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TEMAS DE LA SEMANA

20N: un paro más que curioso

Análisis político por Eduardo Blaustein.

Por Eduardo Blaustein
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El 8N pasó sin demasiadas nove­dades, excepto el dato harto co­nocido de sectores urbanos que siempre mantuvieron una rela­ción irritada con el ciclo kirchnerista, más otros sectores de clases medias con los que el Gobierno deberá vincularse mejor si no quiere ganarse nuevos dolores de cabeza. El paro del 20N -pomposamente llamado «huelga general» en algún noticiero- fue de lo más extraño que se haya registrado en el país en los últimos tiempos. Aun sien­do un nuevo llamado de atención relacio­nado con un malestar social y con deman­das (impuesto a las ganancias, entre otras) que el Gobierno no parece estar en condi­ciones de responder, fue mucho más una sumatoria de piquetes que un paro clásico. Fue muy distinto, por ejemplo, a los paros convocados en los 80 por Saúl Ubaldini, en los que se movilizaban columnas nutridísi­mas de distintos sindicatos. Lejano también de los paros contra Carlos Menem que so­lían convocar el MTAo la CTA.

Fue algo así un paro contradictorio (has­ta último momento se amenazó con mar­chas que nunca se hicieron), forzado por piquetes y cortes (una cosa eran los clásicos piquetes frente a las fábricas, otra la inte­rrupción de accesos vitales), una modalidad de protesta instalada desde la segunda mi­tad de los 90 y multiplicada cuando la Ar­gentina volaba por los aires.

El oficialismo opuso un discurso previ­sible, con algunas razones de las buenas y otras de las oportunistas. Hablar de que un paro es «político» es una obviedad antiquí­sima que pertenece más bien al discurso de las derechas. En cuanto a la impugnación de los cortes y piquetes es relativamente contradictoria con la legitimación que el kirchnerismo hizo de ese modo de acción directa y de toda protesta social. Lo positivo es que el oficialismo no se deja tentar por reprimir las protestas, algo que apenas asumió Néstor Kirchner fue motivo de con­tinuos e indignados reclamos de parte del mismo establishment que hoy aplaude en­tre otros al ex representante de la Suma de Todos los Miedos, Hugo Moyano, o al mis­mísimo Luis Barrionuevo.

Una segunda impugnación kirchnerista contra la jornada del martes es la idea de la «ensalada ideológica» de quienes organiza­ron el paro. De nuevo: la crítica tiene parte de cierta pero tiende a olvidar que alguna suculenta lechuga y un par de tomates de esa ensalada formaba parte vital del kirch­nerismo hasta hace poco tiempo.

Aquí hay dos problemas: uno es la pér­dida de apoyos del kirchnerismo. El otro hace a la política y a la condición humana y de las sociedades: según las convenien­cias de cada momento, actores que antes, si eran kirchneristas, eran Belcebú, aho­ra quedaron incorporados al paraíso de los virtuosos, mientras los voceros del recontra conservadurismo de pronto se hacen obre­ristas. Eso sí, en los discursos, particular­mente en los periodísticos, todos declaman y reclaman pureza absoluta.

La patronal y los gremios

Si la presencia convocante de Luis Ba­rrionuevo hace a su esencia de francotira­dor, el papel de Eduardo Buzzi, de Federación Agraria, merece un párrafo aparte. Sea por su necesidad de disputar la he­gemonía interna en una de las patrona­les agrarias o por afán de figuración, Buzzi en tiempo récord ha sido capaz de anun­ciar solemnes alianzas con Eduardo Duhal­de, con Pino Solanas, con la Sociedad Ru­ral, ahora con Moyano, Pablo Micheli y la izquierda. Y aunque el campo argentino haya pasado por años de inmensa prosperidad, él siempre dirá «estamos mal y va­mos peor» y confundirá en un mismo dis­curso realidades complejas: los tamberos chicos con los pools de siembra; los míti­cos pequeños productores que dice repre­sentar y las retenciones.

Otra expresión reiterada desde el ofi­cialismo es que una cosa eran los paros o piquetes en pleno neoliberalismo o en los años de 50 por ciento de pobreza, y otra es protestar ahora, con un cuadro social dis­tinto y en un escenario de políticas distin­tas. De nuevo: es cierto que hubo una me­jora sustancial en términos de baja de la pobreza o generación de empleo; es cierto que la dirección del Gobier­no no es la de los 90. Es cier­to también que los recortes por el impuesto a las ganan­cias y las asignaciones afec­tan (en buena medida injus­tamente) sólo a una parte de los trabajadores. Pero el ofi­cialismo también sabe que las reivindicaciones juegan en escalada. Apartir de un piso de beneficios acumula­dos, se pide conservarlos e ir por más.

Al que escribe, lo viene diciendo en esta columna, le gusta centrarse más en los procesos que en las fotogra­fías. La fotografía que suma 8N y 20N obviamente refleja un momento complejo para el Gobierno. Es posible inter­pretar que si el oficialismo no responde mejor a demandas como las del piso al impues­to a las ganancias o la suba de las asigna­ciones familiares es porque no le están dan­do los números fiscales. El problema es que si es así el Gobierno lo dice entre dientes y no de manera frontal. En cuanto a la «suma de malestares», estamos remotamente le­jos de que esos malestares confluyan en un proyecto político mínimamente unificado. El paro reflejó nuevamente niveles de frag­mentación asombrosos: una línea de subtes parando y cinco no; al revés con las líneas ferroviarias; los colectivos funcionando casi normalmente. Es un caso elocuente de la diversidad de posturas entre los trabajado­res y sus representantes. Hay más: nunca los delegados de Kraft que cortaron la Pa­namericana ni el POformarían parte de una estrategia política con Moyano o el peronis­mo disidente. Ni la CTAopositora se juntará jamás con el macrismo.

En términos generales 8N y 20N son también cosas distintas, casi opuestas. Excepto por el lugar que hoy con más dificultades sigue ocupando el kirchnerismo, el viejo estallido de las representaciones que se inició no en 2001 sino bastante tiempo atrás, goza de una extraordinaria mala salud. Sean las sindicales, sean las partidarias.

DZ/km

Fuente Especial para Diario Z
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