Tiempo en Capital Federal

24° Max 18° Min
Cubierto
Cubierto

Humedad: 64%
Viento: Sureste 27km/h
  • Sábado 4 de Diciembre
    Cubierto con lluvias19°   23°
  • Domingo 5 de Diciembre
    Parcialmente nuboso con lluvias19°   22°
  • Lunes 6 de Diciembre
    Nubes dispersas18°   24°
Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 07/12/2021 22:16:13
Tránsito
Trenes
Vuelos
Cargando ...

TEMAS DE LA SEMANA

Adrián Gorelik: ‘Estamos sentados arriba de un volcán’

En opinión del urbanista, lo que falta no es espacio sino disposición a recibir a pobres.

Por
Email This Page

Arquitecto, doctor en Historia, urbanista, Adrián Gorelik vive en un área de la Ciu­dad que él mismo define como el «epicentro del edificio tomado». En su departamento de comien­zos del siglo XX, situado en el co­razón de Balvanera, se impone como tema dominante la emer­gencia habitacional.

¿Cómo analiza las ocupacio­nes de predios?
Ante todo, abstraigámonos de la utilización política que este hecho pueda haber implicado: sería un grave error que esa utilización nos ocultara el conjunto de problemas de la sociedad urbana que las to­mas están evidenciando. Se trata de algo mucho más complejo que un conflicto habitacional. En pri­mer lugar, salta a la vista la histó­rica ausencia de coordinación de políticas en el área metropolitana porque, para este tipo de necesi­dades, los límites jurisdiccionales entre Capital y Gran Buenos Ai­res no tienen importancia: se tra­ta de problemas que afectan a la Ciudad, la provincia y la Nación. Si uno quita las pujas suicidas que hubo entre Nación y Ciudad -y la propia actitud de la provincia, que intentó pasar inadvertida como si no tuviera nada que ver-, se ve que debajo del 7% de crecimien­to anual del país y debajo de la autorrepresentación orgullosa de una Buenos Aires capital cultural del Cono Sur, hay una situación de emergencia en infraestructu­ra urbana (desde falta de cloacas y crisis ambiental hasta ausencia de vivienda digna) en la que está sumergido bastante más del 50% de la población metropolitana. En la ciudad capital se estima que el déficit habitacional abarca al 20% de la población. Esto muestra una de las facetas del fracaso de la autonomía, que si tenía que ser­vir para algo era para generar una nueva cultura política sobre los problemas urbanos del área me­tropolitana, cosa que no ha ocu­rrido: la Ciudad se ha encerrado sobre sí misma y parece creer que puede resolver sus miles de pro­blemas negando la dimensión re­gional de los mismos.

¿Por qué las tomas ocurren ahora?
En verdad, si se piensa en la canti­dad de problemas urbanos y terri­toriales de todo tipo que ya están instalados como congénitos (in­fraestructura, transporte, medio ambiente, vivienda), lo que llama la atención es que estas cosas no sucedan más seguido, porque ya llevamos décadas sin políticas sos­tenidas para la superación de esas condiciones. Sin que haga falta salir al Gran Buenos Aires, cual­quiera que conozca esa ciudad implosionada en que se ha con­vertido la zona sud-sudoeste de la Capital, sabe que estamos senta­dos arriba de un volcán.

Macri, entre otras cosas, habló de una inmigración descontro­lada.
sas primeras reacciones xenófobas y discrimina­torias son básicamente falsas: los expertos han mostrado que la migra­ción de países limítro­fes se mantiene estable desde fi­nes del siglo XIX, y es muy baja. Lo que sí debería señalarse -y vale tanto para los migrantes de paí­ses limítrofes como los de las pro­vincias más pobres- es la ausencia de políticas públicas nacionales que apoyen la radicación de po­blación y el fortalecimiento de las ciudades pequeñas y medianas. Por otro lado, hay que decir que la Capital Federal casi no modifica su población desde 1940 pero, en ese mismo lapso, multiplicó varias veces su planta habitacional (por la verticalización). Entonces, decir que no tiene capacidad para reci­bir más población es falso. Lo que no tiene es disposición para reci­bir a más pobres.

¿Existe un modo de resolver el problema?
Indudablemente, un aspecto del problema debe resolverse en las provincias, con políticas naciona­les y provinciales que incentiven la radicación creando fuentes de trabajo legítimas y condiciones de habitabilidad que no vuelvan casi obligatoria esta expulsión hacia las áreas metropolitanas. Si a me­diados del siglo XX había comen­zado un proceso de crecimiento y consolidación de las ciudades me­dianas, con decrecimiento relati­vo del área metropolitana, en las últimas décadas cabe reconocer una reconcentración en un área metropolitana ahora mayor, que está ligando todo el cordón litoral entre Buenos Aires y Rosario. No se avizoran políticas que busquen contrarrestarlo.

¿Y qué se hace con la migra­ción interna y de países limí­trofes que llega a la Capital?
n un muy buen artículo, Marce­lo Corti ha mostrado que el pro­blema principal -tanto para los migrantes como para los locales, tanto para los pobres como para las clases medias- es la falta de ac­ceso al suelo urbano. El problema habitacional propiamente dicho se ha resuelto históricamente a través de la autoconstrucción (con préstamos y financiación) pero su­ponía un mercado de tierras acce­sible. El gran cambio de las últi­mas décadas -desde la dictadura hasta ahora, cada vez peor- es la falta de tierras, que se «resuelve» a través de los asentamientos ile­gales en la provincia y del creci­miento explosivo de las villas en la Capital, las ocupaciones de inmuebles y los hote­les y pensiones. Esa es una cuestión elemental: disponibilidad de tierras con infraestructura pú­blica, básicamente lo mismo que perseguiría la urbanización de las villas. Pero esa política tiene que estar guiada por planes coordina­dos en toda el área metropolita­na, porque se trata de problemas que no se pueden aislar. Ése es el principal autoengaño en el que actualmente caen el Gobierno de la Ciudad y el de la provincia.

