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Estado del Tránsito y Transporte
Actualizado: 20/09/2016 09:27:39
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TEMAS DE LA SEMANA

Accidente ferroviario: los rieles de la pobreza y de la amargura

Cientos de heridos, decenas de muertos. El choque dejó un tendal de dolor.

Por Juan Carlos Antón
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«No quiero volver a viajar en tren nunca más en mi vida», dice angustiada Analía (36 años, empleada) quien junto a su madre Aurora iban en el segundo vagón de la formación del Sarmiento que descarriló ayer en la estación Once y provocó la mayor tragedia ferroviaria en la historia de la Capital Federal. Ambas mujeres son parte de la lista preliminar que el jefe del SAME, el médico Alberto Crescenti, dio a conocer, y que incluye a 49 muertos y más de 600 heridos. Crescenti reconoció que las víctimas fatales podrían superar ese número porque hay medio centenar de heridos en estado grave a desesperante.

Según el comunicado de la empresa TBA sobre el accidente, a las 8.32 una formación de la línea Sarmiento, «por motivos aún no establecidos, no logró detener su marcha y colisionó con los sistemas de paragolpes de contención de la estación».

Por su parte, el secretario de Transporte de la Nación, Juan Pablo Schiavi, informó que el tren ingresó a 26 kilómetros por hora a la terminal y que el joven conductor se había hecho cargo poco antes de la formación y estaba descansado. Supuso que el accidente podría haberse producido por un «desperfecto en los frenos». Según explicó el funcionario, el segundo vagón se incrustó unos seis metros dentro del primero, causando decenas de muertos y heridos porque era un día hábil y por la costumbre «tan argentina» de acercarse al primer vagón en el momento de llegar a destino.

DESASTRE

La avenida Pueyrredón desde Corrientes a Rivadavia parecía ayer al mediodía una zona de guerra: ambulancias, carros de bomberos y policía y el tránsito cortado. Dos helicópteros sobrevolaban el lugar y un tercero se encontraba a un costado de la Plaza Miserere para trasladar a los heridos. Sin embargo, y a pesar del enorme despliegue, la gente ya comenzaba a trasladarse con normalidad, incluso hacia las 12 el servicio de la Línea Sarmiento se estaba prestando en toda su extensión, entre las estaciones Once y Moreno.

Miembros del Ejército de Salvación se acercaban con cajas llenas de botellas de agua mineral para las víctimas. El público pugnaba por traspasar el perímetro policial y observar el tren más de cerca. Sin embargo, grandes paneles con el logo de la Policía Federal fueron colocados para impedir la visibilidad del rescate de los heridos y de los cadáveres.

La gente fue tomando conciencia de la magnitud del desastre. Muchos de los transeúntes se quedaban petrificados frente a las pantallas de TV instaladas en los bares para observar lo que había pasado. Durante horas, el SAME solo informó del número de heridos. Después, la cantidad de víctimas comenzó a subir. De los 5 del principio, enseguida se pasó a 19. Recién al mediodía, la Policía Federal reconoció que los muertos eran 49 personas.

Laura Herrero, una pasajera que iba en el tercer vagón, había tomado el tren en Haedo y estaba en el hall todavía conmocionada y con un fuerte dolor en el pecho. «Se salieron los asientos, toda la gente se desplomó y comenzó a correr. Siento que me salvé de milagro», dice, y vuelve a apretujar el bolso azul contra el pecho.

EN EL HALL

La mitad del enorme hall de la estación fue testigo de escenas dramáticas. El lugar estaba completamente cerrado al público, aunque muchos pugnaban por entrar y ver el tren descarrilado.
Por la mañana, en el hall se brindaron las primeras curaciones a los heridos. Gente golpeada, con fracturas expuestas algunos y muchos ensangrentados eran atendidos por el personal del SAME.

El momento de mayor tensión se vivió cuando un nene falleció en medio del hall. Mariana, una empleada que suele tomar el tren todos los días, relató: «Fue conmocionante, sobre todo porque se trataba de un chiquito. Lo sacaron en camilla desde el tren y en medio del hall falleció a pesar de los intentos desesperados de los médicos por reanimarlo. Es algo que no me lo olvido más, no me lo olvido más».

Alfredo, un pasajero de otra formación, fue uno de los primeros que espontáneamente se acercó a ayudar a las víctimas. «Yo ví que el tren no paraba y me asusté. Grité pero no se podía hacer nada. Apenas pude, corrí y traté de ayudar a la mayor cantidad de gente posible», señaló Alfredo, quien durante más de 4 horas participó del rescate de manera voluntaria.

Hacia el mediodía finalizó el operativo para sacar a los pasajeros vivos de los vagones. Los policías que custodiaban la zona afirmaban que los heridos eran inmediatamente trasladados a los hospitales pero que los muertos fueron dejados en un área especial de la estación para ser identificados y posteriormente trasladados a la morgue. Los familiares empezaban a agolparse y a reclamar una información que nadie sabía darles.

El Ramos Mejía es uno de los centros de salud adonde fueron enviados los heridos. Jorgelina y María Luján buscaban allí a una hermana. «Acá no saben nada. No sabemos si está consciente o si está muerta. Es desesperante y nadie nos dice nada, los listados son ridículos, hay muy pocos nombres», dijeron poco antes de seguir buscando en otro hospital.

En tanto, Aurora y Analía, madre e hija, ambas santafesinas, salían de la guardia donde habían recibido curaciones por leves heridas. Habían viajado a la Capital para tratarse en el hospital Santa Lucía pero por la tragedia no pudieron llegar. «La verdad es que nos atendieron muy rápido en la estación y acá en el Ramos Mejía», señala Aurora, agradecida.

La hija, en tanto, explicó que el shock fue tremendo: «El tren iba despacio como frenando pero de pronto sentimos un golpe muy fuerte y caímos al piso. La gente quería salir a toda costa, se agolpaban en ventanillas y puertas. Fue desesperante pero por suerte sólo me lastimé el brazo».

Aurora cuenta que enseguida que ocurrió el accidente las socorrieron, aunque pudieron salir por sus propios medios. «Lo que más me impactó -explicó- fue ver a dos chicos jóvenes que gritaban en el techo del tren. Sólo les vi la parte de arriba del cuerpo. Estaban sangrando mucho. Fue terrible y no sé si se habrán salvado. No me lo olvido más».

Las historias se cruzan, la gente se abraza, se consuela, se enoja, grita, llora. Hay decenas de madres buscando a sus hijos e hijas que salieron temprano y no les contestan el teléfono. Hay decenas de jóvenes buscando a su mamá o a su papá, a los hermanos. «Mi mamá tiene anteojos, no sé cómo iba vestida, ya no vivo con ella», dice un muchacho. «Mi mamá viaja todos los día y no llegó al trabajo», dice una chica y se le quiebra la voz.

En la estación Miserere hay policías, hay curiosos, hay desesperados, hay indignados. Un grupo no lo deja hablar a Rubén «el Pollo» Sobrero, histórico delegado del Sarmiento que apunta a la empresa: «Los ferroviarios avisamos que la desinversión iba a generar un Cromañón ferroviario», dice.
El clima se va caldeando. A medida que cae la tarde, el miedo crece y la esperanza se hace más flaquita.

DZ/km

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