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Vivienda popular: De las casitas a las torres de hormigón

Las contruyó el Estado para las clases trabajadoras. Al principio fueron barrios de casas bajas con jardines arbolados. Después, gigantescas torres de hormigón, alejadas del centro urbano. 

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La problemática de la vivienda social en la Ciudad de Buenos Aires empezó hacia 1870, con la llegada masiva de trabajadores europeos que huían del hambre y el desempleo en el Viejo Mundo y buscaron refugio en el Río de la Plata. La mayoría eran campesinos, que creían que podrían dedicarse a las labores agrarias. Pero se vieron desilusionados: nadie les cedió un palmo de tierra. Así las cosas, se quedaron en Buenos Aires, Rosario, Córdoba y otras ciudades del Litoral. Entre 1869 y 1914 se duplicó la población porteña y muchos de los recién llegados terminaron hacinados en conventillos sin luz, ni agua corriente, ni baños. En general estaban en La Boca y San Telmo, y llegaron a albergar al 20 por ciento de la población.

Desde principios del siglo XX, el estado nacional y el municipal desarrollaron distintos planes de viviendas sociales. En líneas generales, se construyeron pequeños barrios de casas individuales, torres con áreas verdes, pabellones colectivos de pocos pisos y, finalmente, grandes complejos de monoblocks.

Jardines y casas bajas
La primera ley destinada a promover la vivienda social surgió en 1905. Conocida como Ley Irigoyen, fue el punto de partida para construir el primer barrio planificado para obreros, el Butteler, en Parque Chacabuco.
Entre las calles Zelarrayán, Senillosa, avenida La Plata y avenida Cobo, se hicieron 64 casas iguales, con dos ambientes y patio interno. El barrio está atravesado por dos diagonales que dividen la manzana en cuatro y se unen en la plaza central Enrique Santos Discépolo.

En 1915 se dictó la Ley 9.677, conocida como Ley Cafferata, mediante la cual con créditos del Banco Hipotecario se construyeron los barrios Cafferata (Parque Chacabuco), Alvear (Parque Avellaneda) y Rawson (Agronomía), entre otros. Estos barrios planificados estuvieron formados por conjuntos de casas bajas y viviendas de dos y tres plantas, y complejos colectivos de pocos pisos. Incluyeron plazas, escuelas y clubes. En total, se construyeron un millar de viviendas, que con el paso de las décadas fueron adquiriendo mayor valor.

Inaugurado en 1921, el barrio Cafferata es uno de los mejores ejemplos de esta etapa. Enmarcado por las calles Libertad, Igualdad y Fraternidad, está compuesto por 161 chalés estilo inglés de dos plantas y tres o cuatro ambientes, con un pequeño jardín al frente y fondo. Las viviendas están alineadas alrededor del edificio central de una escuela. El barrio, que inspiró al poeta Pascual Contursi para escribir el tango “Ventanita de arrabal”, conserva aún su espíritu bucólico.

Otro ejemplo de viviendas sociales es el tranquilo y arbolado barrio Rawson. Delimitado por la avenida San Martín y las calles Tinogasta y Zamudio, está compuesto por 104 casas estilo Tudor y nueve edificios de tres pisos que se levantan en un amplio parque dividido en manzanas. Lindero del club Comunicaciones y de la Facultad de Agronomía y Veterinaria, también se lo conoce como barrio Cortázar, ya que el escritor vivió allí. En el cuento “Ómnibus”, Cortázar alude así al barrio Rawson: “Por Tinogasta y Zamudio bajó Clara taconeando distintamente, saboreando un sol de noviembre roto por islas de sombras que le tiraban a su paso los árboles de Agronomía”.

“Los barrios de las primeras décadas del siglo XX tienen hoy una alta cotización y son lugares donde se vive muy bien. Desde el 30 en adelante, no se ha construido nada parecido en la Ciudad”, subraya Juan Molina y Vedia, profesor emérito de la Facultad de Arquitectura y autor de los libros Mi Buenos Aires herido y Paraísos, entre otros.

Molina y Vedia también destaca el Barrio Parque Los Andes, en Chacarita, construido en 1928 por el arquitecto socialista Fermín Bereterbide. Con aires europeos, detalles de categoría y un 70 por ciento de la manzana que ocupa destinada a áreas verdes, consta de 17 edificios de cuatro plantas alineados en torno a un parque central con calles internas, jardines y pérgolas. Son 157 departamentos que cuentan con escaleras de mármol, puertas de madera de roble, pisos de pinotea y baldosas importadas de Francia. Hace algunas décadas, el perímetro del barrio fue cerrado por los vecinos.

Los barrios de baja densidad funcionaron muy bien, pero no solucionaron la demanda habitacional. “No hay que olvidarse además de que cuando se construyeron eran zonas poco habitadas. Ya no se podría hacer algo semejante”, señala David Kullock, director de la maestría en Planificación Urbana y Regional de la Facultad de Arquitectura.