¿Una urbanización que respe­te la propia trama y la idiosin­crasia de las villas sería una solución?
Lo de la idiosincrasia de la trama villera es una mitología de largo arraigo populista. La sociedad argentina está muy urbanizada y los parámetros habitacionales no difieren tanto en las diferentes regiones. La mejor demostración es que los asentamientos ilegales en la provincia de Buenos Aires se hacen reproduciendo la trama tradicional de los barrios forma­les. ¿Cuál es la diferencia con las villas? ¿La idiosincrasia de los ha­bitantes? No: la mayor o menor disponibilidad de tierra. La idea romántica de que la villa ofrece un sistema urbano alternativo al de la ciudad burguesa es un mito inmovilista, que dificulta la discu­sión profunda sobre la necesaria integración que la urbanización debiera perseguir. En Buenos Ai­res todavía se está en condicio­nes de hacerlo. En otras ciuda­des latinoamericanas, donde el porcentaje de población margi­nada puede llegar al 60%, como en Lima, es mucho más compli­cado. Pero en Buenos Aires to­davía no pasamos del 20% de la ciudad, que es una cifra mucho más manejable aunque, al mis­mo tiempo, que es una cifra que debería ser intolerable en un país que crece sostenidamente al 7% anual.

¿Le parece que la zona sur tie­ne más espacios verdes que los que necesita?
Yo remitiría a un artículo recien­te de Pablo Pschepiurca, que muestra muy bien la historia de frustraciones del Parque In­doamericano y que rechaza que se pueda llamar «espacio verde» a un vacío despegado de toda idea de tejido urbano. El rol his­tórico de los parques en Bue­nos Aires fue cualificar un tejido ciudadano que suponía grandes apuestas públicas en infra­estructura. Especialmente en la zona sur, donde los parques cumplieron un papel esencial de compensación urbana. Duran­te toda la primera mitad del si­glo XX el poder público tomó la zona sur como un laborato­rio de experimentación en políti­cas habitacionales y en la cualifi­cación del espacio público. ¿Son «grandes» los parques Patricios o Chacabuco? Tienen el tamaño de las apuestas públicas que se hicieron en la formación del teji­do urbano que los rodea y les da sentido. Pero, ¿qué es el parque de Soldati? Visto desde el haci­namiento de la villa, puede pare­cer que sobra. Pero el problema es la villa, no el parque, que de­bería ser justamente un instru­mento dentro de una política de urbanización integral.

¿Cree que mejorar el tejido ur­bano es también mejorar la movilidad?
Absolutamente. Uno tiene que preguntarse cuáles fueron las po­líticas relacionadas con el trans­porte de los últimos treinta años, ¿hacer propaganda con la conti­nuación del subte? El gran pro­blema en las ciudades más com­plejas es la coordinación de los diferentes medios de transporte, su conversión en «sistema». Eso es justamente de lo que nosotros carecemos. Hay muchos ejem­plos: el Premetro, que es un gran medio de transporte, pero que por presiones de las líneas de co­lectivos nunca completó su traza­do original, que llegaba al Puente La Noria, donde iba a combinar con todas las líneas provinciales, y así se convirtió en una especie de transporte local para Luga­no. O la prolongación del subte A, que está extendiendo un tú­nel desde Primera Junta hasta Li­niers, a 100 metros de la línea de ferrocarril que también proyecta un túnel entre esos dos puntos, duplicando un gasto enorme. ¿Qué es lo que unifica los dos ejemplos? Que ambos hubieran requerido políticas coordinadas entre diferentes jurisdicciones, y eso es lo único que no se puede realizar en esta Ciudad. De esta manera es imposible disuadir a quienes pueden tener uno, dos o hasta tres automóviles, para que no los tengan o no los usen.

¿Los políticos deberían escu­char más a los urbanistas?
La falta absoluta de interlocu­ción entre técnica y política con­vierte el plan más realista en una especie de utopía idea­lista impracticable. En la lógica de la política ar­gentina, ningún político hace carrera proponien­do proyectos de media­no y largo plazo -y eso no sólo habla de los po­líticos, sino también de la sociedad a la que buscan cautivar-, pero la Ciudad necesita acciones concer­tadas y transformacio­nes estructurales de lar­go plazo.

¿Cómo ve a la Ciudad y su patrimonio, más allá de las tomas?
Es una ciudad sin proyec­tos ni plan, sin instancias de representación política de los temas urbanos. Es una ciudad que tiene un gran patrimonio y un gran capital urbano, pero lo va perdiendo por goteo des­de hace décadas. Tiene co­sas muy buenas, desde ya, como un espacio públi­co extendido que no se ve en otras ciudades, con res­tos todavía activos de ho­mogenización ciudadana, pero con zonas cada vez más amplias de fragmen­tación. Respecto del patri­monio, no hay una discu­sión pública que lo ponga en su verdadera dimen­sión; entre las tendencias a la museificación del «mar­keting urbano» y los aleatorios re­clamos de los vecinos, se carece de criterios consensuados sobre qué se debe preservar y cómo. El patrimonio no es un valor abs­tracto -menos que menos en una ciudad moderna como Buenos Ai­res-: es lo que la sociedad en cada momento señala como valioso de su pasado. Ese trabajo cultural es lo que falta entre nosotros.

DZ/km

Fuente Redacción Z
Email This Page
0 Comentarios
Sé el primero en dejar un comentario!

Deja tu comentario