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A nadie interesa preservar la farmacia fundada por el abuelo de Perón

Fue fundada a fines del siglo XIX por Tomás Perón.

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Detrás de los históricos mostradores Horacio Irigoyen, sobrino del dueño y encargado del desmantelamiento, atiende a las personas que entran al local de Moreno 2299, en el barrio porteño de Balvanera, a la pesca de tesoros como envases, jabones, perfumes y otras reliquias, de las que ayer casi nada quedaba.

Mario Schitter, un polaco que llegó al país en los años 30 y en 1954 compró el fondo de comercio (el local es alquilado), ronda los 90 «y no está en condiciones» de afrontar la situación, explicó Irigoyen a Télam y dijo que «nadie de la familia quiere seguir» con el negocio.

En 1986 el Museo de la Ciudad distinguió a Schitter por la preservación del mobiliario original, estilo art nouveau, que desde el piso al techo, en unos 40 metros lineales y tres de altura, exhibe aún todo el esplendor de antaño.

La carpintería es de roble y, como reza en la placa instalada en la puerta de entrada, fue realizada por C. Morán, que tenía su comercio en Rioja 575.

Hay vitrinas con cristales biselados, con decenas de puertas y cajoncitos que después de 100 años abren, cierran y se deslizan silenciosamente, broncería europea y, en los altos, vitreaux con amapolas que rodean otros con la Copa de Higia (símbolo ancestral de la actividad farmacéutica), flanqueada de laureles.

Irigoyen, licenciado en Educación y en Letras, ex rector de un colegio público del barrio de Belgrano y ahora jubilado, comenta que el mobiliario se venderá «todo junto» y que piden 35.000 dólares, aunque su ilusión es que no vaya a manos privadas sino que sea patrimonio público.

«Envié mails a los tres museos dedicados a Perón y a Eva, a las asociaciones de arquitectos y de decoradores, a autoridades nacionales, provinciales y porteñas, pero nadie estuvo interesado», lamentó.

La Asociación Basta de Demoler se ocupó del caso, alertada por un vecino preocupado por el desmantelamiento de la farmacia, que ya no tiene el nombre en la fachada mientras en las persianas, escritos a mano, unos carteles avisan que hay «feria americana, objetos y muebles antiguos» a la venta.

El titular, Santiago Pusso, y otros miembros de la entidad estuvieron con Irigoyen, quien enumeró las gestiones realizadas y dio cuenta de su nulo resultado, salvo por un dirigente político que respondió «como un señor», aunque desestimó la oferta.

Pusso habló de la falta de protección legal para evitar que demuelan o desmantelen sitios históricos como éste, dijo que habían enviado el caso al legislador Patricio Distéfano para que investigue y reiteró su pedido al gobierno porteño para que se realice una catalogación y relevamiento de lugares a preservar.

«Si existiera el relevamiento, alguna autoridad de la ciudad diría esto no se puede hacer, porque lo que hay acá sólo se ve en los museos», apuntó el presidente de Basta de Demoler.

Dentro del local hay estanterías desiertas. La arcada que daba paso al laboratorio, donde se almacenaban las sustancias para preparar las recetas magistrales, es una puerta a la nada y el reloj suizo, en su cumbre, marca el paso de las horas hacia el final de más de un siglo de historia.

Afuera, sentada en el umbral de lo que fue la farmacia Stella Maris, una mujer joven ofrece limones, ajos y condimentos a los ocasionales transeúntes; algunos reparan en los carteles y entran a curiosear. La mayoría sigue su camino, sin enterarse de lo que sucede a un paso.

 

Fuente Redacción Z
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