Primer plan quinquenal
Con el Primer Plan Quinquenal se construyeron nueve barrios de densidad poblacional media, con buen nivel de edificación y equipamiento, como el barrio Graffa (1950, en Villa Pueyrredón), el Bolívar (1953, en Parque Chacabuco) y Los Perales (1949, en Mataderos). Los barrios están conformados por pabellones colectivos de cuatro plantas con jardines de acceso, grandes zonas parquizadas y complejos con pocas torres de hasta diez pisos.

El barrio Grafa está pegado a la General Paz. Junto con Los Perales, es el otro gran barrio de monoblocks peronistas de la ciudad. Entre espacios muy arbolados que funcionan como calles divisorias, dispone de 34 pabellones de cuatro plantas con casi un millar de departamentos. Los edificios de Los Perales tienen una estructura de hormigón armado y los cerramientos de mampostería fueron pintados de blanco, al estilo racionalista. El barrio tiene cinco calles, algunas con nombres de flores locales como Yrupé o Amancay. Los 1068 departamentos de 2 y 3 dormitorios están distribuidos en 46 monoblocks de planta baja y dos pisos comunicados por escalera, que ocupan una gran zona parquizada y con densa arboleda, a los cuales sólo se puede acceder a pie.

Kullock destaca otra urbanización similar, el barrio Bolívar. En avenida Eva Perón y Curapaligüe, próximo a la Autopista 25 de Mayo, son media docena de edificios de 10 y 12 pisos con 670 departamentos. “Tiene una altura mediana, con buenos niveles de diseño y construcción, forestado y con una densidad de población interesante”, apunta. Y agrega: “En ese período, además de ponerse en marcha una amplia acción estatal con respecto a la vivienda social, la misma tuvo un alto grado de eficacia”.

Ciudades en miniatura
En la década del 70 se levantaron en la zona sudoeste de la Ciudad los complejos de monoblocks más grandes.
En 1978 se inauguró el barrio Soldati, un imponente entramado de tiras de 3 y 4 plantas y torres de hasta 16 pisos con capacidad para que vivan unas 18 mil personas. Está emplazado en un predio de 19 hectáreas y son 3.200 viviendas de dos a cinco ambientes. Tienen estacionamientos, centros sociales, dos grandes complejos comerciales y una escuela.

En Villa Lugano se encuentra otro de los mayores complejos habitacionales: el barrio Comandante Luis Piedrabuena. El barrio es un verdadero laberinto de cemento. En sus distintas etapas se construyeron 300 viviendas bajas, 12 monoblocks de 3 plantas, 3 tiras de edificios de 12 pisos con puentes peatonales y 7 conjuntos de edificios de 2 y 3 pisos. En el complejo, que tiene un total de 2.100 unidades, viven por lo menos unas 20 mil personas.

Sin embargo, cualquier monoblock parece chico si se lo compara con los enormes edificios de Lugano I, II y III. Un dato: está habitado por más de 50 mil personas. En 1970 se inauguraron mil viviendas. En 1973 se inició la construcción de 118 edificios en tira de 14 pisos cada uno, con cuatro departamentos por planta. A fines de los 70 se proyectaron otras 11 torres de 22 pisos, conformadas por 136 departamentos cada una.
Los monoblocks de Lugano pueden considerarse una ciudad en miniatura, con escuelas, puentes para conectar edificios, jardines de infantes, comercios, centros asistenciales, clubes, plazas y comisaría. Estos grandes complejos fueron los que registraron mayores problemas constructivos.
Molina y Vedia opina que estos monoblocks marcaron la peor época de la vivienda social en la ciudad. “Son una moda de los años 60 de la arquitectura fantástica de Europa, como el Gran Ensamble de París, que resultó un fracaso y terminaron demoliéndolo”.

Por su parte, Kullock señala que “al ser construidos en zonas deshabitadas, no tienen otro destino que terminar siendo un islote separado del resto de la ciudad. Los barrios con densidades altas de población deben estar integrados al tejido urbano, tanto en lo espacial como en lo social. De lo contrario, al estar destinados a gente de bajos recursos, quedan aún más segregados. Y se establece otra frontera y otro espacio de rivalidad”.

En este tipo de barrios planificados, agrega Kullock, no se tuvo en cuenta la convivencia social sino construir muchas unidades. “¿Dónde se charla con el vecino en estos lugares? ¿En el ascensor?”, ironiza Molina y Vedia. Ambos coinciden en que estuvieron condicionados por los intereses de las grandes empresas constructoras.

Ya se trate de conjuntos de casas individuales o de gigantescos monoblocks, las distintas tipologías de los barrios planificados no garantizan por sí mismas el éxito o el fracaso del proyecto. Según Kullock, el modelo adecuado es el que mejor resuelve una serie de variables. Entre ellas, el costo por unidad; la sociabilidad; la demanda de viviendas que satisface y cómo se integra al entorno. “No hay que tener prejuicios contra las altas o bajas densidades de habitantes. La clave es cómo articular distintos aspectos del proyecto”, señala.

En la misma línea, Molina y Vedia indica que “el problema no es la torre en sí. El problema es cuando hay una torre al lado de la otra sin espacios públicos, como un sistema de ocupación salvaje del terreno y de estricto cálculo económico”.

DZ/rg

Fuente Redacción Z
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