muchos amigos. A esa casa, y al país, llegó por su hermano, que ya se fue de la Argentina. ¿Qué te pidieron para alquilar? “Mi documento”, dice Tamsir. ¿Te retuvieron el documento? Tamsir no contesta y pierde la mirada en un castellano que todavía no aprendió.
Antes de llegar a Buenos Aires, Tamsir trabajó en España. Allá aprendió el castellano y hoy ayuda a los que recién llegan. “Nosotros no tomamos alcohol” afirma. Enroscadas en la mano, se ven las cuentas del Másbaha. Quizás el viernes Tamsir y Thiam se encuentren en la Mezquita.
Entre los Censos 2001 y 2010 los africanos en la Ciudad pasaron de 722 a 1176. Los países que más aportan son Senegal y Nigeria. Los números muestran que las mujeres se quedan en su tierra: los hombres pasaron de 423 a 822. A las 299 africanas sólo se agregaron 55. Los inmigrantes suelen volver cada 2 o 3 años a su patria, a visitar a las familias, que en general no viajaron ni van a viajar.
En un localcito se apilan mantas, túnicas, sahumerios. Una mujer cubierta por un pañuelo sonríe y ofrece con un gesto. Un hombre con fez observa. “Soy de Paquistan”, responde en un castellano dificultoso. Pero agrega “no, no” y se pierde entre las telas.
Los indios y los paquistaníes se distinguen por la tez aceitunada y el atuendo de las mujeres.
Mohd Khalid, 22, hace tres años que llegó; un amigo le dijo que era un buen lugar y vino sin ver ni una foto. Vive con dos paisanos en una pieza. No quiere volver, quiere casarse y formar una familia. Eligió la Argentina, porque “la gente es muy buena” y agrega: “Escucho Ricky Martin o la música de mi país, pero no miro la tele, porque no tengo tiempo”. Khalid se saca fotos entre la ropa y se despide, es hora de ir al segundo trabajo. Tiene tres.
Buenos Aires es la ciudad de las mil comidas, el cilantro, el plátano, la cebolla morada, el shawuarma, los currys, la rotisería china, las papas a la Huancaína,los mariscos españoles, las empanadas criollas.
Una ciudad con cientos de pequeñas iglesias evangélicas, inmensas iglesias católicas y unas pocas mezquitas cada vez más nutridas muta con cada nueva oleada de migrantes que eligen quedarse para intentar la felicidad.
Una ciudad que abraza y discrimina, pero poquito.
Una Buenos Aires multicultural que alguna vez mezcló criollos con gringos y que en pocos años promete tener niños negros de ojos claritos.
Hasta que nos sorprendan nuevos recién llegados, y todo vuelva a cambiar otra vez.

